Frank Correa
Le decían Rascacio y la insolvencia era su talón de Aquiles.
Vivía en una casucha a la orilla del mar, cerca de la desembocadura del río, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro. Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, en busca de las prendas que por descuido pierden los bañistas.

En medio de la dura crisis que azotaba a Cuba, muchos jaimanitenses como él sobrevivían buscando en la arena del fondo prendas de oro y plata, y dinero perdido.
Era un trabajo sumamente duro. Con careta y snorkel bajar y subir durante horas y abanicar el fondo con un guante de madera en forma de pala, para obligar a subir lo sólido con la revoltura.

A veces se iba con el grupo de buzos a Bacuranao, Jibacoa, Boca ciega, Guanabo y Santa María, balnearios muy concurridos donde podía encontrarse más, pero él prefería quedarse buceando en La conchita, la playa de Jaimanitas.

Rascacio tenía un sueño recurrente de niño: buceando encontraba un cofre con oro y se volvía de pronto inmensamente rico. Para salvarlo tenía que matar vampiros con balas de plata y fulminar fantasmas con exorcismos. Por último y la peor parte, enfrentarse al pueblo que se moría de envidia.

Con el tiempo el sueño se fue convirtiendo en pesadilla. La cantidad de información que contra el buzo comenzó a fluir a los Centros de Inteligencia, obligó a la Seguridad del Estado a montarle un chequeo y organizar una pesquisa. Entonces tuvo que gastar mucho dinero para maniobrar y salvarse. El sueño entonces se volvía tribulación y despertaba gritando en medio de la noche.

Lo que más le angustiaba del sueño era, que sus amigos: Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui y Joaquinito, fueron enviados a su casa para arrancarle el secreto utilizando la amistad de ardid.

Sin embargo en la vida real Rascacio jamás se encontró una cadena, ni una medalla, ni siquiera una manilla. Acertaba monedas de un peso, veinticinco centavos cuc, y prendas sencillas que no valían mucho.

Una vez encontró una argolla de tres gramos de oro 14 y en otra oportunidad una alianza de oro 10 que marcó seis gramos en la pesa de Chiqui, pero la mayoría de las veces eran piezas de oro golfi, que vendía como oro 16 después de limpiarlas y pulirlas en la piedra de mota verde de Joaquinito. Entonces corría a comprar carne de puerco para darles descanso al pescado y al pulpo.

La mayoría de las veces los días de buceo eran días perdidos, regresaba a su casa cabizbaja, flagelados los huesos por la frialdad del agua y la piel arrugada por la sal. Con el saco vacío.

Lo salvaba el cargar siempre un carrete de pescar y cuando renunciaba a seguir abanicando el fondo inútilmente con el guante de madera, arrancaba de entre las rocas un tubo de calandraca, lo aplastaba de atrás hacia alante entre el índice y el pulgar obligando a la jugosa lombriz salir y tragarse el anzuelo, enmascarándolo con su largo cuerpo anillado, de color marrón fosforescente, carnada apetitosa y segura para mojarras, cuberetas, roncos y rabirrubias.

Cien días llevaba Rascacio sin encontrar nada en el fondo y se vio forzado a desempeñar oficios furtivos para llevar comida a su familia.

Se metió en el agua hiciera o no buen tiempo, azuzado por el hambre familiar y la vieja premonición de encontrar algo que cambiara su destino. Pero después de abanicar el fondo durante todo el día en vano y desfallecer, pescaba un par de mojarras o una rabirrubia y se las daba a su mujer para la comida. Entonces se iba con su carricoche y el azadón a ver que aparecía por ahí, a limpiar un patio, o a botar basura, y buscar el dinero para acompañar al pescado.

También fue durante un tiempo ayudante de Cachimba el soldador, que lo explotaba. Por veinte pesos al día, menos de un dólar, tenía que cargar la planta y subirla al riquimbili, cargar los materiales, lijar, soldar y pintar las rejas durante ochos horas, como si trabajara para el estado.

Renunció a Cachimba el soldador y se fue de ayudante con Pedro el albañil, que lo explotó aún más. También por veinte pesos tenía que cargar bloques, arena, piedra, batir la mezcla, servir los cubos, además dar pico y pala en una fosa que no tenía fin.

Se disgustó con Pedro y se puso a vender confituras por las calles con Miguelito melón. Iban de madrugada a comprar la confitura por detrás del telón a los trabajadores de la fábrica La estrella, en el Cerro, para luego revenderla a domicilio.
Rascacio vendía en Santa Fe y Miguelito melón en Jaimanitas. Todo iba viento en popa hasta que la policía los detuvo en la calle por venta ilícita y fueron a parar a la estación de policía. Les decomisaron las mochilas, la mercancía, le quitaron el dinero y además les impusieron multas.

Continuó buceando por la mañana y trabajando en lo que cayera por la tarde. Su esposa y la niña lo esperaban en casa con la misma alegría, llegara con las manos llenas o vacías. El buzo andaba por Jaimanitas en short, descalzo, sin camisa, en una vieja bicicleta china que casi siempre se ponchaba, en una carrera interminable de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas.

Su casa era lo más parecido a un bajareque que se pudiera encontrar en aquel pueblo de pescadores del noroeste de La Habana. Estaba enclavada en la orilla izquierda de la ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río, frente al hotel El viejo y el mar de la marina Hemingway, enclavado en la otra orilla.

Era de madera y techo de zinc, con una sola habitación que a la vez era la sala y la cocina. En un rincón había una mesa y dos sillas. El baño era una taza empotrada sobre un montículo protegida por una cortina.

La casa estaba circundada por un terreno yermo que aparecía contemplado en su escritura de propiedad. Iba desde la cerca de Margot la espiritista por la izquierda hasta la casa de Chiquitico por la derecha. Junto a la puerta sobrevivía un viejo césped, donde descansaba el carricoche con el bote de corcho encima.

Al terreno yermo Rascacio le sacó dinero una vez rentándolo para peleas de perros, pero la policía terminó llevándose presos a los dueños de los perros, a los perros y a los apostadores.

También lo alquiló a veces para que descargaran camiones de arena y piedra para construcciones de las casas vecinas, pero hacía rato que nadie construía por allí, y aquellos cien metros cuadrados de tierra baldía se había llenado de romerillo, hierba bruja, verdolaga y tilo, solo quedaba el tramo de césped en la puerta, donde descansaba el carricoche con el bote de corcho construido por él mismo.

Se sentaba todas las mañanas en la popa del bote, a observar el mar con tal intensidad que sumergía la mirada al fondo y lo abanicaba imaginariamente, para buscar entre la arena de la revoltura el preciado destello amarillo.

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Yudania Monés Correctora. Licenciada en lengua alemana, reside en Lawton forrodecatre.@gmail.com Ver detalles