Managua, La Habana, 14 de enero de 2010, (PD) La reciente decisión del gobierno estadounidense de aplicar medidas más estrictas de control en sus aeropuertos a los pasajeros provenientes de 14 países, entre ellos Cuba, para prevenir posibles actos de terrorismo, ha originado protestas del régimen de la isla.

Lo primero que salta a la vista en esa irritación gubernamental isleña es que el malestar no es porque la nueva disposición de la administración Obama pueda humillar o cause molestias innecesarias, o adicionales, a los ciudadanos cubanos -en Cuba le realizan hasta registros corporales a las personas en plena vía pública- sino porque eso puede empañar (un poquito más) internacionalmente la imagen del Estado.

La Habana ha dicho en múltiples ocasiones y por distintas formas y medios que es una medida de carácter político su inclusión en la lista, confeccionada por los Estados Unidos, de gobiernos patrocinadores del terrorismo.

Pero un gobierno que lleve turbas a agredir a indefensas mujeres que marchan por las calles vestidas de blanco y con un gladiolo en las manos, que aterrorizaba a través de abominables actos de repudio a las personas que deseaban irse del país, que hunde una embarcación (el remolcador 13 de marzo) con 72 personas abordo (la mayoría pereció), que fusila a 3 hombres para dar un escarmiento (los que intentaron secuestrar la lancha de Regla), que persigue, acosa y encarcela a sus opositores pacíficos, que se mantiene por la fuerza en el poder después de 51 años, que derriba avionetas desarmadas con cohetes, que es antidemocrático, que viola hasta la propia Constitución que redactó de acuerdo a sus necesidades, es capaz de cualquier cosa.

Cierto es que repartir explosivos C-4 de forma festinada sería una gran locura, pero el terrorismo no sólo se hace con explosivos.

En 1997, estaba en el área exterior en un taller de reparación de efectos electrodoméstico en la barriada Alta Habana esperando turno para arreglar un televisor, cuando un señor, que luego supe se nombraba Fernando Correa, se me acercó y sin conocerlo, comenzó de inmediato a conversar conmigo.

Lo primero que dijo es que él había estado en Vietnam, después de la guerra, al frente de una brigada de reparación de puentes. Que debido a su trayectoria revolucionaria, era el candidato de Cuba para “Vanguardia Internacional”. Una idea que, según aseguró, iban a llevar a efecto los países integrantes del CAME, (Consejo de Ayuda Mutua Económica) pero que la caída del Muro de Berlín frustró.

Casi de inmediato trajo a colación la Base Naval de Guantánamo. Dijo que si no era devuelta, habría que tomarla por la fuerza. Que ya estaban hechos los cálculos, de acuerdo a cantidad poblacional, de cuantas personas morirían en Cuba tras la respuesta de Estados Unidos, y cuantas en Estados Unidos después de la contra-réplica de Cuba.

Acto seguido afirmó que los incendios que se habían producido en Florida eran un ensayo de lo que se podía hacer contra Estados Unidos. “Porque –acotó- contra un enemigo como ese, hay que emplear cualquier método.”

Durante una pausa, le pregunté si ya se había retirado del sector de la construcción. Y respondió lo siguiente: “Sí, ya me retiré de eso, pero yo soy coronel de la Seguridad del Estado”.

La conversación terminó en ese mismo instante. Resultaba evidente que los temas escogidos por ese señor no eran para nada casual, pero la conclusión es que el terrorismo con explosivos es muy espectacular, y muy probablemente es el método menos utilizado.
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