Arroyo Naranjo, La Habana, febrero 4 de 2010, (PD) En Cuba, necesidad y miseria van de la mano. El hambre gana terreno y la supervivencia cobra sus víctimas en una cacería que inventa multas y procesos por delitos comunes. Así mismo el sociolismo y su Seguridad Social esperan su turno en la cola de los “subsidios innecesarios”, un mega derroche que lastra la economía de los burgueses del verde olivo, ya no tan verde.
Afiliarse al sindicato de mendigos puede ser la solución para contribuir al descrédito de nuestro sistema “por el bien y para el bien de todos”, dijo alguien de arriba. Y en este punto quiero detenerme, porque en Cuba jugar a la mendicidad empaña la poca dignidad que nos queda, si es que hay algo de “eso” en existencia.
Para acceder a Internet acostumbro visitar una o dos veces por semana el centro del Capitolio de La Habana, por ello me convierto en testigo ocular de los “mendigos” –habituales cazadores de moneda convertible- que operan al pie de la escalinata o en la adoquinada calle Obispo.
Y no es que apueste por un socialismo desintoxicado de vagos, mendigos, prostitutas, figurines o playboys, porque ni siquiera creo en su filosofía; pero que existan indigentes más saludables que Liborio y con un titulo urbano en marketing o en lengua extranjera, más bien parece otra variante de subempleo que empiezo a conocer. Tampoco digo que sean estafadores, aunque por su actuar pedante e insistente no demuestren otra cosa.

Arribamos a 51 años de revolución y los visitantes extranjeros conocen de nuestros “logros” en materia social y educativa, pero sin embargo sus rostros demuestran pavor y repugnancia cuando son acosados por mujeres con niños, bufones, empalagosos vendedores o guías improvisados. Claro que no son los únicos anonadados con estas imágenes, cualquiera con sentido común los calificaría como usurpadores de los verdaderos necesitados.
Un buen cronista o reportero oficial con sólo cinco minutos en la escalinata del Capitolio saciaría su “bien logrado espacio”. Pero supongo que la cobertura debe verse en esa manía de fabricar congresos, en la malograda agricultura o en los servicios de “excelencia” y no haya tiempo para aranceles menores. ¿Y la policía en estos casos qué? Bien, amaga con espantarlos, ¿y después qué?
Fui testigo a finales de diciembre de un hecho que llamó la atención de los transeúntes frente a la tienda capitalina la Isla de Cuba, a sólo doscientos metros del Capitolio habanero. Una anciana era sorprendida por cuatro inspectores y un policía en plena venta ilícita de pastelillos de guayaba. Cuando se le interrogó, esta dijo que lo hacía para mantener a sus nietos. Los improperios de la población contra los agentes no demoraron un sólo segundo. Fin de la historia: se perdieron los inspectores y la anciana continuó con la venta.
Este es el ejemplo de quienes no juegan a la mendicidad, vendedores que sobreviven en campo minado por inspectores oportunistas. ¿Y la policía qué? Ahí, ¿dónde si no?
Por ahí anda la dignidad de esos cubanos jóvenes que juegan a la mendicidad, detrás de una necesidad fingida, un acoso, una falsa devoción, o un espaldarazo mal dado. Están aptos física y mentalmente para trabajar y no necesariamente con el Estado, único empleador. Y si las autoridades son benévolas con este fenómeno, vengan el maní garapiñado y los pastelillos de guayaba.
No es difícil buscar el verdadero culpable. Pueden decirme que no son todos los que vemos ni vemos todos los que hay. Pero de algo estoy seguro, procedemos de la misma escuela, la de los revolucionarios.
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