Lawton, La Habana, 4 de noviembre de 2010, (PD) Las izquierdas y los izquierdosos siempre simpatizan con los países del Tercer Mundo, más si las víctimas son “subiditas de color”. Una desgracia como el terremoto de 9 grados Richter en Chile solo recibirá cobertura por dos días. Ah, pero si es un huracán en New Orleáns o un terremoto en Haití, la vaquita mediática va a dar bastante leche. ¿Por qué? Porque el racismo se ha convertido en un lucrativo negocio for whites only.
El estigma del racismo, aun no erradicado de mentes y corazones, se debió a que desde el siglo XVI hasta la mitad del siglo XX, el mundo, desde las Américas hasta la India, fue gobernado por hombres blancos. Por ende, estos pueblos, dado el modelo económico existente, se convirtieron en algo utilitario y a los ojos de los conquistadores, carentes de cultura.
Aun hoy, History Channel lamenta el incendio a manos cristianas de la biblioteca de Alejandría, pero no habla de los Códices mayas quemados por frailes dominicos en el Petén en 1525, donde se perdieron el cálculo exacto de la circunferencia terrestre y la órbita de Venus alrededor del Sol y el sistema sexagesimal, que tanto hubiera necesitado Isaac Newton dos siglos después.
Entre el final de la Segunda Guerra Mundial e inicios de los años 60, el racismo no era noticia en Times ni en Le Fígaro, ni siquiera en Pravda. Para los racistas países europeos, negros o árabes simplemente no existían. Un ejemplo: busquen un negro en Los Paraguas de Cherburgo. Ni siquiera porque una mulata fue la última emperatriz de los franceses, pusieron un mulatico en el elenco de la película.
Por aquellos años surgió el ansia de esos pueblos por recuperar su dignidad, pero con tan mala suerte que los blancos los volvieron a usar, esta vez para asegurar materias primas o como territorios donde instalar bases militares de donde los blancos rusos jodían a los blancos yanquis o viceversa. Los otros blancos en ambos bandos eran paisaje del Big Picture.
En América Latina, con el advenimiento del régimen de Castro, el terrorismo llamado por los izquierdosos desde entonces revolución y el odio indígena fue un experimento dirigido por los soviéticos y exportado por la GRU (servicio de inteligencia militar soviético) mediante Castro, de la misma forma que manipuló el movimiento hippie en Europa. En América Latina, al igual que los demás blancos, Castro jugó un papel “secundario”.
La CIA, por su parte, exacerbó el nacionalismo donde pudo en el vasto imperio del mal. De todas formas, eran los nativos los que ponían los muertos, no había problemas.
Entonces ¿que demoró en la América Latina este proyecto? Una causa fue la desconfianza del runa (nativo) hacia el blanco, que aunque amistoso, se parecía a Hernán Cortes. La otra, la falta de financiamiento.
¿Quién está detrás de este renacer indígena? El guevarismo preconizado por Correa y comparsa como sustrato ideológico del socialismo del siglo XXI no debe se

r, porque Ché Guevara solo admitió tres quechuas y tres cubanos negros en su guerrilla, el resto eran blancos.
Entonces: Adivíname, adivino, quien es el amo y padrino. Todo apunta a Chávez y a sus otoñales asesores cubanos. Estos probaron en los años 80, con jefes blancos (of course), en Guatemala con un costo aceptable de 275,999 indígenas muertos. La número 276,000 sobrevivió y con el tiempo se convirtió en Premio Nóbel. El hoy atomizado chiapaneco Marcos fue puro turismo sexual para europeas insatisfechas.
El Neandertal demoró en descubrir el fuego, pero a las Cromañonas les tomó menos aprender a cocinar. Así, los asesores siguieron el aprendizaje con los terrucos de Abimael Guzmán, con Felipe Quispe y sus lapidaciones y exitosos bloqueos de carreteras, sino pregunten a Sánchez de Losada, incluso cuando al Ex–simio, se le alborotaron los yaomanis, este les mandó médicos y maestros y aunque no hablen español, los postuló para diputados.
Ahora, Evo Morales Ayma, vestido con el llautú rojo del Inca Pachacutec y bendecido por la Pachamama, comienza la reconquista del Tahuantisuyu, para unir a todos los runas desde la Araucaria hasta Quito y Machu Pichu. Estos infelices son engañados con utopías ridículas por mesías de dos pesetas, pero cuidado, con parecidas promesas en 1980 murieron en los campos de minas iraquíes, cerca de 50,000 niños persas, a quienes Roullah Jomeini mediante una fatwa les había prometido el paraíso de los mártires del Islam.
Por eso, no basta que el Sr. Piñera sea un buen presidente ni prometa una salida al mar al Sr. Evo Morales Ayma. Este no visitó Copiapó por solidaridad con los mineros, ni con Chile, sino como dijo “para rescatar un hijo descarriado” y de paso sembrar la cizaña del racismo en ese país.
Menos mal que Caupolicán hoy hubiera sido tan chileno como cuando se ganó el temor y el respeto de los conquistadores. Puro chileno, como su actual y digno presidente, aunque esto moleste a algunos aprendices de brujo.
paulino.alfonso@yahoo.com