EL ABANDERADO CRISTOBAL
- Por Odelin Alfonso Torna
- Publicado 24/02/2010
- Sociedad
-
Valorar:




Odelin Alfonso Torna
Periodista independiente. odelinalfonso@yahoo.com
Ver todo los articulos de Odelin Alfonso Torna
Arroyo Naranjo, La Habana, febrero 25 de 2010, (PD). Me gustaría ser parte de un censo en el que se cuantificaran las familias que conserven en su poder un escudo o una bandera cubana. También conocer, en medio de tanto desamor por los símbolos patrios o las efemérides revolucionarias, en que sitio de nuestro acervo sociocultural languidece la insignia tricolor.
Hace unos días un amigo me obsequió una bandera cubana, mohosa, desteñida y con las costuras desdobladas. Perteneció a su difunto vecino Cristóbal, no al genovés descubridor de las Antillas, sino a un machetero vanguardia que murió olvidado en el barrio de La Prosperidad, en el capitalino municipio de San Miguel del Padrón. Por más de 20 años permaneció guardada dentro de una caja de compotas Nené, junto a sus trofeos de cerámica manufacturada por industrias locales, medallas de calamina y diplomas de millonario destacado en el corte de caña.
Si no recibo este donativo, puedo jurar que en algún escondrijo de mi memoria, permanecería recluida por los avatares de la cotidianidad, la bandera de mí país. Sin embargo, ahora siento en retrospectiva su blandir sobre la cintura de un jinete de la gesta libertadora, en el izar de una república también olvidada por la historiografía castrista o en la temeridad del pueblo y su estudiantado ante los regímenes de turno.
¿Cuántas veces se abanderó la manigua en reclamo de independencia o muerte frente al ocupante español? ¿En cuántos balcones de Santiago de Cuba, Bayamo o La Habana, aparecía tendida en señal de protesta durante los paros sindicales o las manifestaciones estudiantiles?
Cristóbal solía sacar la bandera cada Primero de Mayo, en las rememoraciones del fallido asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 o cada vez que la réplica de la caravana de “la victoria” entraba a La Habana por la calzada de Güines un 8 de enero. Sus hijos se avergonzaban de su entusiasmo y no regresaban al barrio hasta bien entrada la tarde-noche, ebrios y dispuestos a otra confrontación hogareña.
De Cristóbal nunca se supo por qué declinó su fervor revolucionario un 8 de enero de 1988, después de caer en un coma de alcohol en las afueras de la cervecería Hatuey, en el municipio capitalino del Cotorro. Apuesto que este abanderado no ha sido el único en cambiar el deber cumplido por las adicciones.
Cuenta la historia que oleadas de banderas cubanas inundaron la naciente república el 20 de mayo de 1902; también que en la tarde del 7 de agosto de 1933, su agitar en azoteas y balcones de La Habana presagiaban la caída del general-presidente Gerardo Machado. ¿Por cuánto vería hoy abanderados que salten el marco de las efemérides revolucionarias o las convocatorias de confrontación antiimperialistas?
Mi bandera no encuentra tela y costurera, o costurero, para salir del anonimato. Las pocas bien confeccionadas se destiñen en armarios o baúles llenos de recuerdos, mientras las industrias locales lanzan al mercado en divisas un atractivo souvenir en pequeño formato.
El abanderado Cristóbal queda en el recuerdo de unos pocos vecinos y sus medallas de calamina en el traje de Spiderman de Joseíto, su nieto menor. Dicen que de los cinco diplomas de reconocimientos, sus hijos utilizaron la parte en blanco para apuntar el average de ganados y perdidos en juegos de dominó. Los trofeos de cerámica, un pato y un elefante, tomaron posición en el centro de mesa.
Hoy un servidor es el abanderado. Espero algún día especial colgarla de mi puerta o balcón, siempre que no sea con las lluvias invernales de enero o con los vientos cálidos de julio.
odelinalfonso@yahoo.com
Hace unos días un amigo me obsequió una bandera cubana, mohosa, desteñida y con las costuras desdobladas. Perteneció a su difunto vecino Cristóbal, no al genovés descubridor de las Antillas, sino a un machetero vanguardia que murió olvidado en el barrio de La Prosperidad, en el capitalino municipio de San Miguel del Padrón. Por más de 20 años permaneció guardada dentro de una caja de compotas Nené, junto a sus trofeos de cerámica manufacturada por industrias locales, medallas de calamina y diplomas de millonario destacado en el corte de caña.
Si no recibo este donativo, puedo jurar que en algún escondrijo de mi memoria, permanecería recluida por los avatares de la cotidianidad, la bandera de mí país. Sin embargo, ahora siento en retrospectiva su blandir sobre la cintura de un jinete de la gesta libertadora, en el izar de una república también olvidada por la historiografía castrista o en la temeridad del pueblo y su estudiantado ante los regímenes de turno.
¿Cuántas veces se abanderó la manigua en reclamo de independencia o muerte frente al ocupante español? ¿En cuántos balcones de Santiago de Cuba, Bayamo o La Habana, aparecía tendida en señal de protesta durante los paros sindicales o las manifestaciones estudiantiles?
Cristóbal solía sacar la bandera cada Primero de Mayo, en las rememoraciones del fallido asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 o cada vez que la réplica de la caravana de “la victoria” entraba a La Habana por la calzada de Güines un 8 de enero. Sus hijos se avergonzaban de su entusiasmo y no regresaban al barrio hasta bien entrada la tarde-noche, ebrios y dispuestos a otra confrontación hogareña.
De Cristóbal nunca se supo por qué declinó su fervor revolucionario un 8 de enero de 1988, después de caer en un coma de alcohol en las afueras de la cervecería Hatuey, en el municipio capitalino del Cotorro. Apuesto que este abanderado no ha sido el único en cambiar el deber cumplido por las adicciones.
Cuenta la historia que oleadas de banderas cubanas inundaron la naciente república el 20 de mayo de 1902; también que en la tarde del 7 de agosto de 1933, su agitar en azoteas y balcones de La Habana presagiaban la caída del general-presidente Gerardo Machado. ¿Por cuánto vería hoy abanderados que salten el marco de las efemérides revolucionarias o las convocatorias de confrontación antiimperialistas?
Mi bandera no encuentra tela y costurera, o costurero, para salir del anonimato. Las pocas bien confeccionadas se destiñen en armarios o baúles llenos de recuerdos, mientras las industrias locales lanzan al mercado en divisas un atractivo souvenir en pequeño formato. El abanderado Cristóbal queda en el recuerdo de unos pocos vecinos y sus medallas de calamina en el traje de Spiderman de Joseíto, su nieto menor. Dicen que de los cinco diplomas de reconocimientos, sus hijos utilizaron la parte en blanco para apuntar el average de ganados y perdidos en juegos de dominó. Los trofeos de cerámica, un pato y un elefante, tomaron posición en el centro de mesa.
Hoy un servidor es el abanderado. Espero algún día especial colgarla de mi puerta o balcón, siempre que no sea con las lluvias invernales de enero o con los vientos cálidos de julio.
odelinalfonso@yahoo.com

Autor/Admin)