Naufragio del igualitarismo paternalista

Osmar Laffita
anciano-en-cafeteriaCuba actualidad, Capdevila, La Habana, (PD) Durante el periodo 1969-1990 el gobierno cubano recibió una multimillonaria ayuda de la desaparecida Unión Soviética. Sobrepasó los 65 000 millones de dólares. Con ese dinero, muy mal administrado por cierto, los gobernantes cubanos instauraron su particular sistema igualitario y paternalista, en que la mayoría de los ciudadanos recibían de manera gratuita educación, salud, cultura y deportes.

Los alimentos de la canasta básica eran subsidiados. Las ofertas de las instalaciones recreativas y turísticas estaban al alcance de todos, así como lo que se compraba en las tiendas de productos industriales. El salario que se devengaba alcanzaba para cubrir el pago de la luz, el agua y la vivenda, y todos los demás gastos sin ningún problema.

Todo esto era posible por el pacto social vigente entre el gobierno y el pueblo. El primero le proporcionaba al segundo todo lo que necesitaba a cambio de recibir apoyo en sus planes políticos. Gracias a ello, garantizaban la realización de su mesiánica misión de erigirse como "representantes de los pueblos oprimidos del mundo".

A pesar de esa cuantiosa ayuda que le proporcionaba el Kremlin, la dirección de la economía cubana fue desastrosa: ahí tenemos la fracasada zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar, la liquidación de los mercados libres campesinos y el Sistema de Dirección de la Economía. Por temor a la vuelta de la economía de oferta y demanda, todo fue remplazado por el nuevo programa de rectificación de errores y tendencias negativas y el fortalecimiento del ineficiente estatismo.

Con el derrumbe del Muro de Berlín, la posterior caída de los países socialistas y la subsiguiente desintegración de la Unión Soviética, los gobernantes cubanos se dieron cuenta de que su Pacto Social, por no tener dinero, no podía continuar.

El Producto interno Bruto (PIB), en el quinquenio 1998-l993 descendió un 34%. Miles de empresas industriales, agrícolas y de servicios tuvieron que paralizar sus actividades por falta de suministros, lo que generó la disponibilidad de sus trabajadores, que fueron subsidiados con un mísero salario.

Los productos de primera necesidad desaparecieron de las bodegas y mercados. Se produjo un brusco retroceso del bienestar de la familia cubana: los cubanos conocieron el fogón vacío, comer a duras penas una vez al día y no pocas veces, acostarse sin tener nada en el estómago.

Esta crisis estructural fue bautizada de forma eufemística por el gobierno como "Periodo Especial en tiempo de paz". Contra su voluntad, el gobierno tuvo que abrir la economía a las inversiones extranjeras, se autorizó el trabajo por cuenta propia en determinadas actividades de servicios, se crearon las Unidades Básicas de Producción Cooperativas (UBPC), con las tierras propiedad de empresas agrícolas, y se dio prioridad al desarrollo del turismo internacional.

El gobierno del Dr. Fidel Castro continuó con su política igualitaria, paternalista y voluntarista, consciente de que los salarios y pensiones, tal como se configuraba el nuevo mercado de las Tiendas de Recuperación de Divisas "TRD" y el crónico desabastecimiento de los mercados de productos nacionales, hacían muy difícil alimentarse con los pocos productos de la canasta básica, como hoy ocurre.

Con la multimillonaria entrada de dólares procedente de Venezuela, por la venta de servicios profesionales, el gobierno de Fidel Castro aplicó la antieconómica e irresponsable política del pleno empleo. Esto dio lugar a las actuales plantillas infladas, lo que provocó que la productividad y el salario medio cayeran estrepitosamente.

También puso fin a la relativa autonomía otorgada a las empresas para realizar sin tutelaje sus operaciones mercantiles. Para ello, ató de pies y manos a sus directivos con la creación de la "Cuenta Única" en dólares y la "Comisión de Divisa", como colofón de su demencial estatismo.

Sin contar con el Parlamento, el Estado y el Gobierno, Fidel Castro impuso su desastrosa "Batalla de Ideas", que de no haber terminado, hubiera hipotecado por años el desarrollo económico de la nación.

El presidente Raúl Castro no se ha decidido abrir la economía a la inversión directa de capital extranjero, lo que sería la solución para dar empleo a los 1,8 millón de trabajadores que tiene que dejar en la calle. Como muestra de esas vacilaciones, tenemos que el pasado año tuvieron que dar marcha atrás a la medida de dejar disponible a medio millón de trabajadores.

Para el gobierno de Raúl Castro está claro que con los incumplimientos de las producciones industriales, agrícolas y el pasado lastre de las plantillas infladas, a pesar del dinero procedente de Venezuela, no es posible aumentar el salario a los trabajadores y subir el monto de las pensiones de los que no ganan más de 17 dólares mensuales.

El gobierno de Raúl Castro, con su estrategia de hacer un "socialismo sin subsidio y un capitalismo sin capital", puso fin a las gratuidades, excepto en educación y salud.

Los trabajadores y pensionados, con el mísero dinero que devengan mensualmente, tienen que hacer milagros para poder comer tan siquiera una vez al día. Lo que compran por la libreta de abastecimiento solo alcanza para una semana. Los restantes días, hay que comprar el arroz, el azúcar, los frijoles, la carne de cerdo y los productos de aseo, a precios sin subsidiar.

La situación que se torna terrible para los jubilados. Después de años de trabajo, en vez de estar bajo la protección de sus familiares, los encuentras en pueblos y ciudades como vendedores de periódicos, jabas, maní, dulce, bisuterías, cigarros al menudeo o café colado. Por lo general, no tienen licencia. Como el ratón del gato, tienen que cuidarse de los inspectores, que si los sorprenden, les decomisan la mercancía y les multan.

En los casos más extremos, están los que deambulan como mendigos. Harapientos y sucios, muchos duermen en la calle porque la familia los echó como perros. Al no tener dinero, piden limosnas.

Esta situación está a la vista de todos, pero nadie se conduele o demuestra compasión por ellos. Se ha perdido la solidaridad con el desvalido, a nadie les importan, el asunto es resolver cada uno su problema, porque "no hay dinero para ocuparse de los viejos que están en la calle."

Su presencia es la denuncia más clara de que el proyecto igualitario, paternalista y voluntarista del gobierno cubano naufragó definitivamente.
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Foto: Osmar Laffita
Anciano a la entada de una cafetería

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