Centro Habana, La Habana, 28 de enero del 2010, (PD) El socialismo del Siglo XXI tendrá su telenovela. No al estilo de las norteamericanas Falcon Crest, Dinastía o Dallas, con millonarios malvados haciendo compotas de inmigrantes mezclada con ojos de gato en los sótanos de sus mansiones.

Tampoco como la colombiana Café con aroma de mujer, donde una recolectora analfabeta, luego de un apretón y tres besos con un ricacho, en dos meses aprende a leer, domina siete idiomas y es la que más sabe del café Arábica y Canephona, con sus variantes Armenia, Medellín y Manizales.

Esa Gaviota, apodo de la protagonista, puso a volar hacia los cafetales de Puriales de Caujerí, en Guantánamo, a cientos de estudiantes cubanas que al único rico que encontraron fue a un tipo con doce millones de penicilina en bulbos para combatir una blenorragia mal cuidada.

Y mucho menos como la telenovela brasileña Vale todo, donde O´Globo se infla y convierte a una vendedora de pan con timba en la playa de Copacabana en una exitosa empresaria con millones de reales.

Este culebrón también nos afectó. A muchachas privilegiadas con una muda de ropa y un par de zapatos, dos blúmers, un ajustador, un champú de repelente con aceite de aguacate al mes, y otras suntuosidades, les dio por vender pan con croqueta en la playa de El Chivo.

Pero como era de esperar, nada más obtuvieron cuantiosas picadas de mosquito, algunas afecciones en la nariz por el mal olor, y cierta sensación de desamparo al tener que regresar a sus hogares con la carga y a pie.

Por eso Lulú y las Arepas tendrá un éxito arrollador. Apegada a la verdad, y sin ese melodramatismo de la mexicana Gotita de gente, incursionará en el realismo de la telenovela cubana El viejo espigón.

En ese paradigma de la calidad estética por la renovación visual y los diálogos que reflejaban la filosofía expresada en ¿Qué hacer?, de Lenin, mezclados con los suras del Corán, se palpan todas las interioridades de la vida de un pueblo en revolución.

El protagonista (un prieto como yo) se empata con una blanca y decide montarse en la carreta revolucionaria en el papel de buey.

Vencido el afán de consumo sembrado por la garpanta que pasó junto al fogón apagado de su madre, se siente Mohamed Alí cuando le llaman compañero y le endilgan una libreta de racionamiento que para qué contar.

Pero el final perfecto, el súmmum de la comedera de catibía tele-novelística a nivel universal aportado por El viejo espigón, fue cuando los protagonistas, aún con traje de novios, se montan en una combinada KTP- 3 rusa, y deciden pasar su luna de miel entre los cañaverales de la patria para facilitarle agua con azúcar a la población.

En ese desenlace de la telenovela quedó marcado, a carcajadas e hipidos, el rol de un ciudadano libre en una cárcel socialista: darlo todo por los gobernantes.

Por eso es que Lulú y las Arepas despierta tantas expectativas. Con idea original de Hugo Chávez, guión de Armando Fe Tidez y puesta en escena de Chichí Petate, la coproducción cubano-venezolana dará mucho que hablar.

Ya se alistan las locaciones en los cerros caraqueños y los solares habaneros donde nacieron los protagonistas. El equipo de sonido prepara la música incidental con base en Alma Llanera y el sucu-sucu “Los majases no tienen cuevas”, complementados con joropo y reguetón.

La historia es simple, pero profunda. Idiota, aunque interesante. Ficción gemela con la realidad.

La joven Lucrecia Lugo (Lulú), jinetera especializada en turistas ocambos (60 años o más) y coto de caza en los alrededores de los hoteles Chateau Miramar y Palco, por ejercer un oficio capitalista es enviada al correccional para prostitutas Las Delicias, donde purga dos años de prisión.

Al cumplir la condena, pasa un curso emergente de trabajadora social y es enviada a cumplir una misión Barrio Adentro, que pensaba recorrer hasta encontrar La Fuente de la Juventud en los pantanos de los Everglades.

Pero como la vida es loca y el socialismo redentor, en una de las chabolas ubicadas en el cerro de El Templón, conoce a Próspero Seis Dedos, “El arepeño”, notable carterista y galán en esa zona metropolitana.

El amor y el interés fueron a primera vista. Tal parece que Cupido Chocozuela, integrante del séquito presidencial de Evo Morales, los hubiera flechado.

Y ahí comienza una historia sentimental salpicada de encontronazos con algunos policías, burgueses y escuálidos de los cerros, negados a pagar sus prestaciones de higienización sexual.

Pero como por arte de magia, ven ondear en el horizonte los trapos rojos del PSUV (Partido Socialista Unificado de Venezuela) y ahí arden las arepas.

Telenovela del Siglo XXI donde las hay, con un crescendo que conduce a Lulú y El arepeño hasta el Palacio de Miraflores (luego una temporada en el Fuerte Tiuna), tendrá un desenlace sensacional en Cuba, que si les adelanto comenzarán a llorar de felicidad.

Véala. Pálpela. Saboréela, que Lulú y las Arepas entrará en la historia como el canto de un guerrero zulú sorprendido con una boina roja y un pantalón verde oliva agachado en un platanal.

Eso se lo aseguro yo, Nefasto “El telenovelista”
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