El Calvario, La Habana, 17 de septiembre de 2009, (PD) Por estos días, se siente la preocupación a nivel internacional, por cierto bastante desmedida, acerca del concierto del cantautor colombiano Juanes en la Habana. Yo no me preocuparía tanto. A decir verdad, me alegra. Miles de cubanos tendrán la oportunidad de disfrutar las canciones en vivo de intérpretes de fama internacional.

Puede que el gobierno politice el espectáculo, pero para mí, más que una atracción tiene un grave problema. Si Juanes viene, la asistencia en la plaza no será como en los desfiles del primero de mayo: “un pueblo de trabajadores, que organizado, grita consignas y marcha en bloques frente al líder, que con la mano en alto los saluda”. La presencia de las masas allí, no será un acto de apoyo a la revolución.

A través de mi correo electrónico llega la opinión de muchos acerca de si Juanes debe venir o no a la Isla, y los supuestos beneficios que su visita le traería al gobierno. Hasta ahora han hecho pocas referencias al concierto del cantante, ni han lanzado ni una sola convocatoria. Si se materializa el hecho, creo que la noticia será de último momento.
A mi entender, por dos razones los medios oficiales no hablan del tema, ni tan siquiera para referirse a la actitud hostil de “la mafia anticubana de Miami”. Una, no ilusionar al pueblo, si el cantante se arrepiente. Dos, evitar la aglomeración de las masas enardecidas. Me inclino más por la segunda.

Confieso que quisiera ver que hace el gobierno para controlar a los miles de cubanos que botella en mano, irán a disfrutar de las canciones de Juanes y Olga Tañon en la plaza. Tan sólo de pensarlo, me muero de la risa.

De vez en cuando, en los barrios periféricos de la capital, una orquesta de música timba prácticamente desconocida en la farándula, da un concierto. No hay anuncios en la prensa ni en la radio, pero el sitio se llena de personas de todas las localidades aledañas. No importa que haya cuatro o cinco camiones de las brigadas especiales de la policía, el grupo jamás puede terminar su repertorio. Una riña tumultuaria pone punto final al espectáculo.

Si eso sucede con una orquesta solamente conocida en su casa, imagínense que pasará cuando los “alcoholes” se suban a la cabeza en un concierto de músicos de fama internacional. El gobierno está conciente que tiene ciudadanos instruidos pero muy indisciplinados. Eso si es un problema.

Me imagino que los infiltrados de la Seguridad cubana en Miami, le echen leña al fuego para que Juanes se arrepienta de su viajecito. De todas formas, de una cosa puede estar seguro el cantante: si toca en la Habana, no compartirá con el pueblo cubano.
Ese día la plaza estará sitiada, llena de miembros de la Fuerzas Armadas Revolucionarias, del Ministerio Interior, de la Seguridad del Estado, altos dirigentes del Partido y de la Unión de Jóvenes Comunistas, todos vestidos de civil.
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