
Prisión Provincial de Canaleta, Ciego de Ávila, 22 de abril de 2010, (PD) La ideología comunista concede enorme importancia al trabajo y al obrero. No hay que ser ideólogo para saber que el trabajo mueve el mundo; pero ellos van más allá.
El trabajo creó al hombre, nos decían. La clase obrera es la vanguardia de la sociedad. Es la clase que lleva en sí el germen de una nueva sociedad sin explotadores. Son los libertadores, los redentores de la humanidad, como proclamaba la letra de la Internacional.
En Cuba, unos de los objetivos de la educación fue crear conciencia de proletarios en los estudiantes. Si ahora el propio Presidente del Consejo de Estado, Raúl Castro, reconoce que los jóvenes cubanos no quieren trabajar en la construcción, ser obreros agrícolas, trabajar en la industria, ser maestros, ni adquirir otros oficios indispensables que poco a poco desaparecen, es un fuerte indicio de que estamos en medio de una crisis no solo económica, sino también política e ideológica. Y como el trabajo no solo es formador de conductas, sino ennoblecedor de conciencias, estamos, sobre todo, en una crisis moral.
¿Hacia dónde se encamina la sociedad cubana? Al barranco más estrepitoso. Es lo que vemos venir y lo que anunciamos desde mucho antes que fuera reconocido por los jerarcas del régimen.
Si a los jóvenes cubanos no les interesa prácticamente ningún oficio de corte manual o físico, ni ser maestros o policías, ¿a qué juventud se dirigía Raúl Castro en la clausura del Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC)?
¿A los hijos de papá? A los que tienen un futuro asegurado como dirigentes políticos, como cuadros del Partido Comunista y la Asamblea Nacional del Poder Popular. A los que aspiran a un puesto en una embajada cubana en el extranjero. A trabajar en una corporación, en una empresa mixta con capital foráneo.
No hablaba para los miles de jóvenes lumpens que caminan por nuestras calles asfixiados, sin futuro, desde hace muchísimos años, incluso desde antes de la crisis económica causada por la desaparición del sistema comunista en Europa.
El gobierno ha tenido que traer jóvenes de las provincias orientales, donde la situación económica es mucho más difícil, para taponar con ellos los huecos en la estructura laboral de la capital.
Están los contingentes de constructores, y en época más reciente, de maestros. Siempre constituye un aliciente ir a trabajar a la gran ciudad.
Llegan a la Habana como policías y viven en un alberque de la institución. No hay vida familiar allí, nadie los conoce y no conocen a nadie. Son perfectos para reprimir. Pero en la urbe se corrompen fácilmente. Es fácil explotar a las prostitutas, sacarles tajadas a las jineteras. Cuando ya tienen acumulado un poco de dinero fácil obtenido por la corrupción, se instalan en La Habana, dejan la policía, y comienzan a trabajar en los sectores más apetecidos: las tiendas que venden en divisas o en el turismo, donde hace falta una trayectoria pro gubernamental para obtener plazas.
La falta de oportunidades hace que muchos jóvenes prefieran vivir de algún negocio sucio, de la compra y venta de objetos de dudosa procedencia o directamente del robo y la prostitución.
Ante la terrible disyuntiva, optan por echar a rodar su dignidad por el suelo, en vez de realizar trabajos que no tienen nada de indignos, pero donde les pagan un salario que no alcanza para vivir, como reconoció en el año 2007 el propio Raúl Castro.
Es trabajar para llegar al final de la vida, como ha sucedido a sus padres, sin nada o casi nada.
Raúl Castro no habla de que si aplica tal o cual medida, el país va a mejorar o a salir de esta situación difícil y se aliviarán los menos favorecidos. No.
Una de las soluciones que propone es eliminar gastos supuestamente superfluos que ellos mismos instituyeron desde el principio de la revolución.
Eliminar el derroche. Para ellos sería muy fácil determinar quienes derrochan.
Sustituir importaciones. Eso quiere decir dejar de comprar artículos en el extranjero aunque hagan falta y no se produzcan en el país.
Eliminar subsidios estatales, que calificó de “paternalistas e irracionales”, pero que fueron instituidos por el propio gobierno como un reflejo del humanismo de la revolución en la época en que la Unión Soviética nos pagaba el azúcar cara y nos vendía el petróleo barato.
Aumentar el rechazo social a la ilegalidad y la corrupción, lo cual significa dar luz verde a los delatores. Dar más fuerza a las medidas policiales, condenar a una persona en un juicio por lo que dijo un informante, y “la pésima conducta antisocial del acusado”. Eso significa más jóvenes a prisión por robos de poca monta y por ventas ilegales.
Eliminar plantillas infladas, Ahora, pregúntenle quien las infló.
Y ahora lo que propone es que esos empleados estatales, que devengan un salario que los tiene en la miseria vivan ¿de que?
Tratar de reducir los pagos para sacar dinero de la circulación y que los precios no puedan subir más. Otra forma de recoger el exceso de dinero circulante es vender artículos de consumo pero de eso no habló el presidente, pues según él, hay alrededor de un millón de flotantes que ganan dinero sin trabajar, personas muy frustradas que viven en un limbo entre la miseria y el sin sentido.
El discurso de Raúl Castro del pasado cuatro de abril sin dudas no nos augura nada bueno.