Lawton, La Habana, 25 de noviembre de 2010, (PD) No teman, no voy hacer el panegírico de algún representante diplomático. En Castrolandia, estos son desconocidos para el 99.9 % de mi pueblo, algo parecido al resultado de una prueba de ADN de las que hacen a los forenses de CSI, casi todos los domingos en televisión.
Por esta vez, voy a dar vacaciones al Aspirante y al Anciano Nigromante porque ambos deben estar muy ocupados en el montaje de su nuevo culebrón “Ahora sí vamos a construir el Castrocapitalismo”.
Para descanso mío, me referiré al mejor embajador que ha enviado el Foreign Office en 53 años a Castrolandia: el HMS Manchester.

Veterano destructor de la Royal Navy, realiza su viaje de despedida, después de prestar innumerables servicios a su patria y a la democracia por 60 años, para descansar como las personas de bien, no como tiranuelos que pretenden con brujos, pócimas o sabe Dios qué injertos, alargar sus patéticas existencias.
El Manchester se va a descansar con un bello y extenso palmarés en los que de seguro no se hallarán barcos hundidos con niños abordo ni infelices ametrallados. Se va como guerrero que ha defendido sus colores con gallardía y honor. Su penúltimo destino fue ponérsela difícil a los narcotraficantes, esos barones de la muerte que envenenan y destruyen a la juventud mundial.
¿Por qué titulé esta crónica así? Porque el pueblo, sin ser convocado con himnos y arengas, acudió de modo espontáneo a la corta visita que la prensa castrista anunciara solo por Radio Reloj. La alegría en la cola para visitar el barco era algo digno de ver.
Una recelosa afrodita mulata me preguntó: “¿Y dejan tirar fotos?” Al responderle que si, gritó a la muchachita de la familia que la acompañaba: “Ve hasta la casa y trae la camarita que estos no son como los rusos”. Ante esto, le pregunté a la Venus tropical: “¿Qué tienen que ver los rusos en esto, señora?” Y me contestó: “Mire, señor, yo vivo en un solar a tres cuadras de aquí, así que imagínese cuantos barcos yo he visitado, pero como todos eran rusos, no dejaban sacar fotos ni de los cocineros y además estaban tan serios los pobrecitos que parecía que estaban bravos o tenían dolor de estomago”.

Baste decir que la cola se rió completa y todo siguió bien hasta que llegaron los alumnos del MININT, que en un número bastante grande y sin hacer cola, pasaron para ver el barco enemigo, con la consabida protesta de la población.
Al fin logramos entrar y una sola cosa llamó poderosamente mi atención: la sonrisa de todos los Brits (apodo que dan los yankees a los soldados o marinos británicos). No eran las sonrisas impostadas de las tenderas de Palco ni las carpeteras del Meliá, era salida del alma. No sabían que más hacer para agradarnos. Como hablo bastante bien el inglés, pregunté a un marine, el por qué de esa actitud y su respuesta me dejó aturdido: “Because your people looks so sad, sir”(“Porque su pueblo luce tan triste, señor”).
Huelga decir que tomé cuantas fotos quise y a quien quise, excepto a unos guardias castristas que me dijeron que no se les podía retratar. Como tenían el rostro como a priori dijo la monumental mulata que la tenían los rusos, me dije: ¿Para qué enlutar una tarde feliz con rostros lombrosianos, que más que otra cosa daban lástima?
Así las cosas, me despedí de esos magníficos y bravos marinos con la sonrisa mas grande que tengo para los amigos y enrumbé con un cubano y su hijo a repartir lo bien que no sentíamos con todo lo que pudimos. Thanks a lot, HMS Manchester, Godspeed
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Fotos: Paulino Alfonso