En los ómnibus o cualquier lugar, la forma de hablar de la gran mayoría de las personas es algo espeluznante.
Lo lógico es que en las escuela fomenten la lectura y la buena dicción, pero ¿cómo va ser esto posible si los maestro hablan peor que sus alumnos?
La generación de mi hijo, que hoy tiene 16 años, tuvo delante del aula maestros adolescentes, aquellos que Fidel Castro, con la Batalla de Idea, puso sin importarle las consecuencias. En ese momento se rompieron todas las reglas de las buenas conductas. Esto ha traído que en la actualidad, ellos no quieran leer ni se interesen por desarrollar sus conocimientos.

La lectura tiene una importancia suprema en la formación de estos jóvenes que hoy no saben quien es Homero o qué es La Iliada, ya que sus propios maestros tampoco la conocen.
La educación en Cuba ha sufrido de altas y bajas. Los caprichos de un gobernante han traído consecuencias letales para nuestros hijos. Las actividades docentes se planifican bajo los intereses de un estado totalitario, que manipula las mentes con conceptos espurios, minimizando de esta forma el talento y la capacidad de razonamiento de los educandos. A esto sumemos la falta de información, la prohibición de acceso a Internet y a todo lo que ocurre en el mundo en cuanto a desarrollo científico y técnico.
Debemos ser honestos y reconocer que los jóvenes cubanos son incultos, no por deseo propio, sino por un marcado interés de sus gobernantes. El estado sabe que con hombres menos inteligentes, el poder de uno solo es más fuerte y duradero. Prueba de ello es el régimen de los hermanos Castro, que ya pasa de los 50 años en el poder.
Los más capacitados para lograr cambios en nuestra sociedad son precisamente los jóvenes. Corresponde a sus padres inyectar dosis equitativas de conducta y buenas costumbres, que le incentiven a la lectura, en busca de un futuro justo, que implique el derecho de pensar y actuar con libertades democráticas.
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