Martes, 21 de Febrero de 2012 08:12
Escrito por Lucas Garve

Mantilla, La Habana (PD) Compartía el viaje en taxi colectivo con otras cinco personas, un espacio cerrado pero sin límites para intercambiar criterios e ideas. Dos de ellas, el conductor y un pasajero conversaban acerca de los cambios tecnológicos de los automóviles. Yo escuchaba.
El pasajero dijo que era informático; el chofer, un hombre con una cincuentena indefinible, explicó que ahora era taxista pero antes fue ingeniero. Cuando el chofer expuso su experiencia de viaje a España, el informático reconoció en tono menor que nunca había viajado al extranjero.
Entonces, gracias a esas asociaciones que sólo permiten las interconexiones de las neuronas del cerebro humano, recité para mis adentros el verso inicial del largo poema de Virgilio Piñera La Isla en peso: "La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café".
Días después cuando escuché por cortesía el balance de los sufrimientos conyugales ocasionados por el marido abusador y borracho de la hermana de una vecina, asocié de inmediato otra obra de Piñera: el poema Solicitud de Canonización de Rosa Cagí.
Del primero de los poemas mencionados, dicen los críticos literarios y otros estudiosos que es una visión poética de la historia de nuestra insularidad, y del segundo, valoran la desafortunada perspectiva amorosa femenina en el marco de una sociedad tradicionalmente machista.
Pero para mí, la obra de Virgilio Piñera vale más por lo que dice y por el carácter de real vanguardia de su obra. Porque mientras otros reconocidos escritores buscaban, creaban y discurseaban teorías de aprehensión de la realidad cubana; mientras abordaban la realidad cubana con una mirada modificada con lentes – prestados o no –, por corrientes y discursos literarios ajenos a "esa maldita circunstancia", en Piñera hallamos la visión de la realidad tal cual, sin mimetismos, ni búsquedas de procedimientos de camuflaje que la travistan.
En Piñera está la ciudad y el bullicio, la marginalidad y el descaro, la razón de la sinrazón y el azar manipulador de las oportunidades, pero en el centro de todo este torbellino reina el ser humano, desgajado, desvestido y examinado con la cáustica mirada del perdedor.
Sea por eso quizás que el lenguaje de los poemas de Virgilio Piñera suene tan actual. Lenguaje descarnado, lleno de alusiones sexuales, directo al describir la realidad, dramático y patético hasta el absurdo y sin embargo tan comprensible en su conjunto, en la totalidad de sus imágenes, en la urgencia de su expresión.
Viene a mi mente un fragmento del cuento La Carne (1944) por el tema y la actualidad de esta pregunta que aparece en el texto: "¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia?"
Revivir a Piñera queda entonces ¿como un acto transgresor? Me parece que sí, porque Virgilio Piñera fue como él mismo se reconoce sin el menor recato en un párrafo de su autobiografía "Vida tal cual": "(...). No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el arte."
Un perdedor, un transgresor total a los ojos de un gobierno que en los años más prolíficos del escritor se trazara la pauta de "construir el Hombre Nuevo".
Aunque las autoridades culturales oficiales se empeñen, al cabo de treinta y tres años de su muerte, en reivindicar la figura de Piñera y colocarlo en el "Museo de los Recuerdos Ilustres" – para decirlo como el propio Piñera dice en el cuento La Carne – nunca tendrá espacio suficiente cualquier sepulcro oficial para encerrar tales restos.
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