Santos Suárez, La Habana, 22 abril de 2010, (PD) Define el diccionario Larousse que la palabra gringo es un despectivo utilizado en la América castellana para designar a los también americanos pero de habla inglesa.

En la guerra de independencia de 1895, Grover Flint, corresponsal del New York Journal, escribió un libro sobre los mambises titulado Marchando con Gómez. En el capítulo IV de este, Una escaramuza con los gringos, se muestra sorprendido como los cubanos aplicaban este término a los españoles. Lo conocido por él hasta ese momento es que era un mote desdeñoso que aplicaban los mexicanos a los estadounidenses.

Uno de los cinco españoles que llegaron al grado de General en el ejército mambí y jefe del estado mayor en la guerra del 95, José Miró Argenter, pone también en boca de José Maceo este término en sus Crónicas de la guerra.

¿Dónde surgió originalmente esta palabra, en Cuba o en México? No es este precisamente el tema a desarrollar, pues eso quedaría para los expertos en lingüística, se trata más bien aquí de los gringos de habla inglesa que también pelearon por nuestra independencia.

Si algo llama la atención de nuestras guerras es la cantidad de extranjeros que dieron sus vidas por esta causa. Casi todos los países de habla hispana están representados, también franceses, italianos; hasta de la lejana Polonia vino Carlos Roloff. Y por supuesto, hubo gringos de habla inglesa.

William Ryan, un canadiense nacido en Toronto, se distinguió en la caballería de Camagüey al principio de la guerra del 1868 por sus cargas llenas de valor y audacia.

Otro gringo, esta vez de E.U, el general Thomas Jordan, estuvo un tiempo al frente del ejército mambí. Más tarde prestó servicios a Céspedes en una misión en New York. Regresaba en la expedición del Virginius cuando fue apresado este buque y fusilado.

Pero el más conocido de todos fue Henry M. Reeve, que nació en Brooklyn, N.Y., el 4 de abril de 1850, dentro de una familia luterana de la clase media.

Cuando estalla la Guerra de Secesión entre el Norte y el Sur, Reeve trata de que lo alisten desde el principio, pero por su corta edad sólo pudo intervenir en los meses finales de esa guerra como tambor mayor en el ejército de Lincoln en una de las unidades de voluntarios obreros de New York.

Concluida esta guerra, trabaja de tenedor de libros, pero al conocer las noticias de la insurrección de Cuba en 1868, se enrola en la expedición del vapor Perrit.

Ya en suelo cubano, en su primer combate (el ataque al campamento español de la Cuaba, cerca de Holguín), es hecho prisionero con un grupo que una vez reunidos fueron fusilados y abandonados. Por una extraordinaria casualidad, Reeve solo fue herido y lo dejaron inconsciente. Reeve huyó al monte minutos antes de que los españoles regresaran a recoger los cadáveres.

Poco después conoció al mayor general Ignacio Agramonte y se incorporó a la ya legendaria caballería camagüeyana comandada por este. Reeve fue uno de los 35 jinetes que junto a Agramonte protagonizaran la más audaz y espectacular acción de nuestras guerras de independencia, el rescate del Brigadier General Julio Sanguily, que había sido capturado por una fuerza de 100 hombres de la columna española de Sabas Marín.

El 3 de agosto de 1876, en el combate de Yaguaramas, después de dar dos cargas al machete, ante la superioridad numérica del enemigo, ordena la retirada que cubre personalmente con 15 hombres. En temeraria resistencia, recibe dos heridas y su caballo cae muerto. Su ayudante le ofrece otro caballo y Reeve le ordena retirarse antes de que lo maten.

Sólo en el campo de batalla, con un machete en una mano y el revólver en la otra, pudo disparar todavía tres tiros; al cuarto, el último que le quedaba, se aplicó el revólver en la sien y disparó.

Había participado en 400 acciones de guerra en 8 años. Tenía solo 26 años y llegó a general de brigada en el ejército mambí.