UN DÍA DE PERROS
- Por Frank Cosme
- Publicado 14/10/2010
- Sociedad
- No valorado
Frank Cosme
Litógrafo. Reside en La Habana. primaveradigital@gmail.com
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Santos Suárez, la Habana, 14 de octubre de 2010, (PD) En el transcurso de la existencia de cualquier ciudadano de este mundo, es natural que no todos los días sean favorables.
Cuando al levantarse uno en la mañana comienza a darse encontronazos con todo hasta el final del día, generalmente decimos que hemos tenido un día de perros.
No sé por qué decimos esto, pues conozco ciertos canes cuya vida la envidiarían algunos infortunados viejos retirados.
Sin profundizar más sobre esta expresión, podemos afirmar que al menos aquí en Cuba, una gran parte de los 365 días que tiene el año son de perros o de “madre” como también suele decirse.
El viernes pasado, mi esposa y yo tuvimos uno de esos días en que todas las contrariedades parecían haberse citado en nuestra casa y en nuestro entorno.
Recién levantados nos percatamos que no había agua. Cuando vino, fue con tan poca fuerza que no llenó el tanque. Un rato después al hacer el café, la cocina se incendió. Corrimos a cerrar la llave de paso del gas y controlamos rápidamente el fuego, que no pasó de derretir los mangos de una cazuela y la cafetera. Un rápido vistazo nos mostró que el brazo que sostiene los quemadores de la izquierda tenía una rajadura.
El segundo round fue cuando salimos al agro-mercado a comprar vegetales y viandas. Solo había boniato, plátanos y yuca. La cebolla, tan necesaria en la cocina, hace rato que no aparece, a pesar de que en este país se puede sembrar en los seis meses que van desde julio a diciembre. Con los frijoles y otros granos, ídem de ídem.
Al regreso, nos encontramos un vendedor clandestino que nos propuso una ristra de cebollas, que más bien parecían uvas por el tamaño, en $50 MN.
De nuevo en la “tranquilidad” del hogar, nos encontramos en la mesa del comedor las dichosas bolitas que suelta la madera atacada por el comején o termita. En otras palabras, las cagadas de estos bichos, que son el “terror de los cubanos que como yo, todavía habitan en casas de madera o tienen techos de este material.
Al final del día, soy de los que me siento frente al TV buscando “desconectarme” (gran problema) de esas incidencias diarias. No asimilo esos programas de “muelas” de todas las variantes que han proliferado en la TV cubana, donde algunos personajes de campañillas vienen a hablar de sí mismos, o los otros, que no proponen soluciones (ni las llevan a efecto) sobre estos problemas como los que nos ha tocado este viernes pasado, sino que el programa se convierte en una repetida y aburrida caterva de justificaciones.
De las telenovelas cubanas, ni hablar. Tal parece que la TV está diseñada para machacarnos con lo mismo. Para mi entender, no tiene sentido sentarme ante el TV a ver lo mismo que veo en las calles.
Así que dada esta extraña condición de que no soy como Vicente, “que va donde va la gente”, trabajo me cuesta a veces cambiar el ritmo para evitar el aburrimiento.
Lo único que me saca de esto es un buen libro. Como no siempre tenemos esta opción, echo mano muchas veces del canal Multivisión donde ponen documentales educativos, con la fatal suerte que este viernes, (aunque no era 13), exhibían un documental de la Deutche Welle (TV alemana) sobre los “15 millones de alemanes afectados de fobia”.
Tres ejemplos me conectaron -en vez de desconectarme- sin quererlo al panorama cubano. Uno que no podía transitar a bordo de su fastuoso BMW por la famosa Autobahm, (supercarretera) alemana, otro que no podía montar “los cómodos y seguros tranvías” de ese país y otro más que no podía salir de su casa. ¡Había que ver esa casa!
Por mi parte yo y otros que también conozco, sin padecer ninguna fobia, tendríamos que darnos candela para salir de ella.
Evidentemente, estos alemanes nacidos después del Nacional-Socialismo y que no eran de la antigua RDA, están faltos de “training”.
