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LA “PEGATINA” DE LOS SEGUROSOS”
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Wilfredo Vallín Almeida
Reside en La Habana. Abogado, economista, profesor, ensayista y politólogo. Dirige la Asociación Jurídica Cubana. primaveradigital@gmai.com 
Por Wilfredo Vallín Almeida
Publicado el 3/11/2010
 


La Víbora, La Habana, 4 de noviembre de 2010, (PD) La pregunta que muchas personas nos han hecho esta semana a La Consulta tiene un carácter bastante personal y anecdótico: ¿qué sucedió el viernes pasado en Neptuno 1055?

Como no nos gusta quedarnos sin responder, siempre que podemos, he aquí lo sucedido.

Íbamos a un conversatorio en una casa de la calle Neptuno, muy cerca de la vivienda de esa asombrosa mujer de esta época que se llama Laura Pollán. Se iban a reunir varias personas que querían conocer sobre el tema de los pactos firmados por el entonces canciller Felipe Pérez Roque en Nueva York el 28 de febrero de 2008.

 

La Víbora, La Habana, 4 de noviembre de 2010, (PD) La pregunta que muchas personas nos han hecho esta semana a La Consulta tiene un carácter bastante personal y anecdótico: ¿qué sucedió el viernes pasado en Neptuno 1055?

Como no nos gusta quedarnos sin responder, siempre que podemos, he aquí lo sucedido.

Íbamos a un conversatorio en una casa de la calle Neptuno, muy cerca de la vivienda de esa asombrosa mujer de esta época que se llama Laura Pollán. Se iban a reunir varias personas que querían conocer sobre el tema de los pactos firmados por el entonces canciller Felipe Pérez Roque en Nueva York el 28 de febrero de 2008.

Alerté a Esperanza, mi esposa y también letrada, en cuanto a que miembros de la Seguridad del Estado podían estar esperando nuestra salida a la calle para impedirnos acudir al conversatorio. Me equivoqué en parte: estaban afuera, pero no nos interceptaron, sólo querían que los notáramos.

Después de realizar varias gestiones pendientes, nos dirigimos al lugar de la cita. A una cuadra de la casa en cuestión fuimos interceptados por dos personas que se identificaron como miembros de la Seguridad. Uno era alto, negro, de edad madura y que parecía entender nuestros argumentos. El otro, casi un adolescente, bajito de estatura, blanco y que parecía llevar la voz cantante, se mostró soez, prepotente y altanero. Al reclamarles nosotros en qué preceptos legales se apoyaba para impedir acceder a aquella casa, nos espetó la frase: “Vallín, tú siempre estás con la pegatina esa”.

Reconozco que inicialmente no entendí que quería decirme con eso de “la pegatina”. Reconozco también que me molestó mucho la forma desparpajada con que se dirigió a nosotros, con el comportamiento de quien cree tener a Dios cogido por la barba.

Ya de regreso en mi casa, repasé lo acontecido y cambié poco a poco mi malestar con el “agentico” en cuestión (y lo llamo así por lo jovencito que me pareció). Y modifiqué mi opinión porque recordé aquel pasaje de Orwell en Rebelión en la Granja donde Napoleón buscó y “educó” a quienes mordieran para él y por él. Por eso, éste muchacho, llegué a esa conclusión, no es culpable de lo ocurrido.

No me extrañaría que fuese un joven de Campechuela o de las estribaciones de la Sierra Cristal que, al verse en La Habana, pisando el asfalto y las aceras de la calle Línea en el Vedado, sienta estar en la Quinta Avenida de Nueva York, en las Campos Elíseos de París o en la Avenida San Wenceslao en Praga y que al ver alguna de las casas de vivienda del reparto Kohly crea contemplar el Taj Mahal de la India, amén de confundir la Susuki -que le prestan para el servicio- con un BMW del año… en propiedad.

La culpa real es de aquellos que un día pretendieron educar a su antojo a las nuevas generaciones de cubanos pero, en la práctica, se han quedado cada vez más con lo menos preparado y culto de sus jóvenes y, ante la realidad del rechazo de la gran mayoría de ellos de ingresar en los cuerpos policíacos, no han tenido más remedio que buscar para esa tropa a muchos… en lo más marginal de la sociedad.

Así, vemos como estos muchachitos, muchas veces casi niños, no pueden sino repetir frases hechas, como si no estuvieran programados para decir otra cosa. Demuestran una incapacidad total para sostener el menor diálogo razonado o para decir tan siquiera un sólo verso de “Los Zapaticos de Rosa”.

Por eso no es extraño que en nuestro camino hacia el reconocimiento de sus derechos inalienables a los hombres, tengamos que chocar con estos personajes que debieran cultivarse mejor antes de hablar a ciudadanos de otra época que pudieran ser sus maestros en hábitos éticos, lenguaje correcto y formas adecuadas para tratar con los demás habitantes del país.

De todas maneras, insisto, ellos no tienen toda la culpa: no son sino “el hombre nuevo” resultante de un proyecto de ingeniería social (cuyos resultados son ostensibles a nuestro alrededor) grotesco, absurdo y absolutamente fracasado… para suerte de todos los cubanos.
vallinwilfredo@yahoo.com