Playa, La Habana, diciembre 10 de 2009, (PD) En la debacle marxista de la Isla, los mulos no podían ser una excepción. Así como desaparecieron o se tornaron inalcanzables el yogurt, la carne de res, la penca de bacalao y la cola de langosta, entre otros muchos, también los críos de la yegua y el burro, o sea los mulos, están en peligro de extinción. ¿Motivos?: la escasez de yeguas.
El asunto no reviste importancia para la vida urbana ni le quita el sueño a los pobladores de los valles y llanuras, más no así a los que habitan en zonas montañosas, para quienes el mulo resulta imprescindible.
Allí, donde el monte y la manigua se desparraman sobre el lomerío sorteando barrancos, desfiladeros y peñascos, se vuelven inútiles los camiones dotados de potentes motores, así como también el tractor y otros medios más sofisticados de mayor capacidad de carga. En esos agrestes rincones de nuestra geografía, el trillo abierto por asnos, mulos y caballos es el único sendero y, el mulo, el mejor dotado para serpentear entre árboles, arbustos y bejuqueras.
Un campesino del municipio de Guisa, en la provincia de Granma, le aseguraba a un reportero del periódico Granma que “son estimables las pérdidas de productos agrícolas por falta de mulos en que trasladarlos desde zonas intrincadas de la montaña hasta los puntos de recogida”.
Según el coordinador del Plan Turquino en la provincia de Granma, al cierre del mes de junio, había 3836 de estas bestias. O sea, cerca un millar menos que los existentes siete años atrás.
El gobierno desde hace tiempo pretende revertir la situación sin resultados tangibles, pues en el referido Plan existen 32 cooperativas agrícolas carentes de mulos, de ellas 24 dedicadas a la producción de alimentos.
Así y con todo, el periódico Granma se siente optimista pues en el lomerío de la provincia existen actualmente 27 puntos de monta y 32 pequeños patios para la reproducción del ganado mular.
El anteriormente citado coordinador, por su parte, se muestra más realista al reconocer que en el presente año se han recibido solamente 52 bestias frente a una demanda de mil.
El gestor de acopio del referido Plan alerta sobre la importancia de cuidar a los pocos mulos que quedan a los que “no se les da tiempo ni para comer”. También se refiere a la necesaria calidad de la alimentación porque ante tan duro trabajo, la misma tiene que ser a base de maíz, caña y otros componentes. En un país donde los humanos están tan mal alimentados es normal que los vástagos del burro y la yegua también lo estén.
Según el censo de 1952, en Cuba había 3 500 burros, 31 000 mulos y casi medio millón de caballos, de los cuales la mitad eran yeguas. En todas las zonas de pronunciado relieve existían suficientes mulos para las tareas de campo y para la transportación. El montero cubano gustaba del potro alazán para pasear en los ratos de ocio y sobre todo, lo prefería para galantearle a la sitierita por parecerle el mulo un animal poco romántico.
Pero para el ajetreo cotidiano era éste su preferido.
Hoy es bien difícil ver a un campesino montado en mulo porque las pocas de estas bestias aún existentes apenas alcanzan para el traslado de productos agrícolas y comestibles. Y, como bien dijo Pánfilo, “primero está la jama y luego todo lo demás”.