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LEZAMA SEGÚN CIRO BIANCHI
- Por Luis Cino
- Publicado 26/11/2009
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Arroyo Naranjo, La Habana, noviembre 26 de 2009 (PD) Cuando lo enterraron el 9 de agosto de 1976, José Lezama Lima ya había muerto varias veces. Lo mató la separación de los suyos, el hastío y el ostracismo a que lo condenaron mediocres comisarios hacedores de “políticas culturales”.
El régimen revolucionario hizo pagar una irrevocable condena al más importante escritor cubano del siglo XX por los gravísimos pecados de ser burgués, católico, políticamente poco confiable e incompatible con los códigos morales del castrismo-machismo-leninismo.
Pero luego de la rehabilitación de la figura de Lezama por la cultura oficial, nos quieren convencer que no todo fue tan así. El más reciente capítulo de la saga es “Vida de Lezama”, una crónica del periodista Ciro Bianchi Ross dividida en tres números dominicales de Juventud Rebelde.
Ahora resulta que según Bianchi, los grandes culpables de los infortunios de Lezama bajo el reinado revolucionario fueron nada menos que Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui y Heberto Padilla, por sus ataques al grupo Orígenes desde las páginas de Lunes de Revolución.
Para 1965, Cabrera Infante y Franqui ya no estaban en Cuba, pero lo peor para Lezama aún estaba por venir. Fue precisamente la concesión del Premio UNEAC de 1968 al poemario Fuera del juego de Padilla por un jurado del que Lezama formaba parte, lo que le acarreó los mayores problemas. Los comisarios consideraron el libro “contrarrevolucionario”, creyeron pertinente publicarlo con un prólogo-coletilla vitriólico y recogerlo casi inmediatamente.
Por entonces, ya hacía casi dos años que el homoerotismo del capítulo VIII de la monumental Paradiso había escandalizado a los comisarios lo suficiente como para que apretaran los esfínteres, se llevaran las manos a sus testosterónicos testículos y decretaran la proscripción de la novela.
Dice Bianchi que 1970 marcó la apoteosis del poeta: “Se le agasajó en ocasión de su cumpleaños 60, se recogió en un volumen su Poesía Completa y se dio a conocer ese espléndido libro de ensayos que es “La cantidad hechizada”, mientras que la Casa de las Américas publicaba una excelente recopilación de textos sobre su vida y su obra”.
Sólo meses después, en 1971, tras el nefasto Congreso de Educación y Cultura, Lezama fue completamente relegado. Por aquellos días, “presa de la más arrasante melancolía”, escribió a Miami a su hermana Eloísa: “Vivo en la ruina y en la desesperación”.
Las cartas a Eloísa están entre los más patéticos testimonios de las secuelas del totalitarismo verde olivo en el alma de un individuo. Pero Ciro Bianchi se siente obligado a aclarar que Lezama “no fue nunca un enemigo de la revolución”. De milagro no recitó la consabida y ambigua invocación de Lezama en 1959 al Ángel de La Jiribilla.
Bianchi, asiduo de la casa de la calle Trocadero 32 y alumno del curso délfico, afirma que Lezama, desde su sillón, exageraba acerca de la crisis del transporte público y las carencias que padecía el país. Dice que le obsesionaba la idea de que pudieran faltarle las medicinas y la comida. Parece que Bianchi pegaba la gorra como comensal de los almuerzos lezamianos porque sabe, le consta, que la mesa del escritor, atendida con desvelo por su esposa María Luisa, “nunca tuvo menos de cinco platos”. ¡Maravillas de sibaritas logradas gracias a sabe dios cuantos ajetreos, colas y cambalaches de María Luisa, en un país donde a duras penas se comía (se come) arroz con frijoles y huevo!
Las conmovedoras cartas que durante 15 años escribió Lezama a Eloisa pintan un panorama bien distinto al que refiere Ciro Bianchi. En ellas, además de lamentar la desintegración forzosa de su familia, la monotonía enloquecedora, el aislamiento inexorable, el agobio de ignorar la culpa que expiaba, el genio de Trocadero agradece como los más preciado de los bienes, unas cuchillas Gillette, un pomo de salsa Maggi, una camisa azul, un par de zapatos ortopédicos o un pantalón de la talla 46 imposible de arreglar.
El colmo de la desvergüenza es cuando Bianchi dice no estar seguro de que a Lezama le hubieran negado de manera continuada e invariable el permiso para viajar al extranjero. Afirma que “cuando en 1969 la UNESCO lo invitó a París, el poeta con toda la documentación necesaria en la mano para salir de Cuba canceló inesperadamente el viaje en el último minuto, como antes, en 1939, terminó por no aceptar la beca que por intermedio de Juan Ramón Jiménez le concedió la universidad de Gainesville, Florida”.
Según Bianchi, cuando le preguntó a Lezama por qué desistió del viaje a Francia le respondió: “Sólo una delgada lámina de aluminio nos separa de la eternidad cuando viajamos en avión”.
