Managua, La Habana, noviembre 26 de 2009 (PD) Por fin Mariela pudo llegar a Miami. El milagro se materializó tras el plan de reunificación familiar que sustituyó a la Lotería de Visas, en el que aún muchos siguen esperanzados y guardan como un tesoro el sobre amarillo que indicaba el premio del viaje.
Hacía alrededor de quince años que no podía abrazar a sus hermanos, desde aquella vez que los vio partir en un camión en el que llevaban una balsa rústica que habían confeccionado en el patio de la casa.
Aquellos momentos de 1994 quedaron para la historia como la Crisis de los Balseros, cuando las costas cubanas fueron escenarios de despedidas colectivas, con manos de adiós extendidas, lagrimas en los ojos y sonrisas de triunfo.
Antes, en 1980, en la humilde vivienda del barrio de Lechuga donde nacieron los cinco hermanos, fueron víctimas de los actos de repudio protagonizados por el odio y la insensatez de algunos vecinos que creyendo en la política del “camino al socialismo,” agredieron con piedras y huevos a los que pensaran diferente y manifestaban alguna intención de emigrar.
“El que se queda siempre sufre, y el que se va también pues la familia es una cosa muy grande”, dijo Mariela, de 46 años, mientras su nieta de 5 la sujetaba fuertemente por la cintura como para que aquella unión no se rompiera nunca.
“¿Tú crees que así yo la puedo llevar al aeropuerto?”, comentó señalando para la pequeña, que hacía constantes gestos afirmativos con la cabeza acompañados de sollozos.
Estaban en una fiesta que organizó la familia que quedaba de este lado de la orilla. Delante de una mesa, dulces y refrescos, pero la niña solo quería atarse al cuerpo de su abuela, como si presintiera que la distancia que las separaría después quizás no tendría límite de tiempo.

Una llamada telefónica de la familia de Miami corroboraba los preparativos para la llegada y el entusiasmo se conformaba en sentimientos difíciles.
“Por un lado me parece que es un sueño y por otro que es una pesadilla”, expresó con lágrimas en los ojos la infeliz-feliz Mariela, y enfatizó: ¿Por qué tendremos los cubanos que pasar por esto?
Al otro día, en el salón del aeropuerto, sólo la familia y los amigos de Mariela esperaron hasta el último momento que las autoridades permiten estar en el lugar.
“Éramos un grupo grande. Nos tiramos fotos y tratábamos de mitigar la angustia de los últimos minutos,” dijo Yordanka, una de las sobrinas, de 32 años. “Me di cuenta que nos observaban custodios altos y fuertes, con cara de preocupación. Cada vez estaban más cerca, como rodeándonos. Por fin mi tía decidió entrar para entregar sus documentos. Ya no la podíamos ver y el avión rumbo a Estados Unidos estaba a punto de partir. Nuestro desconsuelo era grande. Entonces uno de aquellos custodios se nos acercó y nos dijo: No estén tristes que ella dentro de un rato, va a volver a nacer.”
Esta ha sido durante más de medio siglo una pena de los hogares cubanos. Las fotos, las películas y las llamadas telefónicas entre las familias, han pretendido acortar la distancia de los que padecen la separación entre las dos orillas. De los que se van, sin saber cuando podrán volver. Y de los que se quedan sin saber cuando seguirán sus pasos.
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