Este viernes 13, digo 8, no pude conseguir ni cebolla ni frijoles, la cocina se me quedó a media capacidad, un millón de microscópicas mandíbulas se comen mi casa, tuve que esperar el ómnibus casi una hora al regresar del agro con las manos casi vacías y un documental alemán me convenció que cuando el ser humano tiene los problemas esenciales resueltos, al parecer se busca otros. No pude desconectar: decididamente este viernes fue para nosotros un día de perros.
primaveradigital@gmail.com
Foto: Ana Torricella
Cuando al levantarse uno en la mañana comienza a darse encontronazos con todo hasta el final del día, generalmente decimos que hemos tenido un día de perros.
No sé por qué decimos esto, pues conozco ciertos canes cuya vida la envidiarían algunos infortunados viejos retirados.
Sin profundizar más sobre esta expresión, podemos afirmar que al menos aquí en Cuba, una gran parte de los 365 días que tiene el año son de perros o de “madre” como también suele decirse.
El viernes pasado, mi esposa y yo tuvimos uno de esos días en que todas las contrariedades parecían haberse citado en nuestra casa y en nuestro entorno.
Recién levantados nos percatamos que no había agua. Cuando vino, fue con tan poca fuerza que no llenó el tanque. Un rato después al hacer el café, la cocina se incendió. Corrimos a cerrar la llave de paso del gas y controlamos rápidamente el fuego, que no pasó de derretir los mangos de una cazuela y la cafetera. Un rápido vistazo nos mostró que el brazo que sostiene los quemadores de la izquierda tenía una rajadura.
El segundo round fue cuando salimos al agro-mercado a comprar vegetales y viandas. Solo había boniato, plátanos y yuca. La cebolla, tan necesaria en la cocina, hace rato que no aparece, a pesar de que en este país se puede sembrar en los seis meses que van desde julio a diciembre. Con los frijoles y otros granos, ídem de ídem.
Al regreso, nos encontramos un vendedor clandestino que nos propuso una ristra de cebollas, que más bien parecían uvas por el tamaño, en $50 MN.

De nuevo en la “tranquilidad” del hogar, nos encontramos en la mesa del comedor las dichosas bolitas que suelta la madera atacada por el comején o termita. En otras palabras, las cagadas de estos bichos, que son el “terror de los cubanos que como yo, todavía habitan en casas de madera o tienen techos de este material.
Al final del día, soy de los que me siento frente al TV buscando “desconectarme” (gran problema) de esas incidencias diarias. No asimilo esos programas de “muelas” de todas las variantes que han proliferado en la TV cubana, donde algunos personajes de campañillas vienen a hablar de sí mismos, o los otros, que no proponen soluciones (ni las llevan a efecto) sobre estos problemas como los que nos ha tocado este viernes pasado, sino que el programa se convierte en una repetida y aburrida caterva de justificaciones.
De las telenovelas cubanas, ni hablar. Tal parece que la TV está diseñada para machacarnos con lo mismo. Para mi entender, no tiene sentido sentarme ante el TV a ver lo mismo que veo en las calles.
Así que dada esta extraña condición de que no soy como Vicente, “que va donde va la gente”, trabajo me cuesta a veces cambiar el ritmo para evitar el aburrimiento.
Lo único que me saca de esto es un buen libro. Como no siempre tenemos esta opción, echo mano muchas veces del canal Multivisión donde ponen documentales educativos, con la fatal suerte que este viernes, (aunque no era 13), exhibían un documental de la Deutche Welle (TV alemana) sobre los “15 millones de alemanes afectados de fobia”.
Tres ejemplos me conectaron -en vez de desconectarme- sin quererlo al panorama cubano. Uno que no podía transitar a bordo de su fastuoso BMW por la famosa Autobahm, (supercarretera) alemana, otro que no podía montar “los cómodos y seguros tranvías” de ese país y otro más que no podía salir de su casa. ¡Había que ver esa casa!
Por mi parte yo y otros que también conozco, sin padecer ninguna fobia, tendríamos que darnos candela para salir de ella.
Evidentemente, estos alemanes nacidos después del Nacional-Socialismo y que no eran de la antigua RDA, están faltos de “training”.
Este viernes 13, digo 8, no pude conseguir ni cebolla ni frijoles, la cocina se me quedó a media capacidad, un millón de microscópicas mandíbulas se comen mi casa, tuve que esperar el ómnibus casi una hora al regresar del agro con las manos casi vacías y un documental alemán me convenció que cuando el ser humano tiene los problemas esenciales resueltos, al parecer se busca otros. No pude desconectar: decididamente este viernes fue para nosotros un día de perros.
primaveradigital@gmail.com
Foto: Ana Torricella
