
Arroyo Naranjo, La Habana, 28 de octubre de 2010 (PD) Resultó premonitorio que su padrino fuera un poeta: a Ricardo González Alfonso lo bautizó el padre Ángel Gaztelu, un cura integrante del grupo Orígenes, el 20 de mayo de 1950 en una iglesia de Miramar. ¿Es tan raro entonces que a Ricardo lo apasionaran los versos?
Por inaudito que parezca que alguien se atreva a encarcelar a un poeta, que Ricardo González se convirtiera en prisionero de conciencia de una dictadura también era previsible. Desde muy pequeño, cuando transitaba del Colegio La Salle a la escuela primaria Cuba Socialista, anunció que su rebeldía no tendría para cuando parar.
Rebelde es una de las palabras que mejor define a Ricardo. Las otras son: terco, tenaz, alegre, jodedor, optimista. Su divisa siempre fue y es: “Cuando no estoy bien, estoy mejor”. Sus más de siete años de encarcelamiento, cruel e inútil por demás, demostraron que cuando lo dice, es en serio y para todas las temporadas y contingencias.
A Ricardo nada parecía capaz de detenerlo o derrumbarlo. Obviamente, un tipo inteligente y revoltoso no la pasa nada fácil bajo una dictadura. Trabajó como guionista de la televisión cubana pero fue expulsado por problemas políticos. Le tuvieron en cuenta “su procedencia burguesa”, las debilidades ideológicas traducidas en pensar con cabeza propia y no callarse la boca ante nada. Entonces, para poder mantener a sus dos hijos pequeños tuvo que chapear, fumigar y vender maní.
En 1995 se incorporó a la prensa independiente. Fue subdirector de la agencia Cuba Press, fundada y dirigida por el poeta Raúl Rivero, y corresponsal en La Habana de Reporteros sin Fronteras. En el año 2001 fundó la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling. En noviembre de 2002 creó la revista De Cuba, que dirigió hasta su encarcelamiento el 18 de marzo de 2003. En el primer editorial de la revista, Ricardo escribió: “De no ser una necesidad nacional, hubiera parecido un milagro”.
Me place recordar los días del otoño de 2002 en que como albañiles y pintores, convertimos la deteriorada planta alta de su casa en sala de redacción. Cuando cuatro meses después, la policía política cargó con nuestros sueños de realizar una publicación libre, el segundo número de la revista De Cuba estaba en la calle. Y créanme que no fue fácil.
Una bárbara condena de 20 años de prisión no pudo impedir que Ricardo continuara en el empeño de escribir con rimas y razones. “Estoy libre entre barrotes”, decía entre un traslado de la cárcel al hospital y viceversa. En un artículo de inicios de 1999, a raíz de la promulgación de la fascistoide Ley 88, Ricardo González advertía: “Si el destino me impone un futuro de rejas, prefiero usarlas por fuera, no por dentro”.
Los carceleros pretendieron convertir a Ricardo González en sólo un número. Querían anularlo en esa ecuación donde “uno es ninguno”. Fracasaron. No pudieron evitar que fuera un hombre con nombre y rostro que, por añadidura, osaba reír y lo que es más, escribir versos. En su humor siempre se mellaron las penas. Fue inútil el empeño de sus captores en escamotearle las más mínimas satisfacciones, tales como tener en su celda un ejemplar de su segundo libro publicado, Historias sangradas, editado en España con prólogo de su amigo Raúl Rivero. Los guardias se lo confiscaron en una requisa. Grave atentado contra la vanidad que anida en todo escritor. Le aseguraron que se lo devolverían luego que lo revisara la Seguridad del Estado. Pero a Ricardo, más que el decomiso del libro y el veredicto de la crítica literaria-policial, le preocupaban algunas erratas de la edición.
En los meses que siguieron a la ola represiva de la primavera de 2003, cuando todo parecía perdido para la prensa independiente y el miedo paralizaba a muchos, paradójicamente una carta de Ricardo desde la cárcel de Kilo 8 contribuyó a levantar mi ánimo como ninguna otra cosa. “Este presente no es el fin de los tiempos, sino el preludio de otros nuevos donde no tendremos rejas…”, aseguraba.
En la carta, me pedía que no perdiera la llave. “El optimismo es una llave y la realidad la cerradura. Cuando se combinan, todas las puertas se abren. Muchas veces, la realidad nos la imponen, pero el optimismo siempre podemos llevarlo con nosotros”, explicaba.
Aquella carta es una de las tantas cosas que tendré que agradecer por siempre a Ricardo González. Es una de las razones (otra más) por las que le debo una botella de ron Niño de Fuego –o todas las que sean precisas- para el cumpleaños que volveremos a celebrar juntos en cualquier febrero. La celebración será –tiene que ser- en su jardín de la calle 87, donde volaban los colibríes, olía a mar, a café recién colado, siempre había bromas y poesía y se soñaba con la patria mejorada.
Ricardo González está hoy en el exilio. Sólo cambió el paisaje de su lucha por la democracia. En Madrid, París o Ginebra, pone el hombro junto a nosotros, para traer la libertad y que no se vaya más ni se tengan que ir los que no saben vivir sin ella. Es inevitable, no puede ser de otro modo. Si alguien lo duda, que le pregunte a él.
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