
Lawton, La Habana, 2 de diciembre de 2010, (PD) A Manuel Vázquez Portal lo conocí cuando dirigía el Grupo Decoro. Ya era todo un veterano de la prensa nacional independiente. Fue de los que sentó escuela con su estilo literario y su vuelo estético, que convirtió en meta para muchos periodistas independientes. Sus imágenes eran depositarias de una poesía depurada con un nivel estético que se fue por encima de la media de aquel momento. Aportó belleza, sin edulcorar la triste realidad que le tocó describir.
Desde su esquina, dejó crónicas que en la actualidad son hitos referenciales de un estilo periodístico literario nacional. Manolo llegó a La Habana como llegan casi todos los provincianos. Vino a conquistarla y La Habana terminó conquistándolo. En la capital recibió galardones y requiebros de la cultura oficial. Podría ser hoy uno de los santones del panteón oficialista, pero su bonhomía y su sentido del decoro lo traicionó y terminó proscrito, calumniado, perseguido, finalmente exilado, pero feliz.
Sé que escribió libros y fundó una familia, quizás más de una. Tuvo hijos a los que supo amar y pasó por todos los episodios galantes, etílicos, contenciosos y viriles de los tiempos del cólera castrista. También, el furioso vendaval representado por pistolas y uniformes en fase represiva contra su poesía y su prosa calificada, entonces y después, como peligrosa y subversiva. De desgarramiento en desgarramiento, superó la rotura del refrigerador familiar y la angustia subsiguiente de la mujer a cargo en casa.

Manolo creció en el juicio a que fue sometido en aquella Primavera Negra, pero creció más porque no pudo dejar de escribir desde la prisión. Fue pionero de la saga que siguieron periodistas como Adolfo Fernández Sainz y Pedro Arguelles Morán y activistas que no fueron precisamente periodistas como Félix Navarro y Ángel Moya Acosta.
Le recuerdo molesto y receloso, porque luego de escribir y distribuir un samizdat, recordó que disfrutaba una licencia extrapenal. La travesura podía costarle cara tanto a él, como a la familia. Sólo imaginen que las autoridades decidieran no permitirle viajar o simplemente devolverlo a prisión. Pero Manolo no resistió la tentación de escribir lo prohibido y para colmar la copa, distribuirlo impreso entre unos libreros cuentapropistas y por supuesto, independientes.
De vuelta con los estilos y las herencias, Manolo el buen socio, que fue además poeta y periodista, escribió cosas que emocionaron. No pidió prestado a nadie. No construyó frases ingeniosas ni imitó a clásicos consagrados, sabía conmover. Su obra fluyó con la naturalidad de la oración afirmativa sencilla, pero genial. Como solía decir, siempre le quedaba más en casa.
A Manuel Vázquez Portal, galardonado por la cultura oficial en su momento y reconocido por su postura valiente frente a la adversidad por el Comité de Protección de Periodistas de New York, lo recuerdo frente a una gigantesca perga de cerveza en la piloto cervecera de 23 y 18 en el Vedado. Optimista y sincero, me dijo que esperaba lo peor. Fue una fría tarde de febrero de 2003. Estaba claro. Pero ya todo pasó. Que Dios te bendiga, colega.
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