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FU MANCHU EN CHINATOWN (II)
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Paulino Alfonso
Periodista independiente. palest44@yahoo.com 
Por Paulino Alfonso
Publicado el 19/11/2009
 
Los chinos habaneros, con mucha iniciativa, se percataron que la Habana se había olvidado de la tan socorrida quincalla. Quedaban locales libres y el sentido común dictaba no abrir más restaurantes.

Lawton, La Habana, noviembre 19 de 2009 (PD) Los chinos habaneros, con mucha iniciativa, se percataron que la Habana se había olvidado de la tan socorrida quincalla. Quedaban locales libres y el sentido común dictaba no abrir más restaurantes. Entonces se empezó a buscar donde comprar al mejor precio los abastecimientos para las quincallas.

Así apareció Atlántida, firma que respondía directamente a la Sra. Bárbara Castillo, entonces Ministra del Comercio Interior, hoy en dorado exilio bolivariano.

Esta firma, compraba las mermas de las fábricas de pacotilla en Guangzhou, a precios de basurero y lo revendían al barrio chino al 200% de su costo. Luego le aumentaban el 150% al precio de venta final.

Si agregamos la demanda creada por el limitado inventario de las tiendas castristas, no es extraño que las mujeres pudientes en la Habana empezaran a inundar el Barrio Chino. Compraban de todo: chancletas de baño, slacks sintéticos, crayolas, sombrillas, panties, zippers, calcetines, ganchitos de pelo, mochilas de niño, orinales y cuanta cosa pueda imaginar el insondable cerebro femenino que haga falta en una casa, aunque solo dure una semana.

En breve tiempo empezaron a mermar las ventas en el comercio en divisas (no hay otro) castrista y aumentar las quejas de sus “honrados” administradores, que nunca habían conocido algo tan capitalista como la competencia.

Unos de los dolientes fue el Ilustre Eusebio Leal Spengler, al parecer insastifecho con los dividendos de las boutiques que administra en Madrid y Barcelona, donde a precios faraónicos, vende joyas y obras de arte canjeadas por pacotilla a viejitas venidas a menos y hambrientas en Miramar o el botín de guerra confiscado por el castrismo a la otrora alta burguesía cubana.

En una de las pocas reuniones que asistí en el barrio supe el por qué del éxito. Allí se decían verdades y soluciones, no diatribas ni consignas. Los ponentes se jugaban su bienestar, por ende, todo se analizaba de forma concisa, era oído y analizado por todos con respeto y consecuencia, todo lo contrario a las cientos de reuniones anodinas que tuve que padecer en 20 años de castrismo.

Como es de esperar con este marketing, el cliente ya no era tan cautivo ni tan regional, ya que empezaron a llegar las campesinas billetudas que compraban por toneladas para satisfacer sus apremiantes necesidades familiares.

Incluso, algunas emprendedoras montaron verdaderas sucursales del Barrio Chino en lugares tan pintorescos como el Callejón de la Chivera, en Bayamo, o Chincha Coja, en Ciego de Ávila.

Esto creó un flujo financiero que permitió a los creadores del Barrio viajar a China, prescindir de intermediarios y lo más importante, abrir una cuenta bancaria independiente, fuera del escrutinio de los burócratas.

Esta fue la perdición del proyecto. Esa cuenta permitía adquirir productos a los que los jefecitos castristas no podían acceder sin salirse del “nomenclador”, una lista que impedía adquirir cosas tan suntuarias como VCR, TV a colores, aires acondicionados o microwaves

Pronto los ungidos se percataron que por tratos preferenciales con el Barrio, podían resolver lo que sus insatisfechas esposas y malcriados hijos le reclamaban con el mismo tempo que un almuecín en La Meca. Así empezaron a aparecer neveras, muebles gastronómicos, equipos de audio surround, split climatizadores, DVD, que se compraban a los abastecedores extranjeros y a la nomenklatura (esta última compraba de la misma forma que el Barrio Chino), con la diferencia que pagaban con dinero malversado o viajes al extranjero.

Como era de esperar, estos “trapicheos” pronto llegaron al Anciano, quien en una perreta, ordenó al hoy atomizado Carlos Lage Dávila: “Ciérrame esa mierda ahora mismo o resuélvelo”.

De inmediato, un leal y vindicativo Eusebio, intervino y subordinó todo al Consejo de Estado.

Por eso al inicio me compadecí de los turistas, nunca verán lo que casi volvió a ser El Barrio Chino de La Habana.