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EL VECINO DE ANTES
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Oscar Mario González
Periodista independiente. osmagon@yahoo.com  
Por Oscar Mario González
Publicado el 19/11/2009
 
Según nuestra idiosincrasia, el vecino constituía un ingrediente fundamental en la convivencia diaria. Era la persona en que a veces depositábamos los más delicados secretos de nuestra vida seguros de encontrar lealtad, comprensión y ayuda.

Playa, La Habana, noviembre 19 de 2009 (PD) Unos suelen afirmar que el vecino es el familiar más cercano; otros, que constituye una prolongación de la familia. Creo que ambas afirmaciones son ciertas.

Según nuestra idiosincrasia, el vecino constituía un ingrediente fundamental en la convivencia diaria. Era la persona en que a veces depositábamos los más delicados secretos de nuestra vida seguros de encontrar lealtad, comprensión y ayuda. Entre las joyas más preciadas del cofre de nuestros recuerdos se encuentra, por lo general, un vecino fiel y bondadoso, cuya evocación halaga y justifica la fe en el género humano.

Nuestro sol y nuestra brisa favorecen la comunicación interpersonal. El recogimiento y la cerrazón no son propios de un clima que invita a abrir puertas y ventanas. El calor de las noches hace que la familia toda se vuelque al portal, incluyendo al abuelo y al recién nacido. Los balcones se iluminan por las noches para facilitar el intercambio entre amigos, mientras que por el día calles y aceras propician el intercambio entre moradores y ello promueve el contacto entre los que viven próximos. Sin lugar a dudas, nuestro medio natural propicia la amistad entre vecinos.

La presencia del vecino resultaba muy evidente durante una enfermedad. En este amigo inmediato encontrábamos el automóvil dispuesto para llevarnos al hospital o a la casa de socorros, el cocimiento oportuno para bajar la fiebre, la mano bondadosa que sobaba el empacho, la pastilla de calmante al dolor y la cucharada de aceite de hígado de bacalao para sacar la flema del catarro. En síntesis, encontrábamos esa solidaridad amorosa que perfumaba el alma.

La dejadez, olvido o imprevisión, no impedía la elaboración del plato de comida por falta de cualquier ingrediente aunque la necesidad se presentase a deshora, cuando la bodega de la esquina estaba cerrada. Ahí estaba el vecino de confianza para resolvernos la pizca de sal o de comino, la cucharada de manteca o de azúcar.

El concepto de honradez y lealtad al vecino estaba por encima de cualquier otra consideración. De ahí que un perseguido político en peligro encontrase refugio y protección en la casa de enfrente o de al lado y de tales casos está llena nuestra historia. No pocos de los que hoy dirigen los destinos de la nación cubana deben sus vidas a la solidaridad y lealtad de un vecino. No importaban las ideologías ni filiaciones políticas. Había que salvar al vecino aunque no pensase del mismo modo o tuviera ideas diferentes a las nuestras. La amistad era lo primero.

Recuerdo de muchacho que un señor pasado de tragos empezó a dar vivas a Fidel y a maldecir a Batista; el vecino de al lado, simpatizante de la dictadura batistiana, lo llevó a su casa tambaleante para evitarle problemas con la policía.

Pero más valioso aún era ese flujo de amor recíproco entre vecinos en virtud de lo cual la soledad y el desamparo se esfumaban. El sentimiento de soledad que tanto afecta a los ancianos carentes de familia, se veía disminuido por el afecto de la gran familia vecinal.

Eran tiempos en que los vecinos se hablaban desde los portales y balcones confiados uno del otro; sin grandes secretos ni reticencias pues la vida fluía sana y cada cual vivía tranquilo con arreglo a lo que ganaba; consciente cada uno del lugar que le correspondía ocupar sin que la envidia insana le causara mayores sufrimientos ante la superioridad económica del otro y, siempre albergando la esperanza de un futuro mejor. Eran tiempo en que se podía soñar porque aún no habían matado los sueños.

Entonces en la pared del hogar cubano, fuesen religiosos o no, sus moradores colgaban un cuadro de la Virgen de la Caridad del Cobre. De aquella que habiendo salvado del naufragio a los humildes pescadores en la Bahía de Nipe, se había comprometido con la salvación amorosa de la familia cubana.