Marianao, La Habana, 17 de septiembre de 2009, (PD) La telenovela cubana Diana, escrita y dirigida por el talentoso Rudy Mora, ha conseguido algo insólito: arrastrar a la polémica a los dos principales periódicos del País. Mientras en el Granma Pedro de la Hoz la deplora, la gente de Juventud Rebelde la exalta. Más sorprendente aún es el hecho de que los aspectos que merecen el aplauso de los segundos, sean los mismos que rechaza el primero, sobre todo su tajante realismo, que bien merece el adjetivo de crítico, tan raro en nuestra pequeña pantalla. Por su parte, el reseñador del periódico Trabajadores ha optado por una neutralidad que, en este caso, favorece a la telenovela.
Mora, que no es un debutante, ha intentado renovar el canon estético del género en todos los sentidos, retando los moldes trillados, donde el televidente hembra se siente a sus anchas. Diana no está hecha para evadirse de la realidad cubana actual, sino para ponerla en evidencia; acaso sea por eso que el órgano oficial no pueda verla con buenos ojos.
Para quienes nos leen y no tienen acceso a nuestro Canal 6, la describiré grosso modo. Diana nos pone ante la cotidianidad de alrededor de 18 habaneros, relativamente jóvenes en su mayoría, quienes intentan sacar adelante sus vidas, en las condiciones adversas que les impone el medio. Su personaje central es un joven tabaquero, divorciado con un hijo, afectado por una seria disfunción oral: el muchacho es gago a matarse, enamorado y más explosivo que razonable. Su padre, un viejo cascarrabias, muere al final del capítulo inicial, a consecuencias de una discusión con un joven vecino por el motor del agua del edificio multifamiliar donde residen. El gago se queda solo en el apartamento, pero enseguida aparece su hermano menor, Felipe, quien acude a reclamar su derecho a la vivienda, instigado por su compañera. Así, Fernando, que es el nombre del tartamudo, se ve empujado al despacioso laberinto de los trámites para legalizar la propiedad del apartamiento. Aparte de esto, dedica su tiempo libre a buscar pareja estable y a intentar no perder a su hijo, cuya madre y nuevo compañero cooperan a esto lo menos que pueden.

El otro ámbito de la narración radica en la familia que convive con los respectivos matrimonios de su hija e hijo, hacinados en una casa de tres cuartos pequeños y un solo baño, 8 personas, incluyendo a los nietos y eventualmente a la suegra de la hija, una guajira campechana que no se muerde la lengua. El viejo padre de familia sufre la impotencia para controlar el egoísmo agresivo de su hija, quien no se lleva ni con la cuñada ni con su suegra. Por su parte, la cuñada cela ferozmente al marido, con quien a duras penas puede disfrutar la intimidad, dada la presencia en la misma habitación del hijo/a. Estas pésimas condiciones de vida las hemos sobrellevado durante 50 años y es la primera vez que una telenovela las pone en la picota. Incluso quienes objetan su contenido, coinciden en reconocer el excelente nivel del elenco que la protagoniza.
Por supuesto, no abarca todos nuestros problemas sociales, de hecho ninguna teleserie podría hacerlo, pero plasma con verismo los que enfoca. Evita tratar los conflictos que impactan a los más pobres (cárcel, racismo) y tampoco aborda la creciente corrupción administrativa, presente sobre todo entre la élite de gobierno. Huelga señalar que ningún personaje expresa criterios políticos, ni en pro ni en contra.
Hay otro aspecto, donde ni siquiera Rudy Mora se atreve a penetrar: el Partido es invisible. Se trata de una convención propia del arte y la literatura soviéticas; pese al carácter rector ejercido a todos los niveles por el aparato partidista, su concreción efectiva en la esfera artística jamás se produce, ni siquiera para abrumarlo de alabanzas, tal vez porque las interpretarían como irónicas.
Aventuraré otra conjetura: la ausencia del Partido, tanto en las obras soviéticas como en las cubanas, obedece simplemente a que, en realidad, el Partido es, o se ha vuelto con el paso de los años, una entelequia absolutamente vacía de contenido efectivo para las existencias reales de todos los ciudadanos. En tal caso, retiro lo dicho y me inclino ante la visión de los realizadores.
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