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TERRORISMO POÉTICO
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Víctor Manuel Dominguez
Periodista independiente. Reside en Centro Habana. vicmadominguez55@gmail.com  
Por Víctor Manuel Dominguez
Publicado el 14/10/2010
 

Centro Habana, La Habana, 14 de octubre de 2010, (PD) Conocer que diez vacas volaron en pedazos al pisar un poemario oculto entre la hierba de la finca Los poemetos de Uranio, me dejó convencido que las musas en Cuba pueden ser peligrosas como el TNT.

Y hay que tener cuidado tanto con la poetería de los bardos opuestos al gobierno cubano como con la “versorrea” de un aeda ahíto de temores y panfletarios versos en espera de una condecoración oficial.

Lo mismo mata un verso de Cuquito “El Disidente” leído bajo una columbina a cuatro líderes opositores somnolientos que uno de Rito Ramón Aroche detonado frente a diez poetas traidólares en los jardines de la UNEAC.

Que la poesía es un arma de combate lo ha dejado bien claro la política editorial de la revolución.

Nadie puede pasar por alto que un verso de plutonio bien dirigido contra el receptor, mueve montañas, desata tempestades, y hace huir a titiremundache a decenas de kilómetros de sus radiaciones poéticas.


Centro Habana, La Habana, 14 de octubre de 2010, (PD) Conocer que diez vacas volaron en pedazos al pisar un poemario oculto entre la hierba de la finca Los poemetos de Uranio, me dejó convencido que las musas en Cuba pueden ser peligrosas como el TNT.

Y hay que tener cuidado tanto con la poetería de los bardos opuestos al gobierno cubano como con la “versorrea” de un aeda ahíto de temores y panfletarios versos en espera de una condecoración oficial.

Lo mismo mata un verso de Cuquito “El Disidente” leído bajo una columbina a cuatro líderes opositores somnolientos que uno de Rito Ramón Aroche detonado frente a diez poetas traidólares en los jardines de la UNEAC.

Que la poesía es un arma de combate lo ha dejado bien claro la política editorial de la revolución.

Nadie puede pasar por alto que un verso de plutonio bien dirigido contra el receptor, mueve montañas, desata tempestades, y hace huir a titiremundache a decenas de kilómetros de sus radiaciones poéticas.

Jamás olvidaré que el entrañable verso “El carro de Fidel se desliza soviéticamente por las calles de La Habana” puso a correr en fuga a diez mil soldados somalíes por el territorio del Ogadén, en la ex hermana República de Etiopía.

Y ni hablar de las muertes accidentales o provocadas por un poema en tono menor (o mayor), pues el peligro que encierra no está en sus dimensiones, sino en la escatología poética que desata.

¿Alguien olvidó que Nicolás Guillén mató a la gentil Ana de un sonetazo? ¿Se puede borrar por decreto que el poemario Bajo Consigna, de Félix Pita Rodríguez, sirvió para exterminar cocodrilos en la Ciénaga de Zapata?

¿”Canción fraterna del taller mecánico”, de Regino Pedroso, no logró sustituir con su lectura en los centros laborales, los envíos de diazepán y meprobamato empleados para sedar a los proletarios insomnes atados a sus puestos de trabajo?

Es tanta y tan diversa la utilería poética utilizada en múltiples batallas revolucionarias, que se han hecho poemas abortivos, contra el estreñimiento y para tumbar paredes, rajar tablas, enderezar cabillas y fundir la ternura en la construcción del socialismo tropical.

Por eso es que me duele que Cuquito “El Disidente” se haya dejado arrastrar por la corriente del terrorismo poético al emplear la versatilidad atómica en su poemario “El mojón que dejaste flotando en mi cabeza no lo hará desaparecer un vil cubo de agua”, dirigido contra la Epapaya revolucionaria.

Es verdad que Cuquito estuvo preso y eso basta para rimar “uevo” con “ueco” y convertirse en un Petrarca a la orilla del río Guaso cantándole a una Laura hermosa y anoréxica que huye en una balsa.

También es justo reconocer que sus redondillas han provocado infartos, derrames cerebrales, diarreas infinitas y otras epidemias líricas en sus masoquistas lectores.

Nadie puede olvidar que su poema “La cárcel es para los machos”, declamado en el tren Habana-Guantánamo, hizo lanzarse por las ventanillas y puertas a cerca de 800 pasajeros sorprendidos con la lectura en el fragor del viaje. Y hasta dicen que algunos, imposibilitados de huir del alcance semántico de las sangrientas rimas, se subieron al techo de la locomotora y se cayeron a cabezazos henchidos de tanta emoción. Y ni hablar de aquella elegante señora que se cayó del quinto verso de una de las décimas (de seis) escritas por Cuquito “El Disidente”, y se partió la columna vertebral.

Es verdad que Dante se quedó corto en su canto a Beatriz durante la travesía por el Infierno, el Purgatorio y el Paraiso, nada comparable en pesadillas y torturas como su viaje en tren desde el oriente cubano hasta la capital.

Sólo hay que leer los amargos e inspirados tercetos con los que usted inicia el primer canto de una tragedia que siempre termina en la escalerilla del avión Habana-Miami, o en España.

Canto 1: (fragmentos)

A mitad del camino de la vida,
En una celda oscura me encontraba
Porque el carnet de identidad había extraviado.

¡Cuán duro decir cuál era
El jergón que tenía de litera
Y el salcocho y el pan que allí me daban!

Es tan amarga casi cual la muerte,
Que comerse alguna rata es una suerte
Cual si comieras una sabrosa mermelada.

¡Ay! Cuba, cubita la bella,
Es tan cruel la garpanta que he pasado
Que no puedo morir sin comerme una paella.

Lagrimoso y todo, destrozado por la emoción, le ruego a Cuquito “El Disidente” que si su línea lírica es un batazo en medio de la mollera, ¿por qué incursionar en el terrorismo poético en versos como estos?

Haré volar al capellán,
A la funcionaria y al bandido
Convertiré en picadillo al ciervo herido
Y en tortilla a la hija del capitán.

Haré que cuanto viejo patán
Me ordene y mande enardecido
Se convierta en picadillo enriquecido
O cuando menos en un trozo de pan.

Y ay de quien me bote del desván
Donde me acuesto para amanecer mullido,
Y convertir en diatribas y alaridos
Estos poemas con veneno de alacrán.

No hay dudas de la calidad poética de sus versos, de sus caireles y sus hemistiquios, del vuelo polisémico de un texto que da ardor, o de los gases mortales que irradian sus metáforas.

Pero no hay que exagerar, estimado poetizo. Es hora de dirigir sus endecasílabos y sus serventesios también contra el mosquito Aedes Egypti y el marabú.

Creo llegó el momento de que ponga sus cuartetas en función de cavar huecos para sembrar boniatos que acallen el ruido de las tripas del pueblo a nivel nacional.

O bien, de donar sus seguidillas para matar puercos con la potencia de unos versos que de seguro nacen de la zona de tolerancia No. 2 de su inspirada musa, ubicada al centro de la región glútea, y conocida como “el no me toques, Pepe”, según los códigos poéticos de un bardo depredador.

Por eso, si el pintor griego Apeles exclamó sin que le temblara la voz: ¡Zapatero a tus zapatos!, yo digo con humildad: ¡Poetas terroristas, al tractor!

Eso se los aseguro yo, Nefasto “El pacifista”
vicmadomingues55@gmail.com