El billar
Lunes, 06 de Febrero de 2012 05:24
Escrito por Rogelio Fabio Hurtado


A pesar de haber contado Cuba con una figura de celebridad internacional -Alfredo del Oro, si mal no recuerdo-, el billar gozaba de muy mala fama en La Habana de los años 50.
Mi madre y mis tías consideraban los billares un antro, donde se daban cita para tramar sus fechorías ladrones, marihuaneros y demás especímenes del bajo mundo. Aunque mis primos mayores frecuentaban el billar de la Avenida de Santa Amalia, jamás me llevaron Era un pequeño local rectangular, donde apenas cabrían un par de mesas, al que se accedía por unas puertas batientes, que apenas dejaban verlo por dentro, pero se oía el bullicio, entrecortado por el entrechocarse de las bolas.
Cuando llegó mi época, en 1962, alcancé a conocer el Billar de la Alegría, en la esquina de Josefina y 10 de Octubre, en el que había una mesa maltrecha, de paño remendado, donde se nos permitía a los novatos aprender. Cada juego valía un nickel, que pagaba quien quedase último, lo que se repartía a partes iguales, pues, excepto el Neno, que era el mejor entre nosotros, los demás nos matábamos con frecuencia. Se jugaba Chicago, modalidad que al menos en Miami, ya no se practica.
Estaba también el billar de Angelito, a media cuadra por la misma Calzada, con mejores mesas y venta de merienda. Entonces, se me subió el rojo a la cabeza y me fui un par de años al ejército. Cuando volví, todavía el billar estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso. Sólo fue al cabo de la victoriosa y desastrosa ofensiva revolucionaria de 1968 que desaparecieron los billares, como peligrosos negocios privados que eran. Sólo volví a tocar un taco en 1996, cuando visité Miami, donde el billar perdida toda su aureola, ya era una especie de juego tan familiar que incluso cualquiera de mis muchas tías se hubiese animado a jugarlo.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Artículos recientes de Rogelio Fabio Hurtado :