Arroyo Naranjo, La Habana, febrero 11 de 2010 (PD) Con su habitual chabacanería (también cuando proclama y se tatúa en un brazo su fidelidad al Comandante), el reguetonero Baby Lores ¿canta? sobre un abakuá de la nueva ola: “El chamaco es efí”…

“Mira cómo anda, anda sin camisa enseñando el eribanga”, dice la letra de otro reguetón. Describe la conducta de uno de los tantos muchachos habaneros que exhiben ufanos (preferiblemente en la espalda) sus tatuajes abakuá.

Los eribanga están de moda entre los adolescentes y los jóvenes, principalmente negros y mulatos, de los barrios periféricos de la capital, donde crece una sorda rebeldía marginal. Las pintadas en los muros (triángulos y círculos cruzados por rayas y flechas) dejan constancia del regreso con nuevos bríos de los abakuá.

La secta fue creada en el poblado habanero de Regla en la primera mitad del siglo XIX por esclavos de la etnia carabalí como una sociedad fraternal de auto-defensa. Para gran preocupación de las autoridades coloniales españolas (que llamaban despectivamente a sus integrantes “ñáñigos”), pronto se extendió por La Habana y las ciudades de Matanzas y Cárdenas.

Los abakuá han dejado su huella en la música, la danza, las artes plásticas, la literatura y el habla popular de los cubanos. Músicos como Brindis de Salas, Miguel Faílde, Ignacio Piñeiro y Chano Pozo y el pelotero Martín Dihigo, no ocultaron su condición de abakuá.

Pero durante la República, debido al carácter secreto de la sociedad y a los prejuicios racistas, se tejió una leyenda siniestra en torno a ella. Junto a la discriminación racial abolida de un plumazo, el régimen revolucionario barrió a la sociedad abakuá junto a todo vestigio de la identidad negra (máxime si era de resistencia) que se saliera de los estrechos límites del folklore. Los abakuá fueron vinculados por las autoridades a la marginalidad, el atraso y el delito. Baste recordar las linduras que escribían sobre ellos en los años 60 y 70 las revistas Moncada (del Ministerio del Interior) y El Militante Comunista

Raidel, de 17 años, residente en El Moro, Arroyo Naranjo, tiene tatuado un “ireme” en el omóplato izquierdo. Es un diablito con capucha que danza y empuña algo que parece una hoz. Un poco más arriba del capuchón, hay una frase africana escrita con tinta china. Es la firma del Juego (también Potencia o Tierra). El muchacho dice con orgullo que es abakuá hace más de un año. Pero se niega a dar más detalles: “De eso no se puede hablar. Sólo hay que ser hombre y no dejarle pasar una a nadie”.

Los tatuadores hacen zafra con los eribanga. No averiguan (ni les interesa) si el cliente es abakuá y está “autorizado” a llevar el ireme y la firma en su espalda. Por hacerlos, con máquina o con “muletas”, cobran no menos de 10 ó 15 cuc (entre 240 y 360 pesos). Puede costar más, en dependencia de la calidad del dibujo.

Para iniciarse como abakuá, hay que ser mayor de 17 años y llegar al Juego con la recomendación de algún padrino. Pero las exigencias han disminuido últimamente. Como Raidel cuando se juramentó, muchos de los iniciados son menores de edad.

“Los juramentan tipos irresponsables que no verifican ni averiguan mucho, sólo les interesa coger dinero”, lamenta Arístides, un mulato cincuentón de Centro Habana, cuyo padre era un endure renombrado en el barrio de Los Sitios.

“Antes no admitían a cualquiera. Había que ser un tipo correcto y decente para jurarse. No se podía ser abusador. ¿Por cuánto un ecobio iba a golpear a una mujer? ¡Ni a la peor de las putas! Pero ya la Sociedad Abakuá no es ni la sombra de la fraternidad que era antes. Los muchachos de ahora han cogido la hermandad para la guapería y la delincuencia. ¿Pero que tú puedes esperar si nos hemos adaptado a vivir en la mierda y el descaro?”, dice y abre los brazos, como si quisiera abarcar todo cuanto lo rodea.

Una encuesta de la revista Somos Jóvenes realizada a inicios de 2009 a muchachos de la capital que dijeron ser iniciados en la secta, con edades entre los 16 y los 21 años, arrojó que la mayoría se hizo abakuá porque “se consideran hombres probados y que tienen condiciones”.

Probar la hombría y “tener condiciones” equivale para muchos, tanto en los plantes como en las calles de los barrios, al machismo y la guapería. Esto los convierte, especialmente si son negros, en objetivos de la suspicacia policial. Los acusan de ser violentos y agresivos. Ser abakuá puede ser usado como agravante a la hora de aplicar la Ley de Peligrosidad Social Pre-Delictiva. Otra vuelta de tuerca en el círculo vicioso del racismo.

“La policía tiene penetrados, como todo en este país, también a los abakuá. Pero a mí no me engañan. Yo los conozco a la legua”, afirma Arístides. “Por si acaso, cuando veas un eribanga, fíjate si tiene firma. Si no la tiene, no sirvió. Puede que el chamaco lo use por monería. O lo que es peor, que el tipo sea un chiva, un embori”.
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