Managua, La Habana, 2 de diciembre de 2010, (PD) En unas semanas diremos adiós al año que termina y los cubanos recibiremos el nuevo con la inquietante sospecha de que cualquier cambio será para peor.
Hoy, a la creciente escasez de los alimentos y a la corrupción que nos desangra, se le suma la violencia que ya cobra un número importante de víctimas.
Parece que el modelo cubano ahora tiene muy poco que ofrecer a los pobres del mundo y la izquierda latinoamericana ha preferido escoger a “la nueva” Venezuela como el ejemplo a seguir con su Socialismo del Siglo XXI.
Sin el ánimo de seguir compadeciendo a esos pobres, porque ya con los nuestros tenemos bastante, el tema de vivir en una crisis permanente es muy serio, sobre todo cuando se acercan las festividades navideñas.
Carmen, de 56 años no recuerda haber pasado unas navidades como las que le contaban sus padres y abuelos: “Dicen que se mataba un lechón y que se mataba una ternera y toda esa carne se servía en una mesa grande, acompañada de arroz, frijoles, viandas y luego los buñuelos, (dulces típicos de navidad). Allí comía la familia y todos los vecinos allegados y todo el que llegara también. ¡Tú te imaginas! Nosotros en una mesa con todo eso para comer hasta que revientes. Es como un sueño.”
Los abuelos de Carmen eran campesinos, vivían en una zona rural de la provincia Habana, y la época a la que se referían sus relatos se remontaba a los años 40 del siglo pasado.

José, de 60 años, tiene planes de viajar a España, después de haberse acogido a la ciudadanía de su abuelo: “Dicen que allá no hay trabajo, pero si me va bien, salgo de esto. Aquí nadie tiene gusto para nada. Llevamos muchos años padeciendo penurias”. De las navidades comenta: “Eso aquí no existe. Recuerdo que cuando era niño, la gente adornaba con luces los jardines de sus casas. Y nadie tocaba nada. Ahora atrévete a poner una guirnalda con foquitos en el exterior de tu casa, que te la roban, no dura nada. Eso es producto de la deformación que sufrimos, de la delincuencia barata que tenemos.”
Ana, su esposa, de 44 años, afirma no saber cómo es una fiesta de navidad. “Yo no sé que cosa es eso, es más ni me lo imagino. Lo que conozco es lo que hacemos aquí, una comida de fin de año cuando podemos. Quizás ahora si José me lleva para España, veré algo antes de morirme.”
Caridad, de 70 años, se molesta cuando le pregunto qué planes tiene para esta navidad:
“¡Qué navidad ni que nada! Todos los años hacía dulces para brindarles a mis hijos. Pero este año ni eso. ¿Con qué azúcar? Tú sabes que no se consigue por ninguna parte, y con las míseras libritas que tocan por la libreta no puedes hacer nada. Eso no te alcanza ni para tomarte un vaso de agua con azúcar al día durante el mes”.
“Llevamos 51 años de crisis. Aquí los éxitos solo se ven en el Noticiero de Televisión. Eso y todo lo demás que te digan es mentira”, comentó la anciana.
La crisis de vivir en una perenne crisis oferta los descalabros que en todos los ámbitos vive la nación. Pero lo más grave es que quienes la dirigen quieren continuar haciéndolo aunque nadie parezca tenerles confianza, y a pesar de la apatía y el visible deseo de escapar en las nuevas generaciones.
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