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EL VECINO DE AHORA
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Oscar Mario González
Periodista independiente. osmagon@yahoo.com  
Por Oscar Mario González
Publicado el 26/11/2009
 
Playa, La Habana, noviembre de 2009 (PD) Medio siglo atrás la secular fidelidad entre vecinos fue sustituida por la lealtad a Fidel Castro, cuya figura se decía y, aún se dice, encarnaba a la patria y al socialismo.


Playa, La Habana, noviembre de 2009 (PD) Medio siglo atrás la secular fidelidad entre vecinos fue sustituida por la lealtad a Fidel Castro, cuya figura se decía y, aún se dice, encarnaba a la patria y al socialismo.

La primera consigna lanzada por la revolución de 1959, constituida en credo político para la gran mayoría simpatizante del proceso, afirmaba que la revolución estaba por encima de todo; incluso por encima de los padres y los hijos en cuanto representaba las aspiraciones de todo el pueblo. Que tal hecho concitaba una importancia superior a cualquier otro. Que lo más importante de todo en la vida era la revolución.

En base a ello, el vecino se identificaría con el amigo y el familiar en tanto éstos fuesen compañeros revolucionarios, en cuanto simpatizaran con la causa. Lo verdaderamente correcto era que fuesen activos ante las tareas revolucionarias, pues no se tenía por bueno al revolucionario pasivo.

Más lo que resultaba intolerable era la oposición o la neutralidad. Los desafectos pasaban a ser enemigos y como tal dejaban de ser familiares y vecinos. Eran eso solamente: enemigos contrarrevolucionarios.

Con la lealtad a la revolución y el activismo político a favor de ella como salvoconductos, los chivatos, siempre odiados por el pueblo, pasaron a ser ciudadanos cívicos y ejemplo de actitud revolucionaria a imitar.

Al vecino, ya fuese opositor, disidente o simplemente neutral, debía vigilársele sin tener en cuenta ningún antecedente afectivo. Desde el momento en que disentía, pasaba a las filas enemigas

Con la temprana aparición de los Comités de Defensa de la Revolución a nivel de cuadra, se agregaba un elemento altamente disgregante. Ahora se exigía la información sobre el vecino en relación a sus expresiones a favor o en contra del gobierno, la integración política de los miembros de la familia, sus creencias religiosas, si tenía familiares en el extranjero y otras interioridades que nadie mejor que el vecino de toda la vida para saberlas. Al que abandonaba el país definitivamente se le consideraba muerto en vida.

La miseria material engendraba miserias morales. La entrega de un efecto electrodoméstico según los méritos revolucionarios de cada individuo, agregaba otro elemento de discordia. Las asambleas de otorgamiento en las cuales se decidía el futuro poseedor del equipo enfrentaban a las familias en una lucha por desacreditar al otro como mejor forma de ganar el televisor.

El carácter igualitarista proclamado por la devolución promovía y potenciaba la tendencia del ser humano a la envidia. Si todos éramos iguales, como proclamaba la revolución, el de enfrente no puede ni debe tener aquello de lo cual carezco, no puede vivir mejor que yo siendo ambos revolucionarios. La piedra angular de la concordia colectiva expresada en la añeja frase de “Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga”, pasó a ser sustituida por la de: “Si la revolución se lo dio, yo se lo voy a joder”.

Los últimos veinte años han servido, entre otras cosas, para quitar un poco de la telaraña sembrada en la mente de la población cubana por décadas de propaganda. El fracaso del totalitarismo y el agotamiento de su discurso político le han hecho ver al criollo la necesidad y conveniencia de llevarse bien con el vecindario y, dentro del temor y la desconfianza inducida en su mente, aproximarse al vecino en aras de la supervivencia mutua

Entre los daños morales más difíciles de superar infligidos al pueblo de Cuba por el totalitarismo, se encuentra el temor y la desconfianza existentes entre los cubanos y particularmente entre los vecinos del barrio. Difícil, si no imposible, es calcular el tiempo que tomaría tal restauración. La bondad típica del cubano, es decir, su propensión al bien, la fuerza arrolladora de los valores democráticos facilitarán el feliz regreso del vecino de siempre.
osmariogon@yahoo.com