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Rogelio Fabio Hurtado
Miami, (PD) Influido por los agoreros nuestros de cada tarde, temí encontrarme con unos Estados Unidos diferentes. Los controles del Aeropuerto Internacional de Miami son ahora más sencillos. A los viajeros procedentes de Cuba ya no se nos propina un tratamiento especial. autopista

No demoré más de una media hora en salir al Salón donde los familiares lo reciben a uno. Para sorpresa, esta vez nadie me esperaba. No es poco desamparo arribar sin un centavo en el bolsillo y verse solo. Encontré alivio a mi desamparo.

Me dirigí a una empleada, quien accedió amablemente a llamar por su celular a mi hijo, cuyo número había traído afortunadamente conmigo. A esta hora el tráfico aquí es muy pesado; intentó consolarme la señora cuando su llamada fue respondida por el contestador. Ella le dejó el mensaje y busqué acomodo en una butaca del salón, con mi abrigo y mi ligero equipaje.

No tardó mi hijo Fabio en aparecer. Tras el abrazo y los besos, nos tomamos una colada del buen café del mini servicio del Restaurante La Carreta instalado allí y partimos en su wagon Chevy por las autopistas no tan repletas hacia el entrañable Hialeah. El desencuentro había sido consecuencia de un equívoco en los email donde daba noticia de mi llegada. Así, el recibimiento fue en la casa de los suegros de mi hijo, la querida familia cubana de siempre. Nada que ver con las furiosas tonterías que publica semanalmente el Diario Juventud Rebelde.

Mis nietas, Rebecca Anna, de 8; Grace Mary, de 6 y el varón, Joseph Albert, de 10, robustos y saludables, da gusto verlos. José Alberto estudia guitarra y juega pelota, futbol americano, baloncesto y ajedrez. Con igual intensidad. Todos por supuesto manipulan el Ipod con destreza. La verdad es que actualmente somos los abuelos quienes debemos aprender de los nietos.

A la mañana siguiente salimos en el wagon Chevy a entregar algunas cartas y a hacer las compras de emergencia: un par de zapatos, pues los que traía puestos exigían a gritos irse a la basura. El precio del calzado ha subido visiblemente. Compramos un par de Reebok por alrededor de 75 dólares. Durante el recorrido, reconocí a un Hialeah algo más refinado, menos cubanazo, que aunque barato sigue tentándonos en Okechoobe Road y la 12 del West de Hialeah.

Pude saludar a lo lejos a mi conocido Metro Rail de otras visitas, que se desplazaba acerado y airoso por su elevado. No será el tren bala de Tokyo, pero es nuestro tren.

Ya en la noche fuimos al encuentro del pintor y escritor Alejandro Lorenzo, en el Centro cultural Cuba 8, frente por frente al cine Tower y al restaurante El Exquisito, sitios ambos de entrañable querencia. Por cierto, están intactos, en todo caso, más bonitos.
Culminamos esta primera noche en el emblemático Versailles, donde nos esperaba el querido pariente Jorge Posada Galigarcía, en cuya casa de Coral Gables me ofrecerían la noche siguiente una bienvenida, que sería a la vez fiesta de cumpleaños para nuestro hijo Fabio. Seguiremos informando.
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Foto: Rogelio Fabio Hurtado
Autopista


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