DOS PUNTOS EXTREMOS
- Por Laritza Diversent
- Publicado 23/10/2009
- Sociedad
- No valorado
Laritza Diversent
Periodista independiente. laritzadiversent@yahoo.es
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El Calvario, La Habana, octubre 22 de 2009 (PD) Dos puntos extremos han propiciado las ilegalidades y la corrupción en Cuba. De un lado, las necesidades económicas. Del otro, el exceso de prohibiciones. Es necesario que haya leyes que mantengan un determinado orden social. ¿Pero qué pasa si esas leyes van contra el instinto humano de supervivencia?
Tania y José son un matrimonio de jóvenes que tiene dos hijos. El trabaja en comunales y ella es ama de casa. Sin embargo, el salario de José no alcanza para sostener las cargas económicas del hogar. De forma alternativa y simultánea, José recolecta la chatarra que encuentra a su paso para luego venderlas en las casas de materia prima habilitadas por el Estado. Pero estas instituciones nunca tienen dinero para pagar.
La situación en casa empeora y a Tania no le quedó más opción que dedicarse a la venta callejera. Todas las mañanas, después que los niños están en la escuela, sale cargada con jarros de aluminio, escobas, haraganes, palitos de tendera, lo que consiga en las fábricas clandestinas o en el mercado industrial, y no regresa hasta la tarde
Ella está consciente de que incurre en una acción ilegal. Ha tenido que esconderse para evitar las redadas policiales contra los revendedores. Otras veces no ha tenido mucha suerte. Le han decomisado la mercancía e impuesto una multa.

“Pero ha sido peor el remedio que la enfermedad”, me comenta Tania. “Tengo que buscar más mercancías para poder pagar la multa y reponer las pérdidas sufridas por el decomiso”. La multa, como sanción penal, en estos casos, ha perdido todo su valor reeducativo.
No obstante, la joven no entiende por qué prohíben la reventa. Confiesa que no le gusta lo que hace: “¿Crees que me gusta andar como una ferretería ambulante? Pero prefiero eso antes que robar o prostituirme. ¿A quién hago daño? Solo intento sostener a mis hijos”.
Tania tiene toda la razón. Lo que hace no representa un peligro para la tranquilidad ciudadana. Sin embargo, los negocios individuales están vedados para los particulares. Por supuesto, si tienen nacionalidad cubana.
Cuando más, se puede ser cuentapropista, siempre que se tenga licencia, no explote mano de obra ajena y pague el impuesto sobre la renta. Nadie imagine que en Cuba un ciudadano puede tener una pequeña o mediana empresa. Nada de compras al por mayor ni precios mayoristas.
Sin embargo, la población realiza operación de producción, distribución y venta de bienes y servicios para satisfacer sus necesidades al margen de la ley, no por desobedientes o indisciplinados, sino simplemente porque somos humanos y la supervivencia es instinto innato de nuestra especie.
En nuestro sistema económico, el Estado es el único responsable de realizar negocios, explotar el trabajo ajeno y controlar la producción. Por su parte, los ciudadanos, dependientes y sometidos a un sistema que por 50 años ha demostrado su incapacidad para solventar las necesidades socioeconómicas del país, están obligados a vivir entre dos puntos extremos.

Artesanos cuentapropistas
Foto: Marcelo López
Tania y José son un matrimonio de jóvenes que tiene dos hijos. El trabaja en comunales y ella es ama de casa. Sin embargo, el salario de José no alcanza para sostener las cargas económicas del hogar. De forma alternativa y simultánea, José recolecta la chatarra que encuentra a su paso para luego venderlas en las casas de materia prima habilitadas por el Estado. Pero estas instituciones nunca tienen dinero para pagar.
La situación en casa empeora y a Tania no le quedó más opción que dedicarse a la venta callejera. Todas las mañanas, después que los niños están en la escuela, sale cargada con jarros de aluminio, escobas, haraganes, palitos de tendera, lo que consiga en las fábricas clandestinas o en el mercado industrial, y no regresa hasta la tarde
Ella está consciente de que incurre en una acción ilegal. Ha tenido que esconderse para evitar las redadas policiales contra los revendedores. Otras veces no ha tenido mucha suerte. Le han decomisado la mercancía e impuesto una multa.

“Pero ha sido peor el remedio que la enfermedad”, me comenta Tania. “Tengo que buscar más mercancías para poder pagar la multa y reponer las pérdidas sufridas por el decomiso”. La multa, como sanción penal, en estos casos, ha perdido todo su valor reeducativo.
No obstante, la joven no entiende por qué prohíben la reventa. Confiesa que no le gusta lo que hace: “¿Crees que me gusta andar como una ferretería ambulante? Pero prefiero eso antes que robar o prostituirme. ¿A quién hago daño? Solo intento sostener a mis hijos”.
Tania tiene toda la razón. Lo que hace no representa un peligro para la tranquilidad ciudadana. Sin embargo, los negocios individuales están vedados para los particulares. Por supuesto, si tienen nacionalidad cubana.
Cuando más, se puede ser cuentapropista, siempre que se tenga licencia, no explote mano de obra ajena y pague el impuesto sobre la renta. Nadie imagine que en Cuba un ciudadano puede tener una pequeña o mediana empresa. Nada de compras al por mayor ni precios mayoristas.
Sin embargo, la población realiza operación de producción, distribución y venta de bienes y servicios para satisfacer sus necesidades al margen de la ley, no por desobedientes o indisciplinados, sino simplemente porque somos humanos y la supervivencia es instinto innato de nuestra especie.
En nuestro sistema económico, el Estado es el único responsable de realizar negocios, explotar el trabajo ajeno y controlar la producción. Por su parte, los ciudadanos, dependientes y sometidos a un sistema que por 50 años ha demostrado su incapacidad para solventar las necesidades socioeconómicas del país, están obligados a vivir entre dos puntos extremos.

Artesanos cuentapropistas
Foto: Marcelo López
