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PARA EL AÑO QUE VIENE
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Luis Cino

Periodista independiente. luicino2004@yahoo.com

 
Por Luis Cino
Publicado el 10/12/2009
 
En virtud del misterio de logia masónica de los gobernantes cubanos, las bolas, casi tan antiguas como el régimen, llenan el vacío que crea la falta de información. A veces, es el propio gobierno el que las echa a rodar como medio de sondear la reacción popular. Tal parece ser el caso de las bolas de que van a crear una moneda única (el mambí), que van a promulgar una draconiana ley contra la vagancia y que van a eliminar la libreta de abastecimiento.

Arroyo Naranjo, La Habana, diciembre 10 de 2009 (PD) A sólo semanas del fin de año, hay un consenso entre todos los cubanos: para el año que viene, todo será peor.

En las reuniones de los centros de trabajo y los Comités de Defensa de la Revolución, las noticias, aunque dosificadas y con sordina, son francamente malas. Con aprensión se aguarda el nuevo paquete de medidas para enfrentar la crisis que anunciará el general Raúl Castro ante la Asamblea Nacional el próximo 19 de diciembre.

Por su parte, los medios del gobierno es poco lo que dicen. Sólo que para que mejore la situación del país hay que trabajar más y con mayor eficiencia.

En virtud del misterio de logia masónica de los gobernantes cubanos, las bolas, casi tan antiguas como el régimen, llenan el vacío que crea la falta de información. A veces, es el propio gobierno el que las echa a rodar como medio de sondear la reacción popular. Tal parece ser el caso de las bolas de que van a crear una moneda única (el mambí), que van a promulgar una draconiana ley contra la vagancia y que van a eliminar la libreta de abastecimiento. De ser así, los escuchas y anotadores del Partido Único deben estar con las orejas encendidas, porque lo que se dice en la calle no es nada favorable para el régimen.

Paradójicamente, luego de pasar los últimos 47 años soñando el fin de la libreta de abastecimiento, ahora que los días del racionamiento parecen contados, los cubanos temen el hambre que les aguarda al doblar de la esquina.

Suena demasiado intempestiva y abrupta la decisión (precisamente ahora que volvemos a estar fatales) de Papá Estado de no subsidiar más la comida de sus pichones. Mal momento para que, desplumadas las alas, el pico amordazado y una pata amarrada a los edictos, se las arreglen como puedan. ¡Don´t be cruel!, diría Elvis. Que dejen el abuso, dicen por mi barrio.

De cualquier modo, parece que la libreta la quitarán de a poco, para que duela menos. Liberarán de uno en uno la venta de los productos normados. Después de los inefables chícharos y las papas, tocará el turno a los frijoles negros, la sal, el arroz y el azúcar. Luego al pollo y el picadillo condimentado. En las bodegas y las carnicerías no hay mucho más para vender “por la libre.”

Supongo que con la libreta de abastecimiento ocurrirá como con la libreta de productos industriales, que nadie recuerda en qué momento exacto del Período Especial, con las tiendas vacías o transformadas en recaudadoras de divisas, se convirtió en un papel azul o rosado, según el sexo del titular, con cupones separados por líneas punteadas, que no repartieron más porque no servía para comprar absolutamente nada.

Ahora que anuncian el fin de los subsidios y las gratuidades y el advenimiento de un chapucero socialismo de mercado, rengo y muengo, que sustituirá al paternalismo estatal, la población está muy decepcionada con el gobierno, el estado, la revolución y Los Jefes, que en Cuba son una misma cosa.

La obediencia total de los ciudadanos tiene un costo elevado para el Estado. La población depende enteramente de él para satisfacer sus necesidades que nunca se solucionan. Los mandarines, por mucho que hagan (que no lo hacen), siempre se quedan por debajo de las expectativas populares. Los ciudadanos esperan del súper-estado benefactor los beneficios que este ahora se declara incapaz de dar. Las trabas a las fuerzas productivas y las limitaciones de todo tipo (incluso sicológicas) que impuso a los cubanos, lo imposibilitan.

La población, permanentemente insatisfecha por sus carencias, obedece porque no tiene otra opción. Teme al estado, pero no lo ama. Mientras simula, recurre al robo, el mercado negro y las ilegalidades. Teóricamente, en el socialismo todo es del pueblo. En realidad, todo es del Estado. Nadie se siente dueño de nada. El bien colectivo resulta algo demasiado abstracto y confuso. A los seres humanos nos resulta muy engorroso entender las abstracciones. Peor aún si los dirigentes no predican con el ejemplo.

Ahora que los mandarines anuncian que se aprestan a reorganizar la casa a su modo, el ánimo popular está varios metros por debajo del nivel del piso. El momento es particularmente tenso. Las promesas que se sabe incumplirán una vez más, no logran aliviar la sensación de asfixia.