El Calvario, La Habana, diciembre 17 de 2009 (PD) Alguien me dijo un día que era muy pasional y no se equivocó. Pasó el 10 de diciembre, día de los derechos humanos, y mi mirada se eclipsó. No fue solo la tristeza, también me embargó la impotencia.

En la televisión reportajes que afirmaban que en Cuba se respetan los principios de la Declaración Universal. Una funcionaria de la ONU, en exclusiva para el noticiero, halagó la labor de este país en cuanto a la justicia social.

Vi a jóvenes que, organizados en la escalinata universitaria, esperaban a las Damas de Blanco para agredirlas verbalmente. Según el gobierno, estas son “reacciones espontáneas de las masas enardecidas”. Sin embargo, a menos de 10 metros estaba el parque del Hotel Colina, lleno de personas que esperaban el P-6, uno de los ómnibus del transporte público, que inmóviles miraban preguntándose qué sucedía.

Es en ese escenario en el que me siento impotente. La mayoría de mis coterráneos saben la verdad pero la callan por temor. ¿Es eso libertad de expresión? El miedo desaparece cuando estás fuera de las fronteras de esta Isla, donde dos millones de cubanos se han visto obligados a huir del sistema socialista.

Afuera los cubanos alzan la voz, gritan hasta el cansancio “viva Cuba libre”, porque disfrutan de la libertad que merece todo ser humano. Mientras, los de adentro, guardan silencio ante las violaciones de sus derechos. No solo por miedo, sino porque no hay justicia en este país que pueda protegerlos.

Me hierve la sangre cuando escucho a un funcionario de Naciones Unidas, alabar el sistema cubano. Cuando los medios de prensa, con tal desfachatez, encubren a un gobierno que se arroga la facultad de eliminar libertades humanas, amparadas en los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Quien se preocupa por Roberto Octavio Alvares Pérez, un cubano residente en España que alega que lo tiene todo para ser feliz, pero no lo es, porque su país lo ha excluido del otro tanto que el gobierno le niega: el derecho de entrar o salir de su país.

A quien le interesa que Yoelsi, una joven santiaguera de 18 años, no pueda estudiar en Ciudad Habana, donde vive su madre, porque no tiene la dirección del lugar, que su hijo, un pequeñín que acaba de cumplir su primer año de vida, por el mismo motivo, no pueda recibir los medicamentos para tratar sistemáticamente su alergia.

¿Es así como respetan nuestros derechos?

¿No importa que Cuba, legalmente violente el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reconoce que “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado y a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”?

Tampoco que la Constitución de la República de Cuba reconozca en su artículo 43, “…que los ciudadanos, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana:… se domicilian en cualquier sector, zona o barrio de las ciudades y se alojan en cualquier hotel”.

Todo anuncia que nuestra realidad seguirá siendo ignorada por aquellos que se autodenominan defensores de las libertades humanas. Una situación que continuará mientras en el mundo, haya personas que se presten a las manipulaciones del gobierno cubano. Créanme no son pocas. Es por eso que mi mirada se ensombrece el 10 de diciembre.
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Caricatura: Ilei Urrutia