Arroyo Naranjo, La Habana, noviembre 12 de 2009 (PD) Soy raro para recordar películas. A diferencia de la mayoría de los cubanos de mi generación, de “El hombre de Maisinicú”, aquel tan promocionado producto del realismo socialista en el cine cubano de inicios de los 70, recuerdo mejor la larga coda de la canción tema, interpretada por Silvio Rodríguez, que la puja entre los actores Reinaldo Miravalles y Sergio Corrieri en la oficialmente distorsionada trama de alzados e infiltrados del G-2.
En la canción, Silvio era acompañado por el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, del que formaba parte junto a los también cantautores Pablo Milanés y Noel Nicola. Los padres fundadores de la nueva canción cubana fueron a parar al grupo en 1969. Fue el modo que hallaron Haydée Santamaría y Alfredo Guevara, directores de la Casa de las Américas y el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica respectivamente, de usar sus poderes para protegerlos de los vientos inquisitoriales que corrían en vísperas del inicio oficial del Decenio Gris.
A Leo Brouwer y el uruguayo Federico Smith, entre otros, se les encargó reforzar la formación musical de los jóvenes cantautores, que se dedicarían a componer e interpretar música para el cine cubano. En el empeño, para el que se echó mano de elementos del rock, el jazz, la música brasileña y el son, se sumaron intérpretes de la talla del pianista Emiliano Salvador y el guitarrista Sergio Vitier.
Así, el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC fue una institución multipropósito. Sirvió de asilo, reformatorio, academia musical, taller experimental y escuela para cuadros políticos. Más o menos consiguió casi todos sus objetivos antes de desintegrarse de a poco. Antes que terminara la primera mitad de los años 70, ya no existía. Eran muy fuertes los talentos y los egos de sus integrantes. Por lo demás, en medio de los peores tiempos para la cultura nacional, ya habían pactado con el diablo y probado su incondicionalidad.
El Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC cumple 40 años y ya que no hay grandes homenajes oficiales ni es posible por muchas razones un concierto de reunión, me da gusto volver a escuchar sus viejas canciones. No importa que hoy suenen demasiado rudimentarias aquellas grabaciones con orquestaciones ambiciosas en que había oboe y fagot, los tumbaos únicos de Emiliano y todo tipo de percusiones raras tocadas por Leoginaldo Pimentel y Norberto Carrillo, pero se echaba desesperadamente de menos buenas cuerdas de acero para las guitarras, amplificadores potentes, moogs y órganos Hammond como los del rock anglosajón que nos volvía locos aunque nos tragáramos a regañadientes y por si acaso, el mojón del arte revolucionario.
Me veo con algunos de mis amigos de entonces, hoy en Miami, muertos en Angola o con el cerebro achicharrado por el alcohol en La Habana, en la larga cola de la Cinemateca para un concierto del Grupo, esquivando a la policía porque teníamos el pelo demasiado largo y los pantalones demasiado estrechos.
Vuelvo a escuchar, agazapado en un oscuro y maloliente cine de barrio, mientras me besaba y apretaba con muchachas que hoy son señoras gordas y casadas que casi nunca me reconocen en la calle, la música de las películas y documentales cubanos perfectamente olvidables que hablaban de la sociedad-paraíso que auguraban, Cordón de La Habana, escuelas en el campo y súper zafras de por medio, a la vuelta del camino.
Me gusta recordar al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, en este aniversario tan redondo, siquiera por los tiempos en que quedaban algunas ingenuas y casi masoquistas ilusiones. Cuando pensábamos que tal vez estábamos equivocados y teníamos la duda de si en definitiva, a pesar de los errores y los horrores, la revolución tenía razón y valían la pena los sacrificios. Tal vez por eso no nos molestaba tanto el teque si venía de Silvio y Pablo. ¡Qué digo, si a veces hasta lograban emocionarnos! ¡Infelices que éramos!
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