Todo parece indicar que con el nuevo congreso, llamado por Juan Pueblo ‘congreso de los milagros’, la clase dirigente cubana pretende retirarse en paz y de paso, dejar un legado de riqueza mal habida e influencias a sus legatarios más cercanos.
Carece de lógica que el régimen cubano consiga en los próximos cinco años, desde 2011 hasta 2016, lo que no consiguió en cinco congresos, cinco planes quinquenales y más de cincuenta años transcurridos. Entonces, sólo se trata de que la gerontocracia castrista muera en paz en su camita y bien aferrada al poder. Se trata también de amarrarlo todo, para que los herederos reciban las ruinas del país y a ver que consiguen hacer con todo esto.
En 2016, Raúl Castro tendrá (si llega) 85 años y su hermano mayor, Fidel, 90. Es posible que ninguno de los dos esté presente para justificar o explicar el próximo fracaso. Entonces, sólo queda dejar las cosas arregladas para los deudos. Aunque se trate del patrimonio de la nación y este sea un legado ajeno. Cincuenta años y más de nepotismo y corrupción, han dejado esta inevitable secuela.
Para ellos, se impone ganar tiempo y lo más cercano a la solución será disponerlo todo para que los deudos reciban el legado que ciertamente no les pertenece. Un legado ajeno que pertenece a todos los cubanos y a la nación en ruinas que dejan tras sí.
PD