
Centro Habana, La Habana, 16 de diciembre de 2010, (PD) “Cerrar podrá mis ojos una cruel polvareda”, fue la frase poética, premonitoria, que legó a su comunidad el bardo-constructor Francisco de ¿qué vedo?, antes de morir asfixiado por el polvo.
Pero lo hermoso de esta historia “contada por los casas” y por quienes las habitan en el poblado de Gaspar, allá en Ciego de Ávila, está en que pese a su desenlace fatal por quedar hecha polvo la senda que conduce hacia el infierno, no han perdido la fe en ser rescatados de esa “luz polvorienta” que los hace confundir a un ser humano con un buey.
Según cuenta una bien empolvada gaspareña, la polvareda comenzó cuando dejando a un lado el criterio de los vecinos de la localidad, un grupo de expertos en separaciones, chapucerías, despilfarros y otras especialidades constructivas, decidió asfaltar un kilómetro y medio de camino para cumplir el plan de una obra de choque.
Y aunque el compromiso exigía sólo pintarle rayas como cebras a los chanchos de un plan porcino municipal, colgar guirnaldas en las matas de cocos, y correr en sacos por los baches del terraplén de la comunidad, decidieron asfaltar la senda e incluir un separador de vías con una excelente colección de amapolas y ficus.
¡Ni Nabocodunosor II pudo construir en Babilonia un jardín para su esposa Amitys como el levantado en una senda polvorienta para los habitantes de Gaspar!
Fíjense si es así, que sólo en macetas, alquiler del carretón tirado por caballos, tierras de El Edén (barrio marginal de la comunidad El sopapo), y abono traído de Tegucigalpa, allí en Honduras, el conjunto costó 50 000 pesos cubanos, equivalentes a cerca de 20 000 dólares al cambio en territorio nacional.
Pero no obstante al genial diseño de los especialistas, a la entrega de los constructores, y a la culminación en tiempo de la obra, transcurridos tres meses los polvos se adueñaron de las sendas, y los vecinos viven a puertas cerradas y a pulmón abierto a los padecimientos respiratorios y alérgicos, provocados por el torbellino de polvos que recorre de forma permanente el pueblo de Gaspar.
Este criterio de los vecinos, sumado a la opinión de una gaspareña que añade: “Y para colmo, ya no existen ni amapolas ni ficus. Todos fueron arrancados o chapeados por Servicios Comunales”, es una muestra de la libertad de expresar el último deseo antes de sucumbir ahogados por el polvo.
No obstante a esta innegable realidad, su reclamos no caerán en saco roto, más allá del empolvado pesimismo reflejado en los versos testamentales del bardo- constructor Francisco de ¿qué vedo?, cuando expresó:
“Ayer se fue/ mañana no ha llegado/ hoy está “polvoriento” sin parar un minuto. / Soy un fue y una será: ¡un empolvado!
Así que no se desesperen, anímense, resistan por cinco años más el exceso de polvos y la ausencia de sendas, pues según mi autorizada opinión nadie muere de tos en esta Isla.
Porque como aseguro yo, Nefasto “El polvoriento”: “polvo serán, más polvo envenenado”
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