Managua, La Habana, 7 de octubre de 2010, (PD) Cerca de cuatro decenas de prisioneros de conciencia cubanos han llegado a España en las últimas semanas. Todos pertenecen al Grupo de los 75 de marzo de 2003.

Sufrieron, nadie lo puede poner en duda. Lo terrible es que fue un sufrimiento motivado por la injusticia y auspiciado por el odio.

Algunos no eran nada conocidos antes de la llamada Primavera Negra. Sus nombres fueron catapultados a los medios, las oficinas gubernamentales de muchos países del mundo e introducidos en la historia de Cuba por la crueldad de los que ordenaron procesarlos y por la debilidad rastrera de los que los condenaron.

Muy probablemente, en un futuro no muy lejano, la escuela de jurisprudencia en Cuba presente en los textos académicos los juicios de cada uno de esos 75 como muestra de lo que nunca un jurista debe hacer. Y en el ámbito del civismo ciudadano se pondrá a la par de lo ocurrido con el juicio a los estudiantes de medicina en 1871.

Paradójicamente, a los diez o doce apostatas que sirvieron de testigos de la fiscalía en esos juicios, nadie los menciona. Al parecer, ni a sus empleadores les interesa ya su existencia. Uno de ellos, Néstor Baguer, incluso, fue dejado abandonado en un hospital poco antes de morir. Sobre el asunto uno de sus colegas habló en la página electrónica kaoenlared.

En la leyenda inventada para esa persona, se afirmó que formaba parte de la Seguridad del Estado desde hacía 40 años, sin embargo no era ni cabo. Ese anciano pasó de su abandono en un hospital al hueco negro sin gloria del Cementerio Colón.

Al parecer, el camino de todos esos topos es el del olvido. Por el sesgo que están tomando todas las cosas en la isla, es probable que ellos mismos deseen no ser mencionados.

Quizás, quien los vuelva a sacar a la superficie, ya con libertad y democracia en Cuba, sea algún periodista curioso en busca de alguna historia de impacto. Pero, ¿qué pueden los topos inventar para tratar de explicar o justificar su proceder? Sin esa etapa continúan casados con la vileza, cualquier cosa.

Así que para ese tipo de casos, lo más acertado sería, una vez llegado el momento, que el Congreso de la República ponga en vigencia una ley o disposición que declare la Muerte Cívica.

Para ese tipo de personaje, no debe haber perdón, tampoco perder el tiempo en exigirles responsabilidad penal –habrá cosas muy importantes y necesarias que hacer – sino mantenerlos por siempre en el desprecio y el olvido. En definitiva, ese fue el camino por el que ellos mismos optaron cuando aceptaron colaborar con el régimen comunista, para dañar con saña a otros cubanos.

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