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LOS RUSOS DICEN GOSPODIN, EDITORIAL 105
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Por Primavera Digital
Publicado el 18/02/2010
 
Entre las novedades no bibliográficas aportadas por esta última edición de la feria internacional del libro censurado en La Habana, el reencuentro con los bolos, ha sido muy significativo. Los rusos regresan investidos de modernidad. Establecen con los habaneros la complicidad tácita del que sabe que es lo que pasa exactamente y regularmente hablan inglés. Cuando lo hacen en ruso, dicen gospodin que quiere decir señor. Ninguno se dirige a alguien por ‘tovarich’. El término aparentemente ha sido desterrado para bien, de su diccionario social.

Al espacio de matar que se habilitó aquel argentino sangrón y enemigo del aseo, regresan los rusos. Esta vez para mostrar sus libros de siempre y los que escribieron con más libertad. Lo hacen como creadores, críticos o turistas. No hay asesores militares.

La enseña nacional que preside junto a la cubana el evento, es la bandera de los atamanes. El tricolor de los zares, de Wrangel, Pletiura y los guardias blancos, regresa. Lo hace más allá de todos los Lenin, Stalin, Brehznev, de las Cheka, NKVD, GPU y Kagevés. Todo rebasado y colocado en ese arquetípico ‘basurero de la historia’. Todo junto en un rincón, junto a la hoz y el martillo. A muy poca distancia de las suásticas y las flechas cruzadas. (sigue)


Entre las novedades no bibliográficas aportadas por esta última edición de la feria internacional del libro censurado en La Habana, el reencuentro con los bolos, ha sido muy significativo. Los rusos regresan investidos de modernidad. Establecen con los habaneros la complicidad tácita del que sabe que es lo que pasa exactamente y regularmente hablan inglés. Cuando lo hacen en ruso, dicen gospodin que quiere decir señor. Ninguno se dirige a alguien por ‘tovarich’. El término aparentemente ha sido desterrado para bien, de su diccionario social.

Al espacio de matar que se habilitó aquel argentino sangrón y enemigo del aseo, regresan los rusos. Esta vez para mostrar sus libros de siempre y los que escribieron con más libertad. Lo hacen como creadores, críticos o turistas. No hay asesores militares.

La enseña nacional que preside junto a la cubana el evento, es la bandera de los atamanes. El tricolor de los zares, de Wrangel, Pletiura y los guardias blancos, regresa. Lo hace más allá de todos los Lenin, Stalin, Brehznev, de las Cheka, NKVD, GPU y Kagevés. Todo rebasado y colocado en ese arquetípico ‘basurero de la historia’. Todo junto en un rincón, junto a la hoz y el martillo. A muy poca distancia de las suásticas y las flechas cruzadas.

Los pitirrusos están de pláceme. Desde el heredero a la presidencia, hasta el último de sus edecanes, todos se mueren de nostalgia. La nostalgia es un sentimiento válido que mientras da la bienvenida al Moscú que secó sus lágrimas, cierra las puertas a Guillermo Cabrera Infante que amó a La Habana. También a otros que como él, escribieron con sus nostalgias las más tristes canciones para las renuncias, para esas que verdaderamente importan, en nombre de la libertad. O para los que atados a la aprensión y el peligro, saben vivir para ella, aferrados a la tierra, a las tradiciones y a la gente.

El personal de apoyo de una feria en que por cada stand de venta de libros, hay tres quioscos para la venta de fiambres, pregunta con una mezcla indefinida de nostalgia y por qué no, de hambre, por la carne rusa enlatada y entomatada. Ciertamente, La Habana es una ciudad de hambre y de nostalgias.

Hoy, los rusos regresan a La Habana y por suerte dicen, gospodin. Bienvenidos.

PD