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SOCIEDAD CIVIL EN CUBA
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Rogelio Fabio Hurtado
Periodista independiente.

rhur46@yahoo.com  
Por Rogelio Fabio Hurtado
Publicado el 10/09/2009
 
La eminente humanista cubana María del Carmen Barcia (La Habana 1939) con su libro Capas populares y modernidad en Cuba (1878-1930) editado por la Fundación Fernando Ortiz dentro de su colección La Fuente Viva (24) ha puesto al alcance de todos los interesados en los temas nacionales un estudio de nuestro pasado tan rico y bien escrito que participa de hecho en las más enconadas polémicas del presente, como son la problemática racial, el desarrollo de la mujer y las relaciones entre la sociedad civil y el aparato estatal

La eminente humanista cubana María del Carmen Barcia (La Habana 1939) con su libro Capas populares y modernidad en Cuba (1878-1930) editado por la Fundación Fernando Ortiz dentro de su colección La Fuente Viva (24) ha puesto al alcance de todos los interesados en los temas nacionales un estudio de nuestro pasado tan rico y bien escrito que participa de hecho en las más enconadas polémicas del presente, como son la problemática racial, el desarrollo de la mujer y las relaciones entre la sociedad civil y el aparato estatal

De más está decir que cada una de estas temáticas se fundamenta en el riguroso pesquisaje de fuentes bibliográficas y documentales, al que se agrega un material gráfico por momentos casi subversivo – ver en su página 177 la imagen de la bien surtida bodega de la que fueron propietarios el padre y el tío de la autora, “coruñeses llegados a Cuba en la segunda década del siglo XX”). Asimismo, son de agradecer la claridad de sus ilustraciones.

El libro evidencia la pluralidad y relativa autonomía de las asociaciones que funcionaron aún bajo el dominio colonial español, en agudo contraste con la ausencia de ellas en la actualidad, tras 50 años de un régimen que se dice socialista, cuando en la práctica se parece más a una monarquía absoluta, que se enmascara tras los postulados del Socialismo marxista, desvirtuados desde 1924 por Stalin. La Dra. Barcia no plasma esta conclusión en su libro, pero le agradezco que me la haya confirmado, mediante la aplicación como lector de la hemingweyana técnica del iceberg.

En cuanto al tema racial, demuestra la plena vigencia entre los negros y mestizos de una fuerte conciencia de sus valores y derechos, en fecha muy anterior a 1959, por si alguien cree ser el Mesías ante quien ellos deban postrarse incondicionalmente agradecidos. Demuestra el libro la coincidencia total de aquellas sociedades de negros y mestizos en rechazar la herencia africana:

“ Los recuerdos, los usos y las costumbres de África, podrán permitirse, cuando más a nuestros queridos e infelices padres, nacidos allá en las abruptas regiones del Congo, del Senegal y de la Chimbabais; sí, para ellos, a quienes la más inicua e inhumana institución, la esclavitud(…)no les permitió abrir el libro y buscar en sus brillantes páginas un consuelo para las tristezas de la patria ausente y la luz para libertar su espíritu y su inteligencia(…)Pero nosotros, los que hemos nacido en esta porción, la más hermosa de la culta y hermosa América, nosotros que nada absolutamente le debemos al África, cuna de nuestros padres, nosotros, que protestamos airados porque se nos tiene en condiciones depresivas(…) nosotros que hemos contribuido con nuestro esfuerzo(…)a constituir aquí una nacionalidad(…)nosotros seríamos unos renegados, unos apóstatas, si no nos pusiésemos de frente, dispuestos a librar ruda batalla, a todo lo que desdiga de lo que es cultura, de lo que es civismo, de lo que es amor a lo bueno y a lo bello” (El negro Falucho, “Ser o no ser”, “El nuevo Criollo, la Habana, 22 de octubre de 1904 (pág. 144-45,op cit.)

Me he permitido extenderme en la cita precisamente porque aquella actitud, que identificaba al desarrollo y al progreso con la apropiación de los valores de la cultura blanca, han sido posteriormente cuestionados por grupos radicales, que optan por la restauración de la africanía autóctona, cosa harto improbable en realidad, pues la realidad de la propia África también ha cambiado desde entonces.
Aporta elementos valiosos para examinar los antecedentes del Partido de los Independientes de Color, su protesta armada que devino en matanza y la postura de la élite negra cubana de rechazo a la violencia. Por cierto, hasta el presente tenía entendido que el padre del poeta Nicolás Guillén, entonces senador por el Partido Liberal, había sido una de las víctimas de esa mal llamada “guerrita de los negros” y encuentro en este libro su nombre entre los firmantes de un documento redactado por Juan Gualberto Gómez “donde se insistía en la necesidad de la unión y armonía entre blancos y negros y expresaba su oposición al movimiento insurreccional”, datos estos que ponen en entredicho las circunstancias en las que perdió la vida el padre del gran poeta.

Culmina el texto con unos precisos análisis demográficos basados en los censos de 1899, 1907 y 1919 y su capítulo final lo consagra a las polémicas feministas en Cuba a principios del pasado siglo XX.

Un libro de agradecer, tanto por lo que dice explícitamente como por todo lo que sugiere implícitamente.
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