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SOLIDARIDAD SUICIDA
- Por Pablo Pacheco Ávila
- Publicado 4/02/2010
- Desde las prisiones
- No valorado
Pablo Pacheco Ávila
Condenado a 20 años de prisión. Periodista de la agencia de prensa independiente CAPI(Cooperativa Avileña de Prensa Independiente) en Ciego de Ávula.
primaveradigital@gmail.com

Prisión de Canaletas, Ciego de Ávila, febrero 4 de 2010. (PD) Para vivir en prisión es necesario tener talento. Cualquier cárcel de máximo rigor es una verdadera bomba de tiempo.
Este 26 de enero la dirección del penal de Canaleta, en Ciego de Ávila, ordenó trasladar a los reos comunes Reinier Martínez, Pedro Jesús Matamoros y Joel Solana Soto para diferentes destacamentos.
Todos estaban en el destacamento 3, de media severidad. Lo curioso de esta historia es que ninguno había cometido indisciplina, por tanto, no comprendían la decisión en su contra. Tampoco querían ir a parar a las condiciones donde permanecen los reclusos de la fase primera.
Cerca de 30 minutos después de recibir la noticia por boca del reeducador Joel Prado Cervantes, se apareció el segundo jefe de orden interior, Omar Malleta, para cumplir la orden de los superiores, aseguró el militar.
Entonces comenzó la odisea. Según testigos oculares, Martínez decidió ir para una celda de aislamiento. Matamoros fue conducido hacia el destacamento 9, y apenas abrieron la puerta de hierro, la emprendió a golpes con el primer hombre que encontró a su paso, Solana hizo algo similar, pero en el destacamento 10.
De no ser por la algarabía de los convictos, un militar de apellido Tejeda hubiera dado una paliza con la tonfa que usan los carceleros a Solana y Matamoros. Luego del incidente, ambos jóvenes fueron a parar a celdas de castigo.
Para los que han estado recluidos en Cuba, lo sucedido es normal. Los funcionarios de orden interior hacen y deshacen lo que más se les antoje, al extremo de obviar las consecuencias.
Recuerdo que me afeitaba cuando Eduardo Martínez Rodríguez se amarró en la mano derecha un guante plástico y se cortó las venas. Soltaba tanta sangre que le dio escalofríos. Cinco minutos después, Michel Torres Gómez, otro reo, siguió el ejemplo de Martínez.
A veces trato de comprender el alma de algunos militares. No cabe en mi cabeza que decidieran seguir dando el almuerzo en los destacamentos cuatro y cinco en vez de socorrer a Martínez Rodríguez en su intento de suicidio. Incluso muchos de los reclusos gritaban a plena voz para llamar la atención sobre el herido y ellos continuaban inconmovibles.
Martínez Rodríguez tiene el peso de un adolescente, apenas 48 kilogramos. Al rato de botar la sangre que manaba de sus brazos, se desplomó como un animal herido de muerte. Algunos reos que estaban en el pasillo ayudaron a trasladarlos hacia la enfermería del penal. También a Michel Pérez Gómez. El pasillo parecía un matadero. Había sangre por doquier.
A las tres horas de los sucesos, pude hablar con los tres protagonistas de esta crónica. Me informaron que al llegar a la celda los obligaron a desnudarse y ponerse de espalda a los militares. Los obligaron a hacer cuclillas “en cueros”. La humillación tenía que ser ejemplar.
Lo más significativo de esta historia es que fueron sacados del destacamento 3 porque según informaciones, practicaban juegos prohibidos.
Se comenta que el reeducador del destacamento 9, intentó golpear a Pedro Jesús Matamoros mientras este tenía en sus manos los grilletes. No sé si es coincidencia o ideas mías, pero los tres afectados son de tez negra y además, muy queridos por sus compañeros de infortunios.
Matamoros fue llevado para el destacamento 2, Solana se encuentra en el 4 y Oramas en el cinco. Según ellos, la policía les prometió investigar a fondo lo dicho por un informante (chivato), que gracias a su lengua vive en esta prisión de Canaleta como un señorito privilegiado.
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