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EL TURNO DEL CIUDADANO, EDITORIAL 103
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Por Primavera Digital
Publicado el 4/02/2010
 
Los últimos cincuenta años, han sido la temporada de los caudillos y la masificación. La sociedad cubana fue dividida entre un sinfín de organizaciones dirigidas a responder al caudillo con pequeños caciques al frente de las mismas. De esta forma se estranguló al individuo, impedido de hacerse oír y convertido en número masificado y anónimo.

La condición de ciudadano se diluyó en ‘la masa’. Convirtieron al hombre y la mujer cubanos en ‘compañeros’. Desapareció la identidad personal, sustituida por una amorfa e inasible monstruosidad corporativa, representada por los compañeros y compañeras. El uso inapropiado del ‘nosotros’ sustituyó la responsabilidad ciudadana del yo.

Este ejercicio de despersonalización, se hizo extensivo a todas las áreas de participación. La voz del caudillo o del Comandante, fue repetida como eco inacabable por el resto de los caudillitos que en el seno de sus pequeños o grandes predios, hicieron extensiva la masificación y el estrangulamiento de toda iniciativa personal o ciudadana, en todos los campos de la actividad humana.

Al cabo de cincuenta años de dominación, el monolito sustentado por el miedo se desmorona. Pero no hay que olvidar el alto costo de esta nueva condición. Las prisiones cubanas, dantescas y medievales, son una prueba fehaciente. Cuba cuenta con el mayor número de presos políticos, que han sido reconocidos como prisioneros de conciencia por las instancias internacionales.

Llueven las críticas sobre la élite gobernante venidas desde todos los ámbitos de la amordazada sociedad cubana. Recientemente se sumaron al coro de críticos los jóvenes estudiantes del Instituto Superior del Arte (ISA) y aún más cerca en el tiempo, los estudiantes del Instituto Pre Universitario Vocacional Vladimir I. Lenin. (sigue)


Los últimos cincuenta años, han sido la temporada de los caudillos y la masificación. La sociedad cubana fue dividida entre un sinfín de organizaciones dirigidas a responder al caudillo con pequeños caciques al frente de las mismas. De esta forma se estranguló al individuo, impedido de hacerse oír y convertido en número masificado y anónimo.

La condición de ciudadano se diluyó en ‘la masa’. Convirtieron al hombre y la mujer cubanos en ‘compañeros’. Desapareció la identidad personal, sustituida por una amorfa e inasible monstruosidad corporativa, representada por los compañeros y compañeras. El uso inapropiado del ‘nosotros’ sustituyó la responsabilidad ciudadana del yo.

Este ejercicio de despersonalización, se hizo extensivo a todas las áreas de participación. La voz del caudillo o del Comandante, fue repetida como eco inacabable por el resto de los caudillitos que en el seno de sus pequeños o grandes predios, hicieron extensiva la masificación y el estrangulamiento de toda iniciativa personal o ciudadana, en todos los campos de la actividad humana.

Al cabo de cincuenta años de dominación, el monolito sustentado por el miedo se desmorona. Pero no hay que olvidar el alto costo de esta nueva condición. Las prisiones cubanas, dantescas y medievales, son una prueba fehaciente. Cuba cuenta con el mayor número de presos políticos, que han sido reconocidos como prisioneros de conciencia por las instancias internacionales.

Llueven las críticas sobre la élite gobernante venidas desde todos los ámbitos de la amordazada sociedad cubana. Recientemente se sumaron al coro de críticos los jóvenes estudiantes del Instituto Superior del Arte (ISA) y aún más cerca en el tiempo, los estudiantes del Instituto Pre Universitario Vocacional Vladimir I. Lenin.

El fin de la dictadura militar totalitaria y familiar de los Castro se convierte a ritmo creciente en el anhelo de todos los cubanos. Escritores, artistas, opositores, Damas de Blanco, periodistas, bloggeros, estudiantes, negros, blancos, mulatos, todos se unen en idéntica aspiración de libertad. Aún y a pesar de los encuentros no consumados o los desencuentros, se ha llegado a un terreno común del que queda excluida la dictadura.

La sociedad civil se organiza a partir de iniciativas ciudadanas. Pero falta un trecho largo por recorrer para que el respeto al ciudadano, al individuo y a su iniciativa tomen cuerpo en nuestra tierra. La dictadura militar se abroga el derecho de decidir quiénes pueden asociarse libremente en Cuba y quiénes no.

La única institución que la dictadura reconoce a regañadientes, es la Iglesia Católica. Esta vio nacer al monstruo y lo verá morir, pero no es suficiente. Las iglesias independientes tienen derecho a existir, tanto como todos los ciudadanos que de forma individual y colectiva se niegan a ser revolucionarios o partidarios de la regla totalitaria impuesta por la élite senil y su minoritario y excluyente Partido Comunista.

Llegó el momento para que la patria sea de todos, con todos y para el bien todos. Esto con inclusión de revolucionarios y de no revolucionarios, de creyentes y de no creyentes. Basta de discriminaciones y de exclusiones. Paso al ciudadano y a su derecho a ser.
PD