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CARTA A UNA LIBRETA DE RACIONAMIENTO
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Víctor Manuel Dominguez
Periodista independiente. Reside en Centro Habana. vicmadominguez55@gmail.com  
Por Víctor Manuel Dominguez
Publicado el 5/11/2009
 
Resulta incomprensible que un objeto más apegado al cubano que la piel, los hijos y la libertad, sea deshojado cual una margarita en un “tener o no tener: esa es la cuestión” y puesto en la picota pública.

Centro Habana, La Habana, 5 de noviembre de 2009, (PD) Mi muy querida y vilipendiada libreta de racionamiento: La ingratitud de los hombres y la ausencia de féferes para llenar sus maltrechas y casi nulas secciones de chícharos con gorgojos y un pan que cuando pasa un día se pone duro, verde y le sale barba, la tienen al borde de un colapso existencial.

Al parecer, de nada servirán sus 47 años de desvelos por garantizar para un mes 3,5 kilos de arroz: 2, 5 de azúcar, medio de frijoles, 230 gramos de aceite, 10 huevos, 460 gramos de pollo, 115 de café, 230 de picadillo de soya y otros productos que de comérselos todos en un día pueden satisfacer al más exigente gourmet.

Nadie puede olvidar esos coditos que como signo de identidad nacional se aferran al cielo de la boca del cubano hasta dejarlo sin resuello, ni el suave aroma del chocolatín grumoso y antimperialista que para consumirlo sólo es necesario estar cerca de un baño o un platanal.

Algún día muchos llorarán en esta isla por el jurel sin cabeza que cada 12 meses honra la mesa del cubano de a pie, así como por los insondables sabores de un perro sin tripas o unas croquetas reestructuradas cual si fueran una catedral, y sobre todo, por la mítica presencia de un fricandel que a veces nos sorprende en los años bisiestos y en vísperas de que pase por el firmamento el cometa Halley.

Es doloroso que varias generaciones de cubanos amamantados hasta los siete años con leche pasteurizada de una cosa que se llama vaca, y de ahí para adelante con compotas El Nene, yogurt de mal rayo te parta y otros sabores, hasta morir bajo los efluvios mortíferos del cerelac, hoy pidan a gritos su desaparición.

Resulta incomprensible que un objeto más apegado al cubano que la piel, los hijos y la libertad, sea deshojado cual una margarita en un “tener o no tener: esa es la cuestión” y puesto en la picota pública.

Hay que ver con cuanta ira los jubilados que más alta chequera tienen en el mundo y los que menos pueden comprar, leen en la prensa las campañas a favor de que usted deje de ser lo único que une a las familias del país (en el papel), aunque a veces las enfrente en un combate tempestuoso por una ración de pan.

Además, gimen de temor por su eventual ausencia ya que los dejaría sin otra cosa en el bolsillo que no sea el carné de identidad. Sufren de sólo pensar que les arranquen de un plumazo los huevos, les congelen las novenas de pollos, y les borren el quincenal gusto de lo único que les queda para cada día recomenzar: el café

Y no sólo por cuestión de nostalgias y otros perendengues que aparecen en la tercera edad, si no también porque si usted desaparece, ¿qué venderán?

¿Cómo hacer que el dinero obtenido por la reventa de periódicos, revistas, goma loca, raíles de tren, latas, trapos viejos y cuanto chirimbolo exista en el país, les alcance para adquirir un libra de bistec de cerdo si no tienen un jabón de tocador Nácar (muy buscado en el acuario para el aseo de las focas en celo) para comerciar?

¿De qué les sirve a nuestros jubilados levantarse a las cinco de la mañana y marcar en la cola del periódico en los estanquillos, comprar veinte Granmas, igual cantidad de Juventud Rebelde, seis Palantes, dos La calle del medio y un almanaque, si no lo pueden complementar con la venta de la crema dental Perla, la preferida de los cocodrilos del zoológico de 26?

Y ni hablar de que con la venta en la bolsa negra del azúcar, la sal, los frijoles y dos libras de arroz, aparte del café, pueden darse un lujo del Primer Mundo y comerse un congrí con tortilla y ensalada de aguacate una vez al mes.

Mi muy hojicaida y deseccionada libreta de racionamiento:

Su presumible desaparición del hogar cubano tiene a cientos de miles de niños, jóvenes, y sobre todo vejetes, a punto de llorar. Nadie como usted les engañará el perenne retortijón de estómagos vacíos, ni les provocará la ilusa sensación de tener los alimentos asegurados, al menos en el papel.

Y eso vale. Si no pregúntele a los bodegueros y a las ratas que se mueven inquietas por los sacos vacíos de los almacenes, en espera de que usted viva o desaparezca para vivir o desaparecer también. Eso se lo aseguro yo, Nefasto “El libretista”