
Centro Habana, La Habana, 9 de septiembre de 2010, (PD) La inventiva de los cubanos no tiene límites. Las decisiones inteligentes crecen como la verdolaga, se aferran como la pulga a un perro y duran lo que un merengue en la puerta de una escuela.
El propósito revolucionario de que los nativos tengamos acceso a productos del primer mundo sin necesidad de asistir a una shopping, dejó calvos y sin cejas por el esfuerzo mental a varios especialistas del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN).
Los sesudos, echándoles humo la mollera de tanto cavilar, émulos de la sapiencia del célebre profesor chino-iraní Kaguin To Fu –inventor del tibor con asa- idearon crear una tienda de Productos Defectuosos, sin garantía comercial, en ciudad de La Habana.
Esta iniciativa, convertida en un duro golpe al bloqueo norteamericano, nos abre las ventanas del progreso, equipara nuestras posibilidades con las de los sin castas en un bazar hindú, y reafirma que “los sueños, sueños son”.
En la Tienda de las Oportunidades, como la llaman sus progenitores, o La Tiendecita de los Milagros (así bautizada por el pueblo ante la duda de que los productos que allí se comercializan en CUC puedan funcionar), tiene de todo en el almacén.
De acuerdo con los especialistas –y como señuelo para los clientes- la mayoría de los equipos muestran un buen aspecto.
En uno de los cristales del establecimiento aparecen escritas, con grandes letras de color verde y rojo, dos frases que conquistan la atención: “Una decisión inteligente. Tienda de oportunidades”.
Y como muestra de honestidad revolucionaria, los científicos de las baratijas recicladas aseguran que la mayoría de los equipos que allí se ofertan presentan dificultades técnicas tan complejas que ni Dios puede arreglar.
Así las cosas, usted puede adquirir una grabadora Philips por la bagatela de 67 CUC, y sólo tiene que poner la voz, convertirse en casete, María Callas, Plácido Domingo, Miguelito Cuní o Mercedita Valdés para llevar el ritmo de laticas de agua consumidas en la ducha, mientras el carapacho del equipo, sin contenido ni continente en su interior, lo contempla callado desde su nombre universal: ¡Phillips!
O, tal vez, adquiera una lavadora sin motor en 83 guayacanes de moneda dura, que puede utilizar como batea, escaparate, viandero estético y esmaltado, criadero de ratones y hasta como teja infinita para cubrir el techo de los ventosos, húmedos –y por recurrentes- jodedores huracanes.
Pero hay más. Puede comprar un ventilador sin aspas por sólo nueve toletones convertibles, enrollarle el motor, ponerle los botones, cambiarle los cables, y si aún no funciona colocarlo junto a una ventana que dé para la calle, y comenzar a darse aire con un pedazo de cartón que anuncia la calidad y garantía del equipo IMPUD.
¡Todo es felicidad en un país donde el respeto al consumidor se anuncia más que la batalla de ideas y se cumple menos que la canasta básica familiar!
Ante logros tan grandes, y con el propósito de resolver la falta de equipos electrodomésticos a la mayoría de los cubanos, la cadena DITA (Desastrosos, Inservibles y Trastornados Aparatos) extendió su oferta por otras regiones del país.
Sin embargo, el resultado ha sido nulo debido a la falta de originalidad, espíritu soñador y de dinero de quienes habitan allende las lagunas albañales del Cotorro.
Esta realidad, analizada por los merucos pensantes de la mal (denominada) DITA, provocó ciertos reajustes para el beneficio de todos los aspirantes al engaño piadoso, la conmiseración inútil y la tomadura de pelo generalizada.
Pero como para comer cáscara de piña siempre hay listo un imbécil, se culpó a la política (despiadada) de precios por la poca salida de los productos DITA, y se calificó como oportunidad riesgosa la facilidad de obtener una lámpara influorescente sin tubo, o una tostadora que hace duro fríos, de las venerables firmas Toshiba y Sanyo japonesas, respectivamente.
Eso es respeto al consumidor, garantía de que nadie se quedará sin su equipo, oferta irrepetible en cualquier país consumidor y botarate donde no se toma en cuenta el derecho de todos a emplear la imaginación.
Por eso, ante los detractores de la fenomenal oferta, yo me pregunto: ¿Qué gracia o ingenio tiene un ventilador que eche aire, una lavadora que lave, una lámpara que alumbre o una grabadora que reproduzca la música y la voz?
¡Ninguna! Eso lo hace cualquiera. Pero los productos que comercializa DITA ¡No!
Ahí si hay que guayarla, meter el cacumen, la testa o el moropo en sumas y restas y todo tipo de cálculo sólo realizables por y para el pueblo más ingenioso, avispado, y al que nadie puede engañar.
Aquí las cosas son de carácter original. Multipropósito. Inservibles pero recuperables. Aptas para botar a la basura hasta que surja una nueva idea de un redivivo Tomasito Edison con sombrero de guano y guayabera, sacado de las sombras de un platanal.
Pero a veces resultan penosas las múltiples quejas por los precios de unos equipos únicos en el mundo.
¿Acaso no comprenden que una cafetera adaptada para descascarar arroz sólo es posible dentro de nuestro sistema, concebida por un hombre nuevo todo ideas, baba y optimismo?
Además, ¿qué inventor en el universo puede hacer de una plancha una batidora, de un refrigerador una balsa para navegar en cualquier agua –especialmente en el Estrecho de la Florida- o de un televisor una cuna para el bebé?
¿Quién ha visto en otro país una fregadora de platos adaptada para pelar cochinos?
¡Imposible, señor mío! Nadie nos supera en inventivas, en calidad, en resignación ni en esperanzas.
Jamás se ha visto un ser humano tan agradecido y feliz como el que sale de una tienda DITA, ubicada en varios puntos de la capital.
No sólo porque lleva debajo del brazo un fenómeno, un prodigio de la naturaleza, algo que nada más poseemos los cubanos, sino también por los modestos precios que pagamos al adquirirlos.
Como si fuera poco, los hermanos de la calidad de DITA, teniendo en cuenta al pueblo, la cantidad de habitantes que tienen familiares en el extranjero, multiplican el importe del equipo por 1.18 CUC.
Si pasa una semana y no se vende, entonces se multiplica el valor original por 50 centavos de CUC, siguiendo las reglas del MINCIN.
Y si ya rejodidos de que los malagradecidos y palmados clientes no los compren ni así, pasados sólo 38 días de su estancia en la unidad se disminuye el precio y baja hasta en un 90 por ciento.
Y aún con estas condiciones sólo propiciadas en un sistema comunista, existen antipatriotas que no se deciden a comprar una sartén porque no tiene fondo, una espumadera porque le falta el asa, y una olla de presión que en lugar de ablandar, endurece las viandas.
Pero estamos venciendo. Ya la conciencia remienda palmo a palmo los bolsillos desfondados del consumidor, y la calidad gatea por la imaginación zurcida de nuestros inventores.
Pronto se prenderá el candil de las maravillas, los precios bajarán hasta estrellarse contra el piso, y los aparatos cumplirán su función ornamental.
Estimados compradores. No se detenga y pase. Tome “una decisión inteligente”. Entre a las Tiendas de Oportunidades, que los sueños, sueños son, y más cuando se vive o muere en el país de las pesadillas.
Eso se los aseguro yo, Nefasto “El vendedor”
vicmadomingues55@gmail.com