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GALLOS PRESIDENCIALES
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Rogelio Fabio Hurtado
Periodista independiente.

rhur46@yahoo.com  
Por Rogelio Fabio Hurtado
Publicado el 2/12/2010
 
Marianao, La Habana, 2 de diciembre de 2010, (PD) Giraldo, un gallero de Santa Amalia, atribuía sus rachas de mala suerte a que tenía atrás no a uno, sino a los 600 millones de chinos, cifra redonda que se le calculaba entonces a la población de la República Popular China. Hoy, Cuba tiene a uno solo, pero lo peor es que está al frente del país.

Por cierto, aunque a este “narra” también le apasionan los gallos finos, no se ha decidido a incluir ese oficio en el listado de actividades por cuenta propia que sus Altezas permiten, acaso para no poner a sus lugartenientes Valdés y García en el trance de presentarse a solicitar las respectivas licencias. Si en otras ocasiones lo he molestado, hoy voy a darle por la vena del gusto.

Marianao, La Habana, 2 de diciembre de 2010, (PD) Giraldo, un gallero de Santa Amalia, atribuía sus rachas de mala suerte a que tenía atrás no a uno, sino a los 600 millones de chinos, cifra redonda que se le calculaba entonces a la población de la República Popular China. Hoy, Cuba tiene a uno solo, pero lo peor es que está al frente del país.

Por cierto, aunque a este “narra” también le apasionan los gallos finos, no se ha decidido a incluir ese oficio en el listado de actividades por cuenta propia que sus Altezas permiten, acaso para no poner a sus lugartenientes Valdés y García en el trance de presentarse a solicitar las respectivas licencias. Si en otras ocasiones lo he molestado, hoy voy a darle por la vena del gusto.

Otro presidente nuestro, a quien también apodaban El Chino, el Dr. Alfredo Zayas y Alfonso, compartió el gusto por estos animales de lidia, al punto que legó un pie de cría que aún en los años 60 llevaba su nombre: hablar de un Pinto Zayitas era garantizar el brío y la bravura del animal.

A uno de sus sucesores, el Coronel Mendieta y Montefur, le agradecen los conocedores un regio linaje de gallos canelos.

El señor Félix Prado, un matancero, de jipi-japa y peticetro humeante entre los ensortijados dedos, atesoraba en su gallería de la Avenida de Santa Amalia ejemplares de ambas estirpes. Cuando alguno de estos ilustres peleadores salía malparado de una lidia, prohibía a los muchachos que trabajaban con él que los llevasen para curarlos en sus casas. Prefería sacrificarlos a correr el riesgo de que, echados a padrear con gallinas descastadas, degradasen la cría. No siempre lo logró y así algunas humildes vallitas clandestinas conocieron de la clase de estos bichos presidenciales.

Su mejor discípulo, Giraldo Scull Zuaznábar, un colocador de espuelas de manos privilegiadas, a quien Prado llamaba el Negro, nos contó de una noche que Prado lo llevó al campamento militar de Columbia para echar uno de aquellos portentos contra un gallo del General Batista, cuyo gallero era el célebre pelotero Pedro Formental. La valla se improvisó bajo una tienda de campaña, con sillas de tijera colocadas alrededor del círculo de aserrín. El Mendieta de Prado despachó al Indio de Formental y entonces Batista llamó a Giraldo y le pidió que le preguntase a Prado cuánto quería por su gallo, a lo que este respondió que ese gallo no tenía precio, que prefería tener el honor de regalárselo al General.

Una pelea que hizo época
Las vallas de gallos, el Hipódromo y la Lotería sobrevivieron al cierre de los grandes casinos de juego, incluso conocieron cierto auge con la euforia de los primeros años revolucionarios y la arribazón de campesinos orientales que acompañó al nuevo Ejército. Con ellos apareció en la capital un temible Giro, llamado Sosa Blanco, que a su paso a través de la Isla no había dejado gallo vivo. Para detener a aquel invasor advenedizo, Prado le opuso a su mejor guerrero, un gallo corredor de blanco plumaje apodado Blanca Rosa Gil. El combate se pactó en la Valla Nacional – a media cuadra de la Esquina de Tejas- con una coima de muchas monedas puestas en juego por los partidarios de ambas regiones.

Tras los primeros revuelos, fueron al picoteo, sin aventajarse. Cuando Blanca Rosa, se desprendió a dar vueltas, Sosa en vez de agotarse persiguiéndolo, se plantó a esperarlo en el centro de la valla. No tuvo otra salida el de Prado que aceptarle la pelea brava, pico contra pico y tiro contra tiro, mientras las gradas se venían abajo de logros vociferados, tan pronto a favor como en contra de ambos gallos, que abajo se batían con saña, solitarios en el círculo de aserrín. De súbito, Sosa hizo saltar a Blanca Rosa como un juguete roto. La sangre surtió de su perforada arteria como de un espray sobre las guayaberas y los driles de quienes ocupaban las butacas a la orilla de la valla.

Meses después, cuando el invicto Sosa volvió a cantar en La Habana, Prado le tenía listo un Canelo Mendieta que vengó a Blanca Rosa.

Las vallas funcionaron hasta la llamada Ofensiva Revolucionaria de Marzo de 1968. Prado mantuvo su gallería en la Avenida de Santa Amalia porque no quiso ni pudo sacrificar por gusto a sus espléndidos gallos de pelea. Poco más de un año después, una mujer trigueña y delgada, vestida de verde olivo, se apareció una mañana en su casa de la calle Churruca. Venía a pedirle que la ayudase a fomentar la cría de gallos finos para que CUBALSE los vendiese en México, Colombia y Centroamérica. Así fue que Félix Prado y Celia Sánchez Manduley salvaron de la extinción a los mejores gallos finos cubanos.
rhur46@yahoo.com