Cuba ha vivido dos terribles periodos históricos. El primero fue la esclavitud bajo la colonia y el segundo, la esclavitud bajo el castrismo de tintes fascio-comunistas. La discriminación política en Cuba ha escapado airosa de todos los observadores e interesados en el tema cubano. Ha sido una verdadera obra maestra de desinformación propagandística.
El gobernante Partido Comunista cubano, cuenta con menos del 1% de la población residente en la Isla en sus filas. Desde esta condición francamente minoritaria, se abroga los créditos de ser la ‘fuerza directriz de la sociedad cubana’. Aunque en la práctica ya anda lejos de los postulados y leyes fundamentales de la filosofía clásica marxista, conserva este nombre. Lo conserva, a pesar de su mayor cercanía con los sistemas corporativos fascistas o del militarismo nazi de inspiración prusiana.
Si se tiene en cuenta la aplicación en la práctica de principios políticos ampliamente conocidos, el castrismo es sólo una forma burda de fascismo populista de izquierda. Un resumen caricaturesco y con guaracha del fascismo italiano, el nazismo germano, el estalinismo ruso y lo peor del maoísmo. Todo en una versión caribeña o bananera si se prefiere. La resultante ha sido un régimen discriminador y excluyente, el peor de la historia cubana. Cincuenta años que arrojan un adverso saldo de exclusiones.
Esta discriminación tolerada por casi todos los países democráticos que boicotearon un régimen de similares características en Sudáfrica, ha sobrevivido por más de cinco décadas. Con su supervivencia, corrompió a la sociedad cubana a partir del nepotismo y la consecuente corrupción que esto ha traído aparejada.
No podía ser de otra forma en un país en que la universidad o la educación superior son para revolucionarios, al igual que las calles. Quien no sea ‘revolucionario’ o partidario vociferante del régimen militar, tiene el acceso vedado a múltiples funciones y derechos comunes para cualquier ciudadano de un estado moderno. Estos accesos vedados o espacios reservados, abarcan en su complejidad parcelas del arte, la cultura, la política, el entretenimiento y el confort consagrado por los países libres y democráticos al disfrute de todos sin discriminación.
En Cuba, desde el horno de microondas hasta la cafetera eléctrica o desde la vivienda cómoda y acogedora hasta el auto familiar, con transferencias a Internet y a la televisión por cable, todo es para revolucionarios. Esto es discriminador e injusto. Cuba debe ser, de acuerdo con el sueño no prostituido del Martí que no asaltó cuarteles ni ordenó colocar bombas, la casa común de todos los cubanos. Sean estos ‘revolucionarios’ o no. La patria ha de ser cierta y verdaderamente, con todos y para el bien de todos, aunque no todos, sean ‘revolucionarios’. Felizmente, cada día vemos menos adeptos a tan perniciosa y discriminadora doctrina.
PD