
Centro Habana, La Habana, 28 de octubre del 2010, (PD) Ser idóneo es un privilegio de revolucionarios. Algo así como la conjunción genética de la semilla y la raíz, la garrapata y el perro, o el comunismo y la falta de libertad.
Si en la antigua Roma para fungir de lava pies o colchonero hacía falta un certificado de sumisión, en la Cuba revolucionaria también.
Por eso no es ocioso recordar que si para recortarle un callo a Nerón o prepararle la cama en la que se refocilaba con su amante Popea Sabina había que alabarle sus dotes como actor, para mantener un puesto de trabajo aquí en la Isla se precisa gritar ¡Viva la Revolución!
Y no es que se pasen por alto los estudios realizados, los títulos y los años de experiencia en un sector, ni mucho menos se olviden los aportes a la economía subterránea o bolsa negra nacional.
La cuestión está en que si una persona con estos requisitos no mató siquiera una jutía mientras corría loma abajo y atravesaba como Juan que se mata los cañaverales patrios durante la lucha insurreccional, jamás será confiable para desempeñar un cargo, un oficio, o una profesión en el país.
En cuanto a los que no tuvieron la oportunidad de disparar un chícharo en la serranía, comer vacas cimarronas, o cuando menos de cazar un totí en medio de un combate contra seis soldados acuartelados en un bohío, se les exigirán otras formas de idoneidad. Es decir, aparte de mostrar los títulos adquiridos en la Universidad de La Habana o en las aulas de la KGB, allá en Moscú, tendrán que convencernos que su abuelo fue un mambí, su padre un espía que luchó contra el terror, y su madre una innovadora en la fabricación de croquetas y pizzas para salvar al socialismo de la inanición.
De lo contrario, para que no lo enviemos a la calle junto al millón y pico de cubanos que como ángeles caídos abandonarán por la fuerza el paraíso de los trabajadores, tendrá que responder de forma convincente las preguntas que aparecen a continuación:
1-¿No sentía que le bailaba la cabeza, se le botaban los ojos, babeaba o sentía retortijones de felicidad cuando gritaba: ¡Seremos como el Che!?
2- ¿Entonó alguna vez durante una movilización de la guerra de todo el pueblo las subversivas notas de la cancioncilla contrarrevolucionaria “uno, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapatos”?
3- ¿Dudó en alguna ocasión de que las movilizaciones a la caña o la guerra, el pago de la cuota sindical, de un día de haber para financiar las Milicias de Tropas Territoriales y otros 525 llamamientos no eran voluntarios?
4-¿Puede decirnos a qué distancia se encuentra Miami?, ¿Conoce una langosta termidor?, ¿le gustan las navidades?, ¿piensa que ese hombre está loco?, ¿asocia las palabras corrupción, nepotismo, geriatría, dictadura y cagástrofe con el carácter hípico de la etapa revolucionaria?
De saber contestar como es debido, su plaza estará garantizada. No importa si tiene menos conocimientos que un melón o su coeficiente de inteligencia es del mismo nivel que el de un burro.
La cuestión es la incondicionalidad, la entrega en cuerpo y alma al rumbón de una conga donde las trompetas desafinan, las tumbadoras ladran y el cencerro se apaga como una voz en medio de una ventolera.
Si bailas como el mono serás feliz en este redimensionamiento laboral donde la idoneidad revolucionaria será el principal requisito, la exigencia moral que te permitirá dormir tranquilo.
Sé que miles de cubanos malagradecidos y millones de extranjeros no están de acuerdo con nuestro concepto de idoneidad, pero yo me pregunto: ¿Alguien en sus cabales puede pensar que una profesión de tanta responsabilidad como chapear la yerba de los campos de golf donde jugarán los magnates ex revolucionarios pueda ejercerse sin haber estudiado El Capital, de Carlitos, El Ladilloso, Marx?
¿Puede una persona que no haya ejercido la prostitución por cuenta propia enseñar a un vetusto, viagrosoy carcamal líder revolucionario las 69 posiciones del Kamasutra mientras espera en Cayo Largo del Sur o Varadero junto a tres ninfas o dos efebos la fecha de vuelo para entrar a la tumba?
¿Cómo forrar botones, rellenar fosforeras, herrar un caballo, vender agua, amolar tijeras, fungir de arriero, trabajar de albañil, coser un pantalón, afinar un piano y vender plátanos, sin haber interiorizado las orientaciones aparecidas en (¿Qué hacer?), de la momia del Kremlin, Vladimir Ulianovsk, más conocido por Lenin o El Melenas?
Nadie que se respete confiaría su cabeza a un barbero que desconozca como erradicaba la caspa de su cabello el de los salticos adelantes y otras piruetas chinas, el inigualable Mao Tzé Tung, alias Shop Suey
Además, por muchos deseos que tenga de sobrevivir, nadie podrá ser un eficiente jardinero, electricista o limpiabotas, sin antes poseer un Certificado de Sumisión, y recitar sin pausa o titubeo el poema Tengo (¿lo que tenía que tener?), escrito por Nicolás Guillén.
Eso, se los aseguro yo, Nefasto “El Idóneo”
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