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SOÑAR Y CREER
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Odelin Alfonso Torna
Periodista independiente. odelinalfonso@yahoo.com 
Por Odelin Alfonso Torna
Publicado el 11/11/2010
 
Arroyo Naranjo, La Habana, noviembre 11 de 2010 (PD) Imaginemos que transitamos por un camino largo y angosto, con una pierna más larga que la otra y que nuestras costillas son hollejos de mandarinas que caen sobre los adoquines.

Imaginémonos desnudos en medio de una parada de autobús, en la cola del banco o en una clase de redacción, regalándole comas y puntos suspensivos al borrador de ese sueño del que nunca despertaremos.

De niño creí que Karl Marx y Friedrich Engels eran los reyes magos del proletariado, la Internacional una canción de cuna y Mao Zedong, humilde entre los humildes. Creí también en el Che Guevara y ese jipido de asma que mermaba sus escaramuzas de guerrillero o despertaba, ante la cobardía y las indisciplinas de algunos en la tropa, sus deseos de halar el gatillo.

Arroyo Naranjo, La Habana, noviembre 11 de 2010 (PD) Imaginemos que transitamos por un camino largo y angosto, con una pierna más larga que la otra y que nuestras costillas son hollejos de mandarinas que caen sobre los adoquines.

Imaginémonos desnudos en medio de una parada de autobús, en la cola del banco o en una clase de redacción, regalándole comas y puntos suspensivos al borrador de ese sueño del que nunca despertaremos.

De niño creí que Karl Marx y Friedrich Engels eran los reyes magos del proletariado, la Internacional una canción de cuna y Mao Zedong, humilde entre los humildes. Creí también en el Che Guevara y ese jipido de asma que mermaba sus escaramuzas de guerrillero o despertaba, ante la cobardía y las indisciplinas de algunos en la tropa, sus deseos de halar el gatillo.

Dejé de creer sólo para creer a coro, contagiarme del qué dirán y fiel a la hoz y el martillo, actuar a base de empujones. Y es que desgraciadamente vivimos en un mundo lleno de gentes que cambian necesidades por apetitos, lo sacrosanto por la pederastia o néctares por barbitúricos.

Tanto las doctrinas políticas como las creencias religiosas quedan relegadas a segundos planos. En este minuto, la mayoría de los terrícolas creen en la dialéctica del consumismo o como le quieran llamar, una afiliación que define quiénes somos y hacia dónde vamos.

Un amigo decía que “Cristo Jesús nos tiene a todos y todos hacemos de su pellejo las tiras de una verdad que nos sumerge en la desobediencia”. Veo razonable esa reflexión. Mi madre fue comunista en la noche y con el alba recogía en la iglesia las ofrendas de los fieles. ¡Perdone la apostasía, señor!

Pero en algo tenemos que creer, o al menos, simular una devoción que luego se va en un duchazo de agua fría. Prefiero creer en los sueños, más bien en esas secuencias del subconsciente que llegan en blanco y negro. Lo digo porque con traje militar azul celeste tuve a Napoleón al borde de mí cama. Esa noche no dormí. En otra madrugada de insomnio, mí difunta abuela se balanceaba en el sillón de la sala, tal y como lo hacía en vida. Bendita compañía. Enhorabuena.

¿Cuántos napoleones nos cautivan hoy con sus discursos? ¿Qué hay de las abuelas que nos velan el sueño desde el más allá?

¡No señor! Es absurdo creer que los talibanes se extirpan con guerras preventivas o que Fidel Castro es el decano de los profetas. He querido entender (no así creer) por qué todas las filosofías terminan en “ismo” y los estatutos son prosas que dictan el sometimiento.

El mundo se polariza hacia el consumismo, ya lo dije, la dependencia por ese producto registrado que nos certifica el estatus social. ¿Llevar un móvil en la cintura y una chaqueta Oscar de la Renta es devoción de necio?

¿Bajo qué bandera se cegó la vida de casi tres mil personas en los ataques al World Trade Center?

El mundo debe saber que los recursos se agotan, las crisis se acrecientan y el augurio de una tercera guerra mundial será otro descocido en nuestros bolsillos. Patético creer que William Henry Gates (el Bill de Microsoft) aún no tenga en sus creaciones el software para combatir el hambre y la indigencia. ¡Como nos gustaría!

Las creencias nacen, proliferan para el bien o el mal y luego, en la mayoría de los sujetos, se esfuman. Hay tanto éxodo en los politiqueros como en los religiosos, aún cuando se sabe que ningún proselitismo viene esterilizado del todo. Nadie es inmerecido por lo que hace o cree. Ninguna regla se dicta poniendo en tela de juicio nuestros apetitos y fantasías personales.

Decía un eminente orador, ensayista y escritor canónico del siglo XIX cubano, Tristán de Jesús Medina, refiriéndose al pintor de ángeles Giovanni Angélico: “Toda la grandeza del Beato Angélico procede de no haber tenido reglas para su arte, de no haber respetado servilmente el canon conocido; de haberse buscado primero a sí mismo, su vida y su fuerza para ser creador y revelador en la obra que había creado”.

Si de creación hablamos, nada más semejante a los sueños que la ciencia y la materia en función del bien y por qué no, las nuevas tecnologías de la información. Esa enorme bitácora llamada Internet nos ha ayudado a desmontar creencias y mitos, a ser individuos mejor informados e independientes.

Por eso les pasé el borrador a algunos de mis héroes, después de ver la imagen del Che prostituirse en una boutique o en una simple tienda de souvenir de la calle Obispo, en La Habana Vieja. A otros héroes los escondí detrás de las cortinas, hasta tanto la historiografía me hable de las verdes y deje de resaltar las maduras.

Deduzco entonces que nadie puede asegurar que los mayas e incas adoraban sus monumentales obras, los egipcios las pirámides y Pitágoras su teoría.

He soñado en reiteradas ocasiones que me bajo de un ómnibus y mi hija menor queda atorada entre el tumulto que sube por la puerta trasera. Lanzo gritos y corro tras el ómnibus que se pierde en un despertar brusco. Son señales de aviso, dicen, de alguien que un día cambiará sus actitudes, su belleza, su manera de pensar o creer en lo bienaventurada o no que será su adultez.

Tomemos nota mientras el orden, o el desorden mundial, nos tocan a la puerta. Es la capacidad de reflexionar, de ver u opinar quien define las creencias. Así dios -todo amor- se crece entre sus fieles, la doctrina del consumismo gana sus adeptos. Cuando se detenga el crono de la vida, entonces dejaremos de creer.
odelinalfonso@yahoo.com