Así, en esta cómoda versión de Ciro Bianchi, Lezama era víctima de sus manías, no viajó porque le temía a los aviones y se condenó a la condición de “peregrino inmóvil para siempre” porque le dio la gana. ¡Por favor! Siempre pensé que Ciro Bianchi Ross, además de buen periodista, era una persona seria. Parece que me equivoqué.
luicino2004@yahoo.com
El régimen revolucionario hizo pagar una irrevocable condena al más importante escritor cubano del siglo XX por los gravísimos pecados de ser burgués, católico, políticamente poco confiable e incompatible con los códigos morales del castrismo-machismo-leninismo.
Pero luego de la rehabilitación de la figura de Lezama por la cultura oficial, nos quieren convencer que no todo fue tan así. El más reciente capítulo de la saga es “Vida de Lezama”, una crónica del periodista Ciro Bianchi Ross dividida en tres números dominicales de Juventud Rebelde.
Ahora resulta que según Bianchi, los grandes culpables de los infortunios de Lezama bajo el reinado revolucionario fueron nada menos que Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui y Heberto Padilla, por sus ataques al grupo Orígenes desde las páginas de Lunes de Revolución. Para 1965, Cabrera Infante y Franqui ya no estaban en Cuba, pero lo peor para Lezama aún estaba por venir. Fue precisamente la concesión del Premio UNEAC de 1968 al poemario Fuera del juego de Padilla por un jurado del que Lezama formaba parte, lo que le acarreó los mayores problemas. Los comisarios consideraron el libro “contrarrevolucionario”, creyeron pertinente publicarlo con un prólogo-coletilla vitriólico y recogerlo casi inmediatamente.
Por entonces, ya hacía casi dos años que el homoerotismo del capítulo VIII de la monumental Paradiso había escandalizado a los comisarios lo suficiente como para que apretaran los esfínteres, se llevaran las manos a sus testosterónicos testículos y decretaran la proscripción de la novela.
Dice Bianchi que 1970 marcó la apoteosis del poeta: “Se le agasajó en ocasión de su cumpleaños 60, se recogió en un volumen su Poesía Completa y se dio a conocer ese espléndido libro de ensayos que es “La cantidad hechizada”, mientras que la Casa de las Américas publicaba una excelente recopilación de textos sobre su vida y su obra”.
Sólo meses después, en 1971, tras el nefasto Congreso de Educación y Cultura, Lezama fue completamente relegado. Por aquellos días, “presa de la más arrasante melancolía”, escribió a Miami a su hermana Eloísa: “Vivo en la ruina y en la desesperación”.
Las cartas a Eloísa están entre los más patéticos testimonios de las secuelas del totalitarismo verde olivo en el alma de un individuo. Pero Ciro Bianchi se siente obligado a aclarar que Lezama “no fue nunca un enemigo de la revolución”. De milagro no recitó la consabida y ambigua invocación de Lezama en 1959 al Ángel de La Jiribilla.
Bianchi, asiduo de la casa de la calle Trocadero 32 y alumno del curso délfico, afirma que Lezama, desde su sillón, exageraba acerca de la crisis del transporte público y las carencias que padecía el país. Dice que le obsesionaba la idea de que pudieran faltarle las medicinas y la comida. Parece que Bianchi pegaba la gorra como comensal de los almuerzos lezamianos porque sabe, le consta, que la mesa del escritor, atendida con desvelo por su esposa María Luisa, “nunca tuvo menos de cinco platos”. ¡Maravillas de sibaritas logradas gracias a sabe dios cuantos ajetreos, colas y cambalaches de María Luisa, en un país donde a duras penas se comía (se come) arroz con frijoles y huevo!
Las conmovedoras cartas que durante 15 años escribió Lezama a Eloisa pintan un panorama bien distinto al que refiere Ciro Bianchi. En ellas, además de lamentar la desintegración forzosa de su familia, la monotonía enloquecedora, el aislamiento inexorable, el agobio de ignorar la culpa que expiaba, el genio de Trocadero agradece como los más preciado de los bienes, unas cuchillas Gillette, un pomo de salsa Maggi, una camisa azul, un par de zapatos ortopédicos o un pantalón de la talla 46 imposible de arreglar.
El colmo de la desvergüenza es cuando Bianchi dice no estar seguro de que a Lezama le hubieran negado de manera continuada e invariable el permiso para viajar al extranjero. Afirma que “cuando en 1969 la UNESCO lo invitó a París, el poeta con toda la documentación necesaria en la mano para salir de Cuba canceló inesperadamente el viaje en el último minuto, como antes, en 1939, terminó por no aceptar la beca que por intermedio de Juan Ramón Jiménez le concedió la universidad de Gainesville, Florida”.
Según Bianchi, cuando le preguntó a Lezama por qué desistió del viaje a Francia le respondió: “Sólo una delgada lámina de aluminio nos separa de la eternidad cuando viajamos en avión”.
Así, en esta cómoda versión de Ciro Bianchi, Lezama era víctima de sus manías, no viajó porque le temía a los aviones y se condenó a la condición de “peregrino inmóvil para siempre” porque le dio la gana. ¡Por favor! Siempre pensé que Ciro Bianchi Ross, además de buen periodista, era una persona seria. Parece que me equivoqué.
luicino2004@yahoo.com
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1 Response to "LEZAMA SEGÚN CIRO BIANCHI" 
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said this on 25 Feb 2010 8:35:46 PM EST
Estup
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