Lucas Garve

Cuba actualidad, Mantilla, La Habana, (PD) Mis contactos con Antonio Conte comenzaron desde que inició su trabajo como editor en CUBANET en el año 2000, así que puedo afirmar que fue una amistad del siglo XXI. Pero la cercanía esa que identifica más a las personas y crea una red de mutua confianza la solidificó su amistad entrañable y larga con dos personas que relacionadas conmigo, me hablaron de él, de su vida profesional, de su calidad como escritor y poeta además. Las inolvidables Rosa Berre y Fara Armenteros lo tenían entre uno de sus amigos más cercanos.

Cuando escribí un artículo sobre las antiguas librerías de la calle Obispo y lo envié a la redacción de CUBANET, el editor Antonio Conte me escribió a vuelta de correo cuánto le había recordado aquellos días cuando su padre lo llevaba de recorrido por esa calle y de sus visitas a esas librerías.

En otra ocasión, Conte se interesó mucho sobre un nuevo artículo mío que publicó en la misma página porque trataba de la influencia francesa en el léxico de la novela Paradiso de Lezama Lima. Algún tiempo después, elogió un texto mío sobre la edición de las Sucesivas o Coordenadas Habaneras de Lezama Lima, recogidas en un libro por el centenario de este autor cubano.

Evidentemente, era un gran lector, de cultura extensa y realmente cosmopolita aunque despojado de snobismo. Conversador jacarandoso y sagaz, más sobre todo, un hombre que transmitía ese savoir-faire del que solamente hacen gala los realmente inteligentes.

Antonio Conte, un “mulatón aristocrático”, como lo llamó Lezama Lima, según el propio Conte narra en un texto que me envió titulado Aquella tarde con Lezama, supo llenar el vacío de la distancia con sus jocosidades, sus recuerdos y su atención por los artículos, crónicas, reseñas, noticias, que le enviábamos a su redacción de CUBANET.

En el referido texto, Conte relataba su encuentro con Lezama Lima. Lo calificaba de “conversador de horca y rumores” y de “jodedor cubano” que le gustaba rodearse de amigos.

Tal parece al releerlo que oigo la voz de Conte y visiono la corpulenta figura de Lezama en la sala de la calle Trocadero. Así de efectiva es la calidad de Antonio Conte como narrador.

Pero la “joyita” del texto es la anécdota que Conte intercala. Lezama le mostró varios libros. Reales tesoros bibliográficos, un volumen de primera edición de la poesía de Francisco de Quevedo de 1670 y luego le mostró “un volumen encuadernado en piel, en octavo menor, con las letras doradas: Episodios de la revolución cubana, de Manuel de la Cruz”. Lo notable, relataba Conte admirado como apasionado amante de los libros y la literatura al fin, eran las notas escritas a pie de página con lápiz y letra muy tenue en el libro y una de ellas que le llamó la atención rezaba así: “Tengo sueño, voy a dormir”. Eran notas escritas por José Martí.

Después de la triste noticia del lunes 30 de julio, ahora sabiendo que no recibiría más correos del Niño Conte, porque no estará más en esa cercana lejanía desde donde me elogiaba a veces y en otras me tiraba de las orejas por descuidos en los textos que yo enviaba, busqué los impresos que de él guardo y al reencontrar su texto sobre su visita a Lezama Lima, me parece que se despide de mí entonces con las mismas palabras del Apóstol: “Tengo sueño, voy a dormir”.
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