Arroyo Naranjo, La Habana, noviembre 4 de 2010, (PD) Determinante es la manera en que se manejan los temas raciales en Cuba, tanto en los predios de una ascendente cultura étnica circunstancial como en el marginal y afrodisíaco mundo del mestizaje chancletero.
No soy bueno en manifiestos o estados de opinión que sentencien si en manos del negro, el blanco, el amarillo o el oriental, esté la fusta, el perdón o el intelecto, porque tanto en mí como en todos los cubanos, -quitémonos la máscara- algún racista se nos despierta en determinado momento.
En esto no inmiscuiré al gobierno cubano, sabido promotor de los más elementales proyectos de exclusión social, racial, políticos o religiosos. Más bien me remito a la sociedad civil prodemocrática, esa que apuesta por la desproletarización de Cuba e invierte tiempo y talento por traer de regreso el pluralismo y la economía de mercado.
Opino que, dotados de un egocentrismo bien camuflado, algunos actores políticos sin percatarse han tomado el rumbo hacia la segregación racial, política, intelectual y clasista; hacia la eventual, si se pudiera decir, concesión de grupos que se abrochan el botón superior de la camisa y levantan el mentón por sobre los hombros del prójimo.
Me gustaría que en determinadas ponencias sobre la problemática racial en Cuba, sean seculares o contemporáneas, oficialistas o contestatarias, no figuren los negros como ese escalón que todos pisan, como si el surtido de oportunidades fuese etiquetado sólo para los afrodescendientes.
En otro orden, detesto que esas membresías donde predomina el pelo fácil de peinar, quebradas moralmente también por quienes hacen públicas sus desvergüenzas internas, no vean potables los proyectos de reconciliación en manos de personas “de color”.
¿Por qué no se organizan talleres debates sobre la marginalidad o la exclusión en todos los estratos sociales, obviamente con matices y sin distinciones, o sobre la convergencia en un proyecto común de reconciliación nacional?
No puedo estar de acuerdo con quienes prefieren tirarle al gobierno con perdigones, crear tantas recetas de disensión como tendencias religiosas existen alrededor de la Biblia. Eso está bien dejarlo para cuando exista democracia en Cuba, digo, siempre y cuando liberales, ortodoxos, conservadores, democratacristianos o social demócratas, no sean mutantes políticos creados por la propia dictadura que nos desgobierna.
Si en estas líneas me sale el racismo oculto o el político frustrado, pido disculpas. Quiero aclarar que mis mejores amigos de la infancia y de hoy, incluso mi compañera de vida, tienen de congo y de carabalí. Tal vez no sepa (¿quién sabe?) que tenga enemigos que anden por los mismos cruces. Sí, porque todos mis oponentes declarados juntos (los de portafolios y camisas a cuadros), no hacen un jabao capirro.
Cuando asumo esta crítica es porque el igualitarismo, que para bien equiparó el estatus del negro con el del blanco, o viceversa, generó conductas hostiles entre razas. Hoy la discordia no es entre amos y esclavos, entre patronos y empleados o entre anexionistas e independentistas. La discriminación que no queremos ver y existe, está oculta en la indiferencia, disimulada entre dientes o de manifiesto en acciones prejuiciosas y complejos de inferioridad.
Bien vale aclarar que hay que extirpar viejos resabios y mestizar también las conductas, cosa de aniquilar legados socialistas tales como: “¡qué carajo se cree el blanquito, o el negrito este!”

Enfoquémoslo desde la perspectiva de ganar espacios, asumir roles y crear las bases para una sociedad civil convergente, desprejuiciada y esterilizada política y moralmente.
Malo, bueno o “regular pal tiempo”, en buena lid me llegó la hora de sentenciar que entre paisanos negros y blancos, chancleteros o con pedigrí, existe un racismo que no vemos. ¿O sí? Hay que auscultarlo para ver si pervive en la hacienda o en los barracones.
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