Arroyo Naranjo, La Habana, 11 de noviembre de 2010, (PD) Recuerdo como si fuera hoy el día que Ricardo González Alfonso y yo (creo que Raúl Rivero ya la conocía) conocimos a Claudia Márquez. Fue en octubre del año 2002. Llegó sonriente, muy joven, muy linda, con sus rizos de miel, el pelo recién lavado, sus ojos grandes y aquel vestido que le quedaba tan requetebién. Bueno, en realidad absolutamente todo le quedaba súper bien. Pero no tuvimos mucho tiempo de reparar en sus encantos femeninos. Los que la recomendaron nos habían advertido que era una muchacha muy seria, casada con un dirigente opositor con el que tenía un niño. Y nosotros la habíamos mandado a buscar para que nos sacara las castañas del fuego en la revista De Cuba con el entonces insoluble problema de la computación.
Desde hacía una semana, estábamos desarmados, enredados, náufragos, ante el ordenador, el scanner y la impresora. Luego de mil peripecias, teníamos el equipamiento, pero en aquellos tiempos, perfectos analfabetos informáticos, no sabíamos qué coño hacer con aquellos aparatos que tanto nos costó conseguir y sacar adelante la revista que soñábamos no podía esperar más.
El poeta Raúl lo cuenta así: “Al borde del soneto o del suicidio, o las dos cosas, entró una mañana a los claros del almuerzo, Claudia Márquez, haló la silla y dijo algo así como: caballeros, vamos a meterle a esto…”
Claudia, no era una experta en informática ni nada por el estilo. Apenas empezaba a aprender computación, aprendizaje que compartía con el del idioma inglés. Confesaba que ambas cosas le daban bastante trabajo. Pero con su tenacidad, su afán de aprender y su capacidad de trabajo casi infinita, que ya había demostrado con creces en el Grupo de Trabajo Decoro, se encargó del diseño y la composición computarizada, además de integrar el consejo de redacción como si siempre hubiera sido parte de él. Unas semanas después, salió el primer número de la revista.
Pero el verdadero milagro, la gran sorpresa, nos la dio Claudia, cuando luego de la ola represiva de marzo de 2003, logró lo que a todas luces parecía imposible: sacar el tercer número de la revista De Cuba. Una verdadera hazaña si se tiene en cuenta que Ricardo González, el director, y Raúl Rivero estaban presos, al igual que la mayoría de los colaboradores (entre ellos el marido de Claudia) y el equipamiento había sido confiscado por la policía política, que luego del registro se llevó hasta el papel y las presillas.
Fueron días muy duros. Recuerdo los ojos húmedos de Claudia las veces que nos encontramos por aquellos días. Todos estábamos dispersos, desorientados, sin saber qué iba a pasar. Pero Claudia estaba segura de una cosa: la revista De Cuba tenía que seguir.

Me cuenta el colega Iván García que un día, tras visitar en Villa Marista a su esposo, 15 minutos y con la conversación vigilada por tres oficiales, Claudia llegó a su casa, se desplomó en una butaca y le dijo entre sollozos: “¡Ahora es que hay que editar el tercer número para denunciar todo esto!”
No era fácil ni siquiera decirlo. No había computadora, impresora, fotocopiadoras, scanners. Nada. Hasta que aparecieron unos periodistas españoles, como caídos del cielo, que facilitaron el equipamiento. Claudia contó con la valiosa ayuda de la veterana periodista Tania Quintero, su hijo Iván García y Vladimiro Roca, que había salido de prisión hacía menos de un año. En septiembre de 2003 salió el tercer número de la revista. El editorial, escrito por Claudia, advertía: “Han condenado a muchos periodistas, pero quedamos otros y aunque nos encarcelen a nosotros, otros vendrán a relevarnos y a tomar en sus manos la antorcha de la libertad de prensa”.
Pero aún le quedaba a Claudia por asimilar un golpe quizás más duro que los de la policía política. Algunos integrantes de la Sociedad de Periodistas “Manuel Márquez Sterling” no estuvieron de acuerdo con que Claudia sacara otro número de la revista al estar preso el director y presidente de la Sociedad. Le hicieron una feroz oposición, amenazaron con demandarla por publicar trabajos sin el consentimiento de sus autores. Finalmente, ante tanta incomprensión y egoísmo, tuvo que destruir varias decenas de ejemplares de la revista para que no se creara un cisma dentro de la Sociedad de Periodistas. Sé cuanto sufrió Claudia. En definitiva, hubiera sido preferible el cisma que una sola de sus lágrimas de mujer valiente. Por suerte, tuvo de su lado a Laura Pollán y Blanca Reyes, sus amigas a prueba de bombas.
Hoy, Claudia está en el exilio. Ojala no sea por mucho tiempo más. Sé cuanto extraña las calles de la Habana Vieja. Me gusta pensar que algún día tendré la dicha de volver a trabajar con ella (le prometo que intentaré fumar menos). La mala noticia es que no he adelantado mucho en cuestiones de computación. Me parece escucharla decir como hace ocho años: “Tú verás que sí.” Optimista como es…
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