
Existe una mala palabra que pesa como una losa sobre la vida espiritual y material de la nación cubana. Por esa palabra y su significado, los cubanos se mataron y escarnecieron entre sí. Algunos aún lo hacen. La palabra ha costado miles de vidas tragadas por el Estrecho de La Florida. Es la que nos separa entre los que son y los que no. La que determina los linajes del tener y no tener en Cuba.
La mala palabra dividió a la familia cubana, creó zonas congeladas y consagró parcelas de privilegio. Además de esto, destruyó valores, desmoralizó, prostituyó y corrompió. La mala palabra nos mantiene privados de derechos ciudadanos y nos obliga a pedir humillantes permisos para entrar y salir del país supuestamente de todos los cubanos.
La mala palabra produjo y mantiene vigente el daño antropológico de mayor significado en la historia nacional cubana. Como la epidemia de la peste medieval, la mala palabra arrasó y depauperó todas las potencialidades de Cuba. Convirtió el país en mendigo internacional y a los cubanos en desmoralizados ladrones.
La mala palabra encubrió y promovió expediciones guerreras al África, que poco o nada aportaron al crecimiento y la grandeza del país. Ha dejado un balance terrible de viudas, huérfanos y desolaciones espirituales de todo tipo. En su nombre, más de una generación de cubanos fue privado de la plenitud de la vida. Otro tanto permanece en la miseria extrema y todos somos testigos de cómo se parcela esa parte de Cuba que aún no ha sido destruida, para convertirse en renta para la élite parásita.
La mala palabra, la única impronunciable, es revolución, con semántica castrista y acento de Birán.
PD